De la transitoriedad de la vida

publicado en: 2014 | 0

Dada la naturaleza cambiante e inestable de la vida resulta inevitable el experimentar insatisfacción, pérdida, desilusión y frustración. La transitoriedad de la existencia, la impermanencia y la transformación son rasgos fundamentales de toda la vida corpórea. Las montañas se erosionan, los bienes materiales se agotan, todos los seres, incluso los dioses, mueren; el mismo cuerpo cambia en la medida que uno come, excreta y muda las células de la piel. También el carácter, aunque persistente, muestra cambios constantes debido a la acción de los sentimientos, estados de ánimo e ideas. Debido a que estos elementos son transitorios también son potencialmente dolorosos y frustrantes, por lo que uno mismo no puede verse como algo propio, y debe verse como un “no-yo” o “no-ser”, pero jamás como un “yo” o “ser permanente”, inalterable, independiente, o un estado estático. El sufrimiento resulta de considerar lo impermanente como permanente, el proceso cambiante como un estado no cambiante.

Todo lo condicionado no es perfecto y como todo cuanto existe está condicionado por otro, nada en la existencia es perfecto. De hecho, interpretar algo que no es tal como si lo fuese, es sentar las bases del sufrimiento que aparecerá cuando aquello que se cree permanente, deje de serlo o cambie de un modo no deseado.

En realidad, todos los fenómenos de la vida son transitorios, son un “no-yo”, no tienen un ser en sí al estar condicionados por otro. Es imposible encontrar una entidad permanente, independiente y substancial dentro de la realidad convencional de la existencia. El correcto sentido al decir “yo mismo” se considera como una manera conveniente de agrupar fenómenos físicos y mentales, pero no puede verse como un “yo absoluto”, no cambiante.

Ya que todas las cosas son transitorias, también son potencialmente dolorosas y frustrantes, por lo que deben verse como un “no-yo” y no como un yo o esencia permanente, inalterable, feliz e independiente. Las cosas del Universo están vacías de cualquier yo o de cualquier cosa que permanezca inalterable en el campo de la identidad. Por lo tanto, cualquier cosa sujeta a cambio no puede considerarse el yo perfecto y verdadero. Creer en un yo perfecto, no cambiante, es causa de la reencarnación y del sufrimiento.