Por Sergio Ureta
Escritor científico- médico ginecólogo

Si a un científico del siglo XVI (apenas 400 años atrás), se le hubiera dicho que la Tierra es una esfera que gira alrededor del Sol, para él sería una afirmación tan burda, ¡que ni siquiera la tomaría en serio!
Algo semejante les ocurrió a los físicos de inicios del siglo XX ante el nacimiento de la Cuántica, que entre otras muchas rarezas, aseveraba que el fotón, la “partícula de luz”, no es ni partícula ni onda, sino que ambas a la vez. Aún más, cuando ésta se mide es partícula y cuando no, es onda. Reconozco que esta información también transgredía mi intuición, porque en la asignatura de física, se nos enseñaba que eran propiedades excluyentes.
Desde la perspectiva de los filósofos, esto se debe a que los humanos percibimos una realidad acorde con las propias experiencias, lo cual queda de manifiesto con la Relatividad y la Cuántica, que tienen una lógica extraña, porque quebrantan las leyes de la Física conocidas hasta ahora, y nuestro cerebro no acepta lo que vulnera nuestro intelecto. Incluso los mismos físicos cuánticos señalan que es una ciencia antiintuitiva.
Lo mismo ocurrió con la astrología, que hasta el siglo XVI fuera aceptada con cierta naturalidad, sin embargo, para la comunidad científica dejó de serlo, porque fue prohibido por la Iglesia, institución que ejercía el control hegemónico en esa época. En otras palabras, ciencias como la astrología que aseveraba que los humanos eran influenciados por los astros, contravenía las normativas eclesiásticas.
La historia  nos señala que la Inquisición intentó borrarla de las bibliotecas, por considerar que infringía el mandato divino. Decir que los astros influyen en el comportamiento humano era una herejía, porque sólo Dios, a través de la Iglesia indicaba cuál debía ser esta conducta. Y todos sabemos lo que ocurrió con los que intentaron desobedecer. Esta fue también la razón por la que los astrólogos debieron cambiar su nombre al de astrónomos y no insistir en buscar influencia de los astros en los humanos. Asimismo, con Galileo, uno de los últimos astrólogos confesos y quien inventó un telescopio que permitía acceder a mayor información estelar, para evitar conflictos con la Iglesia, en adelante se dedicaron solo a estudiar los astros.
La literatura rescata la anécdota de Edmundo Halley, astrónomo que descubrió el cometa que lleva su nombre, quien no creía en la astrología (en verdad nada sabía al respecto) y le pregunta a su amigo Isaac Newton (el más grande los Físicos de la historia) por qué creía en aquella, y él escuetamente habría respondido “Usted no la ha estudiado, yo sí”. Así, desde el siglo XVII, el estudio de la astrología debió ocultarse en escuelas herméticas, una de ellas eran Los Rosacruces, escuela cristiana que guardó esta información a escondidas del Papado. A esto se suma, la filtración parcial de esta información a autodenominados astrólogos, que empleaban este conocimiento con propósitos astrománticos, es decir, intentar adivinar el futuro a través de los astros, lo cual, si bien, a veces coincidía, la mayoría de las veces no acertaba, en especial cuando se les realizaba a los más instruidos, porque la inteligencia determina aceptar o no, esas influencias.
Ésta y otras muchas razones explicarían por qué el científico desacredita la astrología: Los que divulgan poseer este conocimiento, en general no poseen un alto nivel científico, por lo que resulta muy improbable creerles y menos estimular a estudiarlos, además, entre otras tantas propiedades que muestra la astrología, tal como considerar que estos cuerpos celestes, distantes a millones de kilómetros puedan estar influyendo en el ser humano, sin duda transgrede el sentido común del científico. Pero ocurre algo clave, la astrología no es posible evaluarla a través del método científico (al igual que la cuántica, la astronomía, la etología y otras). Simplemente es corroborable.
Es preciso mencionar que hasta el siglo XVII todos eran astrólogos: Ticho Brahe, Copérnico, Galileo, Johannes Kepler y muchos otros connotados. Incluso está descrito que Kepler obtenía sus recursos económicos confeccionando cartas astrales a personalidades famosas y adineradas de la época.
Los nuevos astrónomos comenzaron a cambiar mucho de lo anterior para protegerse y desligarse de los astrólogos, cambiando muchas de las antiguas nominaciones astrológicas, tales como la palabra Planeta, que etimológicamente significa “errante”, por tanto el sol y la luna son errantes, ya que “giraban” alrededor de la Tierra y cambiaron esta nominación a estrella y satélite respectivamente, sin embargo para la astrología siguen siendo planetas, porque son los que influyen a la Tierra, en general, y al ser humano, en particular.

Astros y seres humanos
La astrología es antropocéntrica, son los astros que “giran” alrededor del ser humano, y nos influyen dependiendo de la ubicación espacial que se encuentren en el instante de nacer, independiente que el sol sea el centro de este sistema. Los planetas están influyendo en cada ser humano, tal como la luna influye sobre las aguas terrestres, de igual modo influye en cada uno de nosotros que estamos conformados en 70% de agua, y en especial a las mujeres que son más humorales que los hombres.

Dicho sea de paso, es en esta influencia en la cual se basan los llamados “horóscopos” de los periódicos; un concepto erróneo, toda vez que es una palabra astrológica que significa carta astral natal (Horo = hora, scopía = mirar); mirar la hora de nacimiento; revisar qué ubicación tenían los planetas en el instante que se nace; una influencia que la tendrá de por vida. Por tanto el horóscopo de los medios de comunicación se refiere a la influencia lunar en cada signo, en especial de las mujeres y en la práctica resulta una nimiedad.  ¿Por qué? porque la información relevante está en la carta astral natal, que es una de las tantas influencias a la que estamos sometidos (sumado a la genética, a lo ambiental, familiar, económico y social del nativo). Por tanto, conocer nuestra carta astral natal, nos permite entender las “malas influencias” que debemos trabajar, y las buenas, que debemos desarrollar.

*Extracto libro “Astrología una verdad basada en la evidencia”