Por Valeria Solís T.
Periodista y escritora
Directora Mirada Maga

Gonzalo Contreras, uno de los emblemáticos escritores de la década del `90, del llamado boom de la Nueva Narrativa Chilena, (“ya estamos aquí, ha ocurrido al fin el anhelado despliegue” aclamó el escritor Jaime Coyller en la última década del siglo XX), vuelve a visibilizarse con una nueva novela publicada a fines del 2013: “Mecánica celeste”. Habían pasado casi diez años de su última publicación y es precisamente desde ahí que retoma su nuevo trabajo literario. ¿Qué pasó con él en estos años? Reflexionó, se reencantó con su convicción de la importancia de narrar historias, se volvió a enamorar del mundo de sus personajes y de paso, dejó atrás una cercanía al alcoholismo que lo alejaba de la perfección que busca en sus relatos.
Con cinco novelas a su haber y dos libros de cuentos, Contreras rehúye de quienes buscan en “el afuera” la fórmula literaria. El camino está adentro de uno mismo, dice, el camino es seguir conociéndose a sí mismo.

¿Qué pasó durante estos 10 años?
-Bueno, hay dos frentes, uno de ellos es en el público ante una publicación donde pareciera que uno muriera más o menos, ¡y no es así! Me demoré 9 años entre un libro y otro, (Ricardo) Piglia se demoró 14 años entre uno y otro, y nadie se preguntó qué pasó con Piglia…(ocurrió que) salí un poco de la discusión pública, puede ser, pero era mi propósito también… Estuve pensando, meditando. Después de la “ley natural” del 2004, creí que era el momento de reflexionar sobre el sentido de la novela.

¿En términos generales, o de la novela que estabas desarrollando?
-En términos generales, de mi narrativa por un lado y del estado de la narrativa también, ¿en qué nos encontrábamos?, venía el cambio de siglo, te fijas, y había una corriente importante que decía “hoy día no se puede escribir una novela”, una novela con principio y final.

Y esa afirmación, ¿a qué apuntaba exactamente?
-A historias con personajes, con argumentos, eso ya no, que es la vieja postura de Bartes, quien se preguntó si se puede escribir; si hoy se puede escribir una novela en tercera persona omnisciente y él mismo se responde que no. Yo no sé quién es Bartes para dictar esa idea, pero como sea tuvo un fuerte influjo en mucha gente. Y con este análisis, cuando comencé a escribir mi última novela, comprendí que yo no podría sino reforzar lo que yo venía haciendo desde antes, es decir, un acto de fe en lo narrativo.

¿Y eso tiene que ver con la capacidad de traducir una historia cualquiera con una estética distinta?
-Bueno, eso ha sido un poco el signo de mi estilo narrativo, pero mi pregunta era más amplia, era sobre el destino de la novela.

Y hasta ese minuto de reflexión ¿cuál era la evaluación de tus propias novelas?, ¿qué habían representado dentro del escenario literario?
-Era relativa, relativa. Pero es una cuestión que hoy no me planteo. Lo que sí necesitaba hacer era una reafirmación de aquello en lo que yo creo. En la vigencia de lo narrativo. Digamos que mi literatura tiene un sentido y es que el relato no puede morir.

¿Piensas que el mundo comenzó a girar en torno al relato audiovisual, a las historias contadas en otros formatos?
-Eso desde luego, (silencio largo) es que hay una desvalorización de lo propiamente narrativo.

¿Dentro de los propios escritores también?
-Claro y de un importante sector de la crítica literaria. La gran crítica que yo he recibido por mi literatura es por el hecho de haber escrito una novela.

¿Cómo? ¿En vez de haber hecho qué cosa?
-Un texto rápido, no sé, lo que es también una paradoja por mis propias virtudes narrativas, ¡qué es eso de tener personajes! ¿Qué es eso de tener argumentos, de tener escenas, situaciones? en fin, ¡eso ya no se usa!, ¿y por qué? ¿Porque lo dijo Bartes hace cuarenta años?

Te confieso que de todos tus libros retengo más la agradable sensación de los personajes que el argumento de tus novelas, ¿qué pasa contigo frente a la creación literaria?
-Sí, sí, ocurre que yo soy un defensor de lo narrativo, pero al mismo tiempo el plot argumental de mis novelas es generalmente débil, y la relación se sostiene en los personajes, en los conflictos entre los personajes. Es un poco un estado de mis novelas, es un credo mío: que antes es el personaje y después el argumento. El argumento se desprenderá de la interacción de los personajes, o el argumento es la interacción entre los personajes. En primer y segundo lugar para mí están los personajes, más que un tema que yo tome o del almanaque o de la discusión pública.

