Por Patricia Andrade
Periodista y Escritora

La poeta argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972) es un referente de la literatura contemporánea latinoamericana y un mito acrecentado por su tragedia personal y temprano suicidio. Fue un ser poco convencional, pero que hizo de la poesía su vida.
No quiero ir/nada más/ que hasta el fondo, escribió en la pizarra de su habitación Alejandra Pizarnik antes de ingerir 50 pastillas de seconal que le quitaron la vida. Era el 25 de septiembre de 1972 y la poeta de 36 años, había salido con permiso del hospital siquiátrico de Buenos Aires donde se encontraba internada por un grave estado depresivo y dos intentos de suicidio.
Fue así que a poco andar no demoró tomarse su muerte como ingrediente para la leyenda de poeta maldita.
Imitada en su escritura y en su forma de vestir (en su velorio aparecieron chicas vestidas y peinadas como ella), parece obvio que su biografía resulte para muchos el primer acercamiento con su obra, sin embargo es la forma en que trabajó el lenguaje lo que le dio un papel relevante en la poesía latinoamericana.
Flora Alejandra Pizarnik nació el 29 de abril de 1936 en Avelllaneda, al sur de Buenos Aires. Allí sus padres Elías Pozharnik (el apellido se cambió por error en los registros de inmigración) y Rejzla (Rosa) Bromiker se instalan tras dejar Rovne, una aldea ruso-polaca. Ya instalados en Argentina, el matrimonio tiene dos hijas: Myriam y Flora, y se dedica al comercio de joyas.
Para su biógrafa Cristina Piña, dos hechos marcaron la vida de la poeta. La primera, la reiterada comparación que hacía su madre con su hermana Myriam y por otro, su condición de inmigrante.
Mientras su hermana crecía delgada, bonita y femenina, Alejandra vivió una adolescencia con problemas de acné, los que se sumaron a su tartamudez, asma y tendencia a engordar. Su pavor a la gordura fue tal que la llevó a ingerir anfetaminas, que por entonces se conseguían fácilmente y que con el paso de los años engullía como si fueran aspirinas.
“Tomaba pastillas para despertar, para dormir, para estar bien, para estar mal, para todo”, decía su amigo Roberto Yahni, mientras otros cercanos recordaban que a su casa la llamaban la farmacia por el despliegue de psicofármacos, barbitúricos y anfetaminas que guardaba.

El Desarraigo
En lo referente a su condición de hija de inmigrantes (como miles en el mundo, sus padres ni siquiera hablaban español cuando llegaron a Argentina) uno de los temas complejos era que sus padres vivían recordando la vida que llevaban en Rusia y lamentaban la tragedia de que gran parte de su familia hubiera muerto en campos de concentración. Esto llevó a que la poeta siempre plasmara en sus escritos un sentimiento de desarraigo, de sentirse exiliada, de no pertenecer.
Simplemente no soy de este mundo. Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva. No puedo pensar en cosas concretas; no me interesan. Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie.
En la secundaria, Pizarnik fue una estudiante rebelde que escribía de noche en una pequeña libretita negra mientras leía a Faulkner y Sartre, además de los franceses Artaud, Baudeleire, Mallarmé, Rilke, Rimbaud, y se fascinaba con el surrealismo.
En 1954 ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires donde se cambió de la carrera de Filosofía a la de Periodismo, luego a Letras y finalmente al taller del pintor Juan Batlle Planas, pero luego abandonó todo estudio formal.
No aprobó ninguna materia, pero conoció a Juan Bajarlía quien la acercaría a los movimientos de vanguardia y la ayudó a corregir su primer libro: “La tierra más ajena”, el cual costeó su padre y lo firmó con su nombre completo: Flora Alejandra Pizarnik. Había dejado atrás los muchos sobrenombres con los que la llamaban sus cercanos como Flora; Buma, que le daban sus íntimos; Blímele, que usaba en la escuela judía y Alexandra.
Lo anotó en el poema Solo un nombre, publicado en 1956 en el libro “La última Inocencia”.
alejandra alejandra
Debajo estoy yo
alejandra

En eta época también se acercó al psicoanálisis y estuvo un año en terapia con el psicoanalista León Ostrov, con quien desarrolló una larga amistad (algunos testimonios dicen que incluso estuvo enamorada de él), y de aquí en adelante utilizaría el psicoanálisis no sólo como un método para disminuir su ansiedad sino como ejercicio poético.

París, París
La escritora soñaba con ir a Francia y pudo vivir en París durante cuatro años (1960 -1964); años fundamentales para la evolución de su estilo y para poder disfrutar una intensa vida social y cultural. Para sustentarse hacía copias a máquina. Y el único trabajo estable que consiguió fue gracias a la ayuda de Julio Cortázar, se trataba de la revista cuadernos de la Unesco. Paralelamente escribe incansablemente y publica algunos poemas en revistas de literatura.

Julio Cortázar en Francia

Con Cortázar mantuvo amistad hasta su muerte e incluso se llegó a decir que el personaje de La Maga de la obra “Rayuela” se habría inspirado en ella, pero el escritor, aunque no la desmintió públicamente, escribió a un amigo que cuando la conoció ya había terminado el libro. Pero sí fue Pizarnik quien leyó por primera vez el manuscrito e incluso, el escritor argentino le pagó para que lo pasara en limpio, lo que no se concretó porque ella, según relató el poeta Fernando Noy, perdió el original en medio del desorden de su pequeño departamento de la calle Saint Sulpice. “Cuando él la llamaba para recuperar su manuscrito se negaba a atender el teléfono.
-Alejandra, ¡es Cortázar!
-No, no, decile que no estoy. Cuenta Noy en un documental sobre la poeta creado por Ernesto Ardito y Virna Molina.
La experiencia parisina la lleva a su plenitud poética que se vio expresada en su libro “Árbol de Diana”, prologado por el Premio Nobel, el mexicano Octavio Paz, y también en los poemas reunidos en el libro “Extracción de la piedra de locura” (1969) y en “Los trabajos y las noches” (1968). También se bosquejaron en la capital europea los borradores de “La condesa sangrienta”, que versa sobre el personaje de la condesa húngara Erzébet Báthory.
En 1964 regresa a Buenos Aires como una poeta madura. En lo personal, según sus amigos, volvió más torturada y viviendo una agudización de sus tendencias obsesivas. Es una etapa marcada por la melancolía y la depresión que ni siquiera la beca Guggenheim (1969) ni la Fullbright (1971) logran disipar, y su obra se llena más y más de imágenes de alienación y desgarro.
Sus cercanos coinciden en que Alejandra había comenzado un “proceso de clausura progresiva” que tendría una primera expresión en un intento de suicidio comenzando la década del ´70, una pulsión que siempre había rondado por su cabeza. En 1962 escribe:
De todos modos el horizonte es siempre mi suicidio. Cada año prolongo la fecha. Hoy la prolongué muchísimo: me mataré cuando tenga treinta años.

Sus diarios
Treinta años después de su muerte vieron la luz sus diarios; textos que comenzó a escribir a los 18 años y abandonó en 1971. Pizarnik los concebía como parte de su obra literaria, tan imprescindibles como sus poemas. Para algunos estudiosos, su escritura se vincula con la búsqueda de una prosa, de un lenguaje que le permitiera escribir algún día “Un libro en prosa que no fuera una novela, sino una casa…”.
Su diario fue un lugar de trabajo, un laboratorio de ideas donde ella creaba y reflexionaba para avanzar en su lenguaje literario. Las imágenes solas no emocionan, deben ir referidas a nuestra herida: la vida, la muerte, el amor, el deseo, la angustia. Nombrar nuestra herida sin arrastrarla a un proceso de alquimia en virtud del cual consigue alas, es vulgar.
Tras su muerte, la madre de Alejandra pidió a las escritoras Olga Orozco y Ana Becciú que ordenaran sus documentos. En 1976, cuando estalló el golpe militar en Argentina, Julio Cortázar les aconsejó que sacaran los textos del país y fue él quien los custodió hasta su muerte. Luego quedarían en manos de la primera esposa del escritor, Aurora Bernárdez, hasta que en 1999 fueron entregados a la Universidad de Princeton, Estados Unidos.
La primera versión de estos Diarios vio la luz con importantes mutilaciones para “respetar la intimidad de terceras personas” y, supuestamente, la de la propia autora, petición que habría hecho su hermana Myriam, quien pasó a ser su albacea.

Trabajo y más trabajo
El lenguaje era una de sus grandes obsesiones y no vacilaba en destruir lo que no le gustaba.
Ayer he roto más de 100 poemas y prosas, hay que empezar de nuevo releí el último libro hay poemas tan malos tan horriblemente malos que jamás hubiera creído que pudieran ser míos en qué demonios pensaba cuando no lo rompí.
Acostumbraba a escribir el poema en una pizarra y luego borraba o añadía palabras, como si ellas fueran bloques combinables. Este método “visual”, donde el poema es visto como un cuadro, seguramente se enlaza con sus estudios de pintura.
“..adhiero la hoja de papel a un muro y la contemplo, cambio palabras, suprimo versos. A veces, al suprimir una palabra, imagino otra en su lugar, pero sin saber aún su nombre. Entonces, a la espera de la deseada, hago en su vacío un dibujo que la alude. Y este dibujo es como un llamado ritual”.
Para Cristina Piña, la escritora aprendió mucho de Jorge Luis Borges, quien impartía clases cuando ella estuvo en la universidad.
La poesía de Alejandra es un entramado de intertextualidades, un entramado de la palabra ajena, pero convertida en propia. Borges nos enseñó claramente que se escribe con los pedazos de toda la tradición…Se arma todo con los restos de los otros. Verdaderamente poeta es aquel que conoce su tradición y la maneja”.
Como ejemplo menciona los libros de la escritora, todos muy subrayados y marcados. Para Piña su obra es reflejo de un inmenso trabajo y de su inteligencia como lectora.
Hay una sabiduría, un haber reflexionado sobre la poesía y sobre el lenguaje que me gustaría que tuvieran en cuenta quienes se fascinan con ella. Porque pensar en ella como la poeta maldita, sí, pero no le soplaban las musas. ¡Su obra está hecha con trabajo!”
Quizás fue extravagante y desadaptada en su vida cotidiana, una mujer autoexigente y perfeccionista, una adicta y una bisexual no asumida públicamente, pero la franqueza, honestidad y compromiso de su obra no se discuten. Como dijo Octavio Paz en el prólogo de Árbol de Diana: “Sus poemas no contienen ni una sola partícula de mentira”.

Obras
La tierra más ajena (1955)
Un signo en tu sombra (1955)
La última inocencia (1956)
Las aventuras perdidas (1958)
Otros poemas (1959)
Árbol de Diana (1962)
Los trabajos y las noches (1965)
Extracción de la piedra de la locura (1968)
El infierno musical (1971)
Textos de sombra y últimos poemas (1982)