Por Claudia Mardones
Periodista, especialista en música popular

Una lluvia de estrellas atrajo la atención del mundo. Mientras tanto, en Chile, Angélica Llancamil Campos tomaba su guitarra para componer su primera canción: “Manto de estrellas”.

créditos: Ana Carolina Alba

Cantautora y profesora intercultural bilingüe, Angélica es la primera mujer mapuche que toca rock para difundir sus raíces y defender las causas que mueven a su pueblo. Muchas de ellas las empezó a vivir en su niñez y otras las conoció a través de su padre Antonio, un mapuche que llegó muy niño a Santiago sin hablar una palabra en español. Un mapuche, que con problemas para comunicarse en la waria (ciudad) era fácilmente discriminado…
Con los años, su padre trabajó como obrero de la construcción, se casó con una mujer del sur y  a poco andar pasó a ser bilingüe hablando winkazungun, bloqueando sin querer su lengua materna. Antonio no quería que su hija sufriera los rechazos de su propia niñez, por lo cual le enseñó desde el comienzo a defenderse, porque “los mapuches siempre fueron guerreros”, le decía. Sin embargo, por más que protegió, la historia se volvió a repetir.
Angélica, una niña vivaz de ojos negros, tez morena, que disfrutaba lucir su pelo largo peinado con una trenza, sería víctima no sólo de bullying, sino también de golpes en el colegio. “Tenía 9 años cuando le pegué a un compañero con una escoba. Él cayó, pisé su pecho y le grité: ¡Yo no soy india, soy mapuche, gente de la tierra!. Y lo escupí. Desde ese instante nunca más me molestaron. Fue un decreto”
“Me convertí en una rebelde, por lo tanto, ¡me expulsaban de todos los colegios!”, ríe al contarme. Por eso afirma identificarse con su gran pasión: el rock, para ella una expresión contestaria, rupturista, de mucha fuerza expresiva, aspectos que vio por primera vez en la cantante norteamericana Janis Joplin quien la fascinó, no sólo por su voz, sino por su visceralidad interpretativa. Hasta la imitó.
A partir de ese momento ingresaron bandas íconos en su vida, pertenecientes al rock metal, progresivo y el metal progresivo, las cuales también le permitieron acceder a conocer otra cultura.

Créditos: Ana Carolina Alba

Cambios y aprendizajes
Cuando tenía 15 años quedó embarazada, su padre Antonio murió y tuvo que dejar el colegio. Si bien crió sola a su hijo, también tuvo que acompañar el crecimiento de sus hermanos. Para ganarse la vida, cantó durante 6 años en las micros. “Aprendí sola a tocar la guitarra, tal vez me ayudó a que, en la iglesia evangélica donde participaba mi mamá, me prestaron un banjo para integrarme”, relata.
En una escuela vespertina, pudo terminar la enseñanza media para luego entrar al Instituto de Música a estudiar canto popular; sin embargo, lo abandonó porque también se sintió discriminada por sus profesores. “Cuando daba una prueba, se tapaban los oídos porque yo cantaba muy fuerte; me enojé y no volví más”. Atrás quedó el instituto y prueba por aprender Psicopedagogía, pero también quedó en el camino.
A pesar del tiempo, aún piensa en la magnitud de sus esfuerzos para salir adelante, aunque se haya saltado etapas de su vida, la valentía en algunos momentos, además de la rapidez para adaptarse a los cambios eran su herramienta.

Eterna Guacolda
Durante su embarazo, pensó en componer, “mi voz ya tenía que sonar como Angélica Llancamil, aquella que se siente como un puma en la warria, y no como la Janis Joplin”, dice. No obstante, seguía cultivando su oído con grupos como Metallica, Iron Maiden, Pink Floyd, King Crimson o Rush.
Los primeros frutos surgieron en 1998 con “Manto de estrellas” y “Mutilada”, donde habla de los obstáculos que impone la sociedad para avanzar. Posteriormente, participa en el programa de televisión “Lunáticos”, donde obtuvo el primer lugar y un premio de $150 mil. Este hecho le permitió comprar su primera guitarra eléctrica: la “Guacolda”, una Maxtone Stratocaster que la acompañó por 15 años.
Pero la artista necesitaba más. Su instrucción musical contempló la participación en un taller de composición en Balmaceda 1215, donde aprendió lo que era trabajar una idea y desarrollarla. Posteriormente, creó la banda Trance con la que presentó canciones tales como Marichiweu, Kalfullikan, Loco burdel y Fantasmas, entre otras.
“En la música chilena nunca han existido mujeres dedicadas al rock mapuche, sólo encontrarás hombres y de preferencia, cultivan el rap y el hip hop para hacer crítica social, incluso emplean el mapuzungun”, reflexiona.
Sus canciones abordan los conflictos de su pueblo. Tal es el caso de Zona de Conflicto que habla sobre el abuso de poder contra niños en Temu Cuicui o Wallmapu, donde alude a la usurpación de tierras y el despojo de identidad, mientras que Marichiweu se refiere a la vida del rebelde Leftraru (Lautaro).