¿Y en ese sentido los finales de tus novelas te dejan conforme?
-Creo que en todas mis novelas hay un final, probablemente en “La ley natural” (2004) no la había y por eso en “La mecánica celeste” (2013) me tomé de ahí, de esos personajes, aunque es otra novela. Pero sentí que esos personajes todavía tenían mucho más que dar.

Al iniciar un proceso creativo como una novela, ¿tú partes por una imagen, una sensación o un personaje que viene a quedarse a tu departamento?
-Esa parte es muy confusa de explicar, y es poco aclarativa. Hay una imagen, hay una necesidad, no de contar una historia, sino de dar vida a un personaje.

Dijiste en una entrevista que en el caso del protagonista de “La ciudad anterior” tú ibas acompañándolo y él te iba mostrando lo que le pasaba.
-Sí, sí, y eso tiene que ver con lo argumental. Yo no veo a la novela como un ejercicio de exposición de algo, sino como una investigación, es decir, yo quiero saber, más que decir lo que sé, porque si pienso en lo que yo sé, ¿a quién le importa lo que yo sé o lo que yo piense? Probablemente eso no sea importante sino aquello que los personajes dan de sí. Y eso constituye a la escritura en un modo de averiguación más que de investigación en realidad.

¿Pero desde lo interno, o lo buscas en la observación?
-Uno escribe desde uno, no sobre uno. Hay un desdoblamiento ahí. Tú de pronto te ves pensando como el personaje, te ves en la situación del personaje, es una extraña distancia. Yo no soy ese personaje, pero sí debo “vivirme” como tal.

Y en tu proceso de creación te conflictúas o te quedas con ganas de celebración después de cada capítulo. Pienso en José Donoso, que le sangraron las úlceras después de escribir “El obsceno pájaro de la noche”…
-Es que Pepe era muy neurótico ¡y demás que le pasaban esas cosas! Yo no sintomatizo tanto, (sonríe). Lo que ocurre es que es difícil quedar redondamente contento, porque el acto mismo de la escritura te lleva a la vieja frase de Sócrates: “conócete a ti mismo”. Y cuando uno se plantea esa idea, uno se llena de desazones. Y en la creación del personaje, está esa pregunta, en cada uno de los personajes probablemente. Y además esa pregunta no tiene una sola respuesta.

Viendo las novelas que has escrito o publicado, ¿hay alguna de ellas que te parece como imprescindible dentro de tu carrera?
-Perdóname que te lo diga, pero esa pregunta no tiene mucho sentido.


-En general la gente cuando escribe, ya tipo taller, dice “es que si yo no escribo de eso, yo no voy a estar en el texto”, tienen miedo de no estar ellos en la escritura, porque suponen que la escritura, es una escritura del yo. Y la escritura no es un acto del yo, lo es en forma instrínseca, pero no es su propósito. Es imposible que no sea del yo, pero el miedo de no estar en lo escrito es injustificado porque siempre se está en lo escrito, de forma inexorable, pero la idea no es que escribamos de nosotros mismos. Entonces si me dices ¿cuál es la más mía? yo te diría que todas.

¿Cuáles son tus alimentos creativos?
-De música soy nulo. No tengo ni música, no tengo CD’s, tengo un equipo que se echó a perder y no… ocurre que si estoy acá, o leo, o estoy con alguien, o estoy viendo televisión. Si leo no puedo escuchar música, menos escribir, ¡ni pensar escribir con música!, no puedo tener otra melodía de más en mi cabeza. Yo te diría que mi gran alimento son las personas, el mundo, a partir de las observaciones.

¿Sigues con tus talleres o tuviste un alto en estos años?
-Sí, siempre, nunca he tenido un stop. Es una actividad que para mí es de primerísima, porque hay una nutrición mutua. Yo disfruto haciendo mi taller, porque conversar de literatura es lo mejor que me puede pasar, por lo tanto estoy con gente que ama la literatura, que quiere aprender, que quiere saber; yo tengo un saber que me viene por experiencia, no por estudio. Yo no tengo estudios literarios, y no tengo por qué tenerlos tampoco.

Primeros pasos en Europa

En 1985

¿De joven elegiste ser escritor o las cosas te llevaron a escribir?
-Sí, muy joven lo elegí, estudié dos años periodismo y lo dejé.

Y te fuiste de Chile…
-Sí, me fui. Eso significó mucho en el sentido de la experiencia, en ver el tema de las raíces, con mi destino: es tener tus banderas de la independencia y no sólo del hogar paterno, sino de los referentes sociales en los que puedas estar, y que cuando vuelves no retomas ninguno.

¿Y esos años significaron mucho trasnoche, trabajar en lo que viniera?
-De todo, de todo, todas las experiencias posibles (ríe); trabajos manuales, hice todo lo que tiene que ver con los oficios: pintar, estucar, algo de albañilería. No sé cómo me quedaría ahora, pero podía tomar un muro y estucarlo y con pintura final lo dejaba impecable. Todas las cosas que se hacen cuando eres joven en Europa. Mozo, canté en el metro en París…

¿Tu idea era quedarte allá?
-Sí, me gustaba mucho París, antes yo había vivido en Ibiza, que es un mundo cosmopolita, ¡una locura!, ahí no escribí una palabra, huevié mucho y trabajé mucho manualmente, pero no escribí. Era de los pocos que trabajaba y claro, en París donde estuve más tiempo me di cuenta que debía usar mi escritura y vi que no lo podía hacer allá.

¿Trataste de conocer el mundo literario de París?
-Claro, pero es muy difícil entrar, en Francia es casi imposible.

Cortázar estaba vivo en esos años…
-Claro, estaba vivo y me tocó verlo un par de veces. Y pasó que en el año ’83, tú veías la televisión francesa y sentías que Pinochet iba a caer mañana, porque lo que se veía allá no lo veían los chilenos. Y con mi mujer de ese entonces pensamos que era el momento de volver a Chile, porque Pinochet iba a caer. Además pasaba que esa inquietud permanente cansa, ya eran 5 años de mi vida en esa aventura, y uno se cansa de vivir de trabajos manuales y de la incertidumbre, y tenía 25 años y decía ¡qué iba a ser yo con mi vida! Por otro lado pensaba que volver a Chile era partir de nuevo también, porque yo no iba a volver a mi red social con la que había roto cuando me fui.

¿Y qué visualizaste cuando volviste?
-Nada, nada, nada, si uno es absolutamente irresponsable… A mi vuelta al final también hice de todo, pero más periodismo, periodismo de baja calidad.

Pero tomaste la decisión de retomar tus cuentos y publicar…
-Claro, en un momento dado, el año ’86, ordené mis cuentos y publiqué “La danza ejecutada”, que tuvo una gran crítica de (Ignacio) Valente, fue un libro autoeditado…, no sé cómo Valente llegó a él si quiera. Cuando volví me metí al taller de Pepe (Donoso), pero estuve poco tiempo ahí, aunque seguí siendo amigo de él.

El entorno te molestó…
-Sí, y bueno, ya lo he dicho, y las partes interesadas ya lo saben. Es que era muy destructivo. Eran todos demasiado inteligentes, todos demasiado informados, todos demasiado egocéntricos, y todos iban a sacar la mejor novela del siglo, entonces no era el grupo idóneo para hacer un taller literario. Se producían mecánicas perversas y la verdad es que era una pérdida de tiempo, era exponer tu ego a la destrucción. De casi todos los que pasaron por ahí yo seguí siendo amigo, pero en el taller se producía esa mecánica perversa, y quedé feliz de tomar distancia de todo eso. Era un círculo muy cerrado. Estaba (Marco Antonio) De la Parra, Carlos Franz, (Arturo) Fontaine.

Ser parte de la Nueva narrativa chilena

Después viene una apuesta editorial de Planeta con Carlos Orellana a la cabeza, ¿me puedes contar de ese periodo?
-Carlos Orellana no tiene nada que ver conmigo (se levanta, busca sus cigarros, agua y demora muchos minutos en responder). Mi editor fue Jaime Collyer…

Pero hubo una iniciativa que partió en Argentina con mucho éxito de publicar a los nuevos narradores y que se trató de replicar en Chile…
-¿Tú crees que una editorial puede inventar un movimiento?

No, yo creo que puede apoyar a los talentos, no crearlos, pero quiero saber si encuentras que fue positivo ese impulso editorial que se generó.
-Mira, Carlos Orellana no tiene nada que ver con esto, el que debe contar esta historia es Ricardo Sabanes. Viene de Buenos Aires tal como lo dijiste, pero él planteó que “después de las dictaduras vendrían auges literarios, porque había mucho material acumulado que no ha encontrado su canal”. Esa conversación la tuve con él, era un argentino gerente para el cono sur con Juan Forn, que es en realidad el verdadero editor mío. Ese impulso literario tiene que ver absolutamente con la transición (a la democracia) Es un fenómeno que yo lo asocio a un fenómeno político… hay una disposición ambiente a leer a los autores chilenos y eso tiene que ver con un momento político.
Los años de transición trajeron mucha esperanza, fueron años de buena voluntad. Desde esa perspectiva yo creo que se produce, porque no hay un movimiento, ¡para nada!, sino que hay una cierta simultaneidad, 1991, 1992. Después eso pierde densidad, justamente por iniciativa de Carlos Orellana que empieza a publicar demasiado. Creyó que era máquina procesadora.

¿Y no habrá sido que los lectores no estaban preparados para esa cantidad de escritores?
-Probablemente. Digamos que nadie sabía cuántos lectores había, porque hay un paréntesis cultural en Chile desde el ’73 al ’90, por lo tanto, lo que sí manejaba Sabanes, era que esto había ocurrido en Argentina, que después de la dictadura había habido un apogeo de la literatura joven argentina, es el único dato que él sabía y pensaba que se podría provocar acá, y además se encontró con buenos manuscritos.

Si no hubieras ganado el premio de El Mercurio, ¿habrías sido parte de este grupo?
-Yo creo que sí, porque yo ya estaba conversado con editorial Planeta.

Alguna vez dijiste que tu deseo era poder escribir tranquilo y vivir de los derechos de autor
-Eso se disipó rápidamente (ríe), es que es el ambiente de los ’90, donde había como un exitismo, un triunfalismo, y los editores te decían que podían haber internacionalizaciones y una cantidad de cosas que al final no pasó nada, y justamente yo no estaba contento con Carlos Orellana, además había una cosa generacional…

¿Pero tuviste tu grupo de amistad con Collyer, Franz, Fontaine?
-Claro, pero no éramos tan íntimos como se supone, pero seguimos amigos con muchos de ellos; ocurría que nos veíamos con cierta frecuencia, no como patota, había un respeto de pares y nos tocaba vernos en ferias de libros en Argentina, España.

¿Y esto se detiene y cada uno siguió su propio camino?
-Lo que pasa es que ése fue un momento cultural muy bueno, y que como todos los buenos momentos, no puede durar, porque como te digo, en el comienzo de la transición había una sociedad con buena voluntad, que estaba bien dispuesta, y eso también tuvo que ver con la lectura.

Ética literaria
¿Y después qué pasa en el desarrollo literario en Chile?, has hecho críticas a algunos autores porque no te gustan como escriben…
-¿Dije eso? Para mí, no me gustan los escritores que escriben para el público, en Chile lo pienso, es una reacción intelectual mía, por una especie de purismo.

¿Qué piensas de la literatura de Roberto Bolaño?
-¿Tengo que contestar eso?

Quiero saber si te parece grandilocuente el apoyo que se le ha dado a su trabajo post mortem, ¿te es indiferente?
-No, yo creo que la muerte de Bolaño influyó en crear este mito y en la idolatría en torno de él. Creo que el tiempo tendrá que poner las cosas en su lugar, pero no sé en qué lugar va a quedar, como tampoco sé en qué lugar va a quedar mi literatura, es prematuro decirlo, aventurado. Pero no es el James Joyce que la Universidad Diego Portales cree que es.

¿Después de “Mecánica celeste” qué viene?
-Seguir escribiendo, porque es mi destino, al que me entrego con mayor felicidad que antes, porque la “Mecánica celeste” me ha servido como una reafirmación de mi propia escritura, uno es volver, pero no como lo pone la prensa que pareciera que hubiera estado desaparecido en el Sahara, es volver lleno de convicciones sobre el valor del relato. Creo que la novela es el sistema más completo y sofisticado que se ha dado en nuestra civilización para representar la realidad. Como yo no escribo de temas de un anaquel ajeno, mi veta literaria es inagotable, porque no es temático.

Cuando hablas de la ética literaria, ¿a qué te refieres?
-Escribir desde “el conócete a ti mismo”, no desde modas, culturas, tendencias, etcétera, etcétera, etcétera, y aquel que lo hace se equivoca radicalmente, además de ser oportunista, su obra no va a perdurar.

Dijiste que tu vida cambió
-Bueno sí… que dejé el trago, pero ¿a quién le puede importar si yo tomo o no tomo? (ríe) y bueno, en el fondo uno no puede seguir haciendo lo mismo si quiere otros resultados, lo dijo Einstein, y seguí el consejo.

Fotografía principal: Valeria Solís T.