Aprender a sentirse con las aves

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Por Sandra Burmeister
Escritora, investigadora, docente, cantautora y canal de lenguaje de luz
IG @SburmeisterG

Si existe algo que disfruto es la observación de las aves. Habitualmente, pongo atención en su canto e intento sincronizarlo en la meditación de madrugada. Así como en el cierre del día. Contemplo su vuelo, la búsqueda de alimentos y convivencia. Por ejemplo, he visto zorzales inmóviles,en dirección al sol del atardecer, mediante una actitud de respeto y quietud angelical que ellos solamente entienden.
La teoría explica que el canto de las aves es debido a la hormona testosterona durante la época de apareamiento. Por mi parte, me agrada pensar que el canto se inclina a su arte y gusto por escucharse a sí mismas. Elijo a modo simbiótico que es un saludo al Creador(a), formando parte de su divinidad. Como explica el profesor Fidel Sepúlveda en su libro Arte Vida (2015), que: “El arte no lo hace quien quiere, sino quien puede y lo puede, el hombre lo quiera o no lo quiera, como tropismo ordenado por el ser, más allá de todo voluntarismo, que es más acá de todo voluntarismo”.

zorzal

En la comuna donde vivo, y de las aves urbanas que he visto, habitan zorzales, mirlos, chercanes, cachuditos, chincoles, raras, tordos, tórtolas, cotorras, palomas y en menos cantidad gorriones. En invierno, gozo con la visita de picaflores que llegan debido a los abutilones y al almíbar que preparo en bebederos. En una ocasión, salvé a un colibrí macho de morir ahogado producto del cansancio al pelear por el territorio. Debido a su tamaño, jamás olvidaré el gesto delicado que produjo en mis manos al tomarlo con una y recostarlo en la otra. Acaricié su plumaje e hice plegaria. Al cabo de unos minutos, abrió sus ojos y los clavó en mí. No se movía y sus latidos cardiacos vibraban a través de mi mano y brazo, dejando una sensación eléctrica. Era algo asombroso. Pensé en dejarlo sobre una mesita del balcón, pero voló hacia los árboles antes del crepúsculo.
Dicho lo anterior, puedo mencionar a los tiuques que son aves que no me caen muy simpáticas pese a que mantienen el control ambiental respecto de los roedores, pero suelen atacar los nidos de otras aves. De esto último, como humana y sin mente de pájaro que sobrevive, tuve una fea experiencia que prefiero no detallar. Del mismo modo, soy vigilante de las garras y fauces de los gatos que merodean el vecindario. Años atrás, cuidé diamantes y canarios. Me asombraba ver cómo se cuidaban entre ellos, se acariciaban, bostezaban, les daba hipo, estiraban una pata de felicidad, discutían por un comedero, dormían acurrucados, armaban nidos y se reproducían con afecto. Actualmente no me gusta tener jaulas.
A modo de colofón, siendo una niña de año y medio, descubrí un pájaro muerto en un parque. Contaba mi abuelo paterno, quien registró el momento en una fotografía, que no cesaba de llorar con el ave entre mis manos. Al parecer no podía entender que ese cuerpecito estuviera inmóvil e inerte. A partir de ese día, él me llamó “lindo pajarito”, frase que acompañaba mis lágrimas de niña.
La observación de las aves nos conecta con el ser divino que llevamos dentro. Recomiendo esta conexión que surge desde una acción tripartita tan simple: observar, respirar y sonreír.

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