Por Sergio Ureta
Médico obstetra-investigador científico.
Autor de los libros “El ser humano una secuela del Big Bang”, “Inteligencia humana”, “Astrología, una verdad basada en la evidencia”.

Este concepto, que somos tres en uno, viene desarrollándose desde la era presocrática; una triada que ha sido vinculada en diversas circunstancias, tanto científicas como religiosas. Para algunos se referiría a estados distintos de una misma entidad, como por ejemplo si consideráramos al agua, que es líquido, sólido o gaseoso dependiendo de los factores ambientales.
Visto así, el cuerpo con su cerebro crearía la mente y el alma, por lo cual serían variantes de una misma unidad, y al morir, esta última podría desprenderse y hasta reencarnar en otro cuerpo. Otros señalan que almas más evolucionadas podrían incorporarse a un alma universal y así, otras tantas teorías, por cierto, no demostradas.
Curiosamente esta clasificación, mente, cuerpo y alma no considera la conciencia, por tanto, podría asumirse que el alma podría corresponder a la conciencia.
Según los materialistas, la conciencia es producto de la evolución cerebral, en cambio los espiritualistas (y a ellos hay que agregar ¡un alto número de científicos!), plantean que la conciencia sería inmaterial, distinto al cuerpo y a la mente, porque tendría un comportamiento que no se explica por simple evolución.
La mente se “alimenta” de los sentidos, en cambio la conciencia evalúa y establece juicios de esta mente, que pueden ser hasta ilógicos de acuerdo con lo aprendido tradicionalmente.
El cerebro recibe información desde los cinco sentidos, los cuales se guardan en una memoria. Es decir, desde la niñez la mente incorpora información a través de los padres, su entorno escolar, sus relaciones personales y de la sociedad, en general. Todo esto se incorpora en la memoria, almacenando datos, para que finalmente la mente, después de todo ese aprendizaje, logre responder en forma adecuada a los distintos estímulos externos. Esto, más todas las propiedades cognitivas y fisiológicas.
Si lo homologamos con una computadora, el hardware sería el cerebro y el software la mente, sin embargo, es mucho más complejo, porque esta mente, con sus facultades cognitivas, va estableciendo los distintos comportamientos emocionales, además de controlar todas las funciones corporales (digestivas, respiratorias, cardiovasculares, metabólicas, etcétera).
Por ejemplo, al visualizar un film con un contenido sentimental aflictivo, de acuerdo con nuestro pasado y lo guardado en nuestra memoria, reaccionaremos de acuerdo a lo aprendido en situaciones similares, pudiendo involucrarnos hasta las lágrimas. O frente a una película de terror, la cual podría infundirnos mucho miedo, porque nuestra mente ha aprendido y guardado en la memoria información relacionado con aquellos estímulos. Sin embargo, la conciencia puede apartarse de esta mente y evaluar ambas temáticas de un punto de vista abstracto, es decir, sin participar de las emociones de pena y temor de los ejemplos mencionados. Esto, porque la conciencia humana tiene un comportamiento abstracto, lo cual nos diferencia sustancialmente del resto de la fauna.
Sin embargo, conciencia tienen todos los animales, ya que ésta se define como el conocimiento de uno como individuo y de su entorno, circunstancia que los animales también poseen, lo cual no es una apreciación personal, sino que incluso fue decretado el año 2012 en Cambridge, en una conferencia científica con personalidades destacadas, incluso Hawking, donde emitieron un comunicado en este respecto.
Pero la gran diferencia la establecen los seres humanos que han desarrollado una conciencia abstracta nunca antes apreciada en este planeta. ¿Cómo? Esto se genera por la  función del lóbulo frontal, que en el ser humano ocupa el 40% de toda la masa encefálica (un chimpancé ocupa solo un 17% del total de su cerebro; un perro un 6%, un gato no alcanza el 4%, razón que explicaría que los perros sean más afectivos que los gatos).
Personalmente, estoy convencido que la conciencia está “por fuera” de esta mente, la cual contempla, observa y evalúa con subjetividades más elaboradas si acepta o no la reacción ante un juicio determinado. La conciencia se permite un espacio de libertad, que distingue de la información que recibe y la mente reacciona, tal como causa-efecto. Esto es, si nos agreden, por ejemplo, la mente reaccionará acorde con su memoria, respondiendo con agresión, sabiendo que eso nos resulta en forma espontánea,  porque somos víctimas de la mente. La conciencia, en cambio, nos permite procesar y elegir otras opciones, a diferencia del resto de los animales, que responden mentalmente.
Entonces, la conciencia nos permite salir de la mente, teniendo la capacidad (parcial) de cuestionar o simplemente aceptar o no, esa realidad que la mente le informa. Esto ha sido demostrado científicamente con pacientes que han estado «clínicamente» muertos, es decir, sin latidos cardíacos ni registro cerebral, y que han vuelto a la vida con maniobras de reanimación y describen haberse “visto” desde fuera, y poder apreciar todas las acciones que le realizaron, incluso describiendo personas que no estaban antes de su muerte y que se habrían retirado antes de estar conscientes por completo.
Esta conciencia humana no parece tener más de 15.000 años en este planeta, antes, los homínidos no formaron civilizaciones ni manifestaron creaciones abstractas como las matemáticas o la filosofía. Y lo más relevante, desde mi punto de vista, es que por primera vez se comienza a entender la concepción de una deidad suprema.

Extraído del libro “Teoría de una deidad suprema” pronto a publicar.