Por Boris Gálvez LLantén
Director PranaKine / www.pranakine.cl
Autor libro «Tita Ronii Nii» (La madre serpiente de la selva)

Eran las 21:00 horas en la selva peruana. Las estrellas brillaban, los grillos cantaban y la luna alumbraba gran parte del mosquetero que cubría la cama de mi cabaña. Me acompañaba de una vela, mi pipa y un pequeño brebaje verde de la gran planta maestra llamada Kanachiari o Toé.
Durante dos meses me preparé para vivir aquella noche: meditación, yoga, reflexiones, visiones y dietas chamánicas habían fluido durante mi estadía en el pueblo de San Francisco a orillas del río Ucayali en Perú.
Era mi momento para tener una introducción al Kanachiari, una gran planta maestra usada por los chamanes shipibos para visionar y poder ser curanderos.

Chamán Roger López

Roger López, el chamán de la comunidad, conocido también con el nombre de Suipino, me había brindado la oportunidad de entrar en la dimensión de esta planta y aprender de él. Me indicaba por ejemplo, que el espíritu de la planta era muy poderoso y que había que tratarlo con mucho respeto. Al recordar sus palabras durante la noche, sentí mi piel de gallina y me inundó una sensación de intriga que abrigaba todo mi espíritu.
Después de unos minutos de reflexión y espera, decidí tomar el vaso con el intrigante líquido verde.
Comencé a soplarlo con tabaco y concentrar mi intención en algo positivo, dejando la mente, los prejuicios y miedos fuera de ese espacio. Apagué la luz de la vela e ingerí la pequeña pócima sin pensar en nada en particular. Me recosté y cerré los ojos…
Me sentía completamente lúcido, consciente de lo que estaba viviendo y sintiendo. Hasta que, poco a poco, una imagen de una planta de unos 120 cm, se veía desde el cielo del mosquetero. Sus hojas vibraban y se movían como si el viento estuviera cantándoles. Un néctar brotaba de su tallo, como si fuera miel de oro. Toda su arquitectura perfecta respiraba como si tuviera una gran vida. Mis sensaciones físicas eran tremendamente sutiles, mi cuerpo experimentaba una fluidez única, una armonía y satisfacción de los cielos. De a poco, mis pies comenzaron a sentir una pequeña cosquilla, algo comenzaba a subir desde lo más inferior de mí ser, como si una serpiente tocara mi piel y recorriera mis extremidades con mucha lentitud y amor. Sentí que todo mi cuerpo se bañaba de una sutileza sagrada que cubría todo mi ser. Al llegar a mi cabeza, esta hermosa energía entraba a mi bóveda craneal. Pude sentir cómo mi cerebro respiraba y las neuronas comenzaban a realizar sinapsis. Mi cuerpo solo comenzó a rotar hacia la derecha, abrí los ojos preocupado por aquella sensación, no obstante, no me había movido ni un pelo del lugar donde estaba. Decidí cerrar los ojos nuevamente y conectarme con la experiencia. De esa forma, mi cerebro comenzó a tener un movimiento rotatorio, sentía que los hemisferios cerebrales se hacían uno y giraban en una armonía absoluta. La angulación aumentaba y mi energía fluía como si una pluma volara en el universo. Poco a poco, él sueño me fue venciendo y comencé mi viaje fuera de la tierra…
Era tan lúcido lo que “soñaba” como si realmente estuviera en vigilia. Planetas morados, azules, plomos visité en las dimensiones de la mente. Portales y puertas en diferentes direcciones del viento se contemplaban desde una perspectiva completamente adimensional. Seres iluminados me invitaban a ser parte de una melodía sublime con los grandes espíritus…
Comprendí, que lo que me ocurría es que estaba ante las puertas de los grandes maestros del kanachiari.