Créditos: Ana Carolina Alba

Después sin su banda, continuó actuando en solitario en rukas como ülkantufe (cantante) o beneficios, peñas o eventos especiales. “Donde tenga un espacio y algo que decir, voy para cantar sobre la mujer, la lucha de mi pueblo y la diversidad. Una de esas experiencias fue, por ejemplo, el “Ülkaltun Violeta (Cantos a Violeta)” y el Festival Wetruwe Mapuche (La música es resistencia) en el cerro Santa Lucía en 2016.
En el desarrollo de su carrera ha sido clave la autogestión, porque como ella explica, todo músico debe invertir en sí mismo, ya sea con la adquisición de instrumentos, costeando la grabación de demos o el uso salas de ensayo.

Hacer, sentir y pensar
Angélica Llancamil siempre se ha sentido mapuche aunque creció en la capital, leía sobre su pueblo y en su familia los niños aprendían palabras sueltas en mapuzungun. Más adelante, pudo conocer otras mujeres mapuches o profesoras (kimelfe), “era para aprender su lengua, cosmovisión e historia, es decir, las cosas que hoy yo enseño a niños y adultos” (Trabaja en la Organización Mapuzungun Puente Alto).
El siguiente peldaño de la cantautora fue la Pedagogía Intercultural Bilingüe, porque, según explica: “con tanta búsqueda, vi que tenía las herramientas y un nivel de mapuzungun para hacer un taller básico para adultos”. Más adelante obtuvo la certificación de la Asociación Guacolda como hablante para organizar un taller en el colegio Federico Acevedo. De ahí, saltó al Ministerio de Educación para capacitarse como docente intercultural.
“Una actividad extraprogramática que me dio grandes satisfacciones, fue la organización de un coro de niños que cantó en mapuzungun mi balada rock Chau wenu (“Padre en el cielo”), acompañados de guitarra acústica, trutruca, bombo, pifilka y kultrunes, todos instrumentos tocados por mis propios alumnos”.
Y hay más. Los niños y niñas también aprendieron sobre cosmovisión mapuche a través de la elaboración de cultrunes, máscaras, palines y la representación del cuerpo humano (Che kalül) en cartón, “porque haciendo puedes cambiar la forma de sentir y pensar”, asegura la artista.

La banda sonora
Para un mapuche, la música viene desde la naturaleza (ñuke mapu), “piensa que sólo cuando duermes hay un sonido (la respiración), si a esto le sumas todos los que escuchamos alrededor, hay una verdadera banda sonora”, puntualiza.
Por ello asegura “el canto para mí es una pasión, sentimiento, algo electrizante que, al hacerlo en mi lengua, agudiza mis sentidos, porque me alineo con los sonidos de la tierra…, surge esa parte tan animal en mi canto”.
También explica el por qué la fusión de sonidos urbanos con elementos mapuches tiene tanta aceptación entre los jóvenes. “El ülkantun se fusionó con los ritmos occidentales (rock, hip-hop, metal o punk) produciendo un sincretismo donde es posible componer usando como base la música que nos gusta, cantando en español o en mapuzungun. Además, este último es ideal para el rap y el hip-hop, porque se habla rápido. La velocidad es lo que llama la atención en las canciones de esos géneros”, -dice y agrega-“esa música urbana es masiva, algo que nos ayuda a la difusión. Para un mapuche, siempre el ülkantun ha servido para expresar sentimientos profundos sobre algo. Lo curioso es que aquí aparece el no mapuche (winka), porque le atrae, desea saber qué significa, quiere aprender”.

Créditos: Ana Carolina Alba

En relación con el mundo artístico donde se mueve Llancamil, a los guitarristas hombres les llama la atención su particular forma de tocar la guitarra acústica: “lo hago como si fuera una guitarra eléctrica usando muchos riffs, algo que marca la diferencia con otros músicos o cantautoras”.
Mientras que con su voz trata de replicar los instrumentos mapuches o los sonidos de la naturaleza con su guitarra.
Durante 2018, la artista se encontrará en medio de sus clases de guitarra, el colegio, tocatas, talleres de lengua mapuche y el nacimiento de su segundo hijo. También espera tener grabado su primer disco, el fruto de una “piedra preciosa” (llancamil) que ha sido pulida sólo para brillar. Lo esperamos.

Chau wenu (Padre en el cielo)
Kalfu kütral wenupi pillan
Kalfu kura taiñ amulepe
We küyen, wenu mapuche
Amulepe taiñ mogen
Yayayayaya ( afafan).
Fuerza del cosmos en el espíritu azul del fuego
Nuestra piedra azul continuará
Cielo mapuche, luna nueva
Que nuestra vida continúe.

“Mutilada”
El mar lavo mis pies,
mis pies ensangrentados como la brisa,
Limpio mi llanto.

“Marichiweu”
Entre la historia de los Leftraru el valiente ha triunfado
Guerrero heroico el araucano
Nunca rendirse, nunca jamás
Marichiweu, marichiweu…

“Chau wenu” (Padre en el cielo)

https://www.youtube.com/watch?v=pj6mcS_7axc