Admiraba a Degas, el pintor de las bailarinas, incluso en algún minuto sus talleres colindaban, en el bullado París del siglo XIX. Su cabeza era desproporcional a su cuerpo; no medía más de 1.52. Era observador y pintaba con rapidez, y en muchas mesas manchadas con noche a veces quedaban dibujos o bocetos de hombres y mujeres protagonistas de la bohemia.
Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec (Albi, 1864 – Malromé, 1901) es recordado como pintor, pero principalmente como el padre del diseño de carteles publicitarios, con arte, con tinta.
Nació en un castillo, en Albi, Francia, en el seno de una familia de la nobleza. Sus padres, el conde Alphonse de Toulouse-Lautrec-Montfa y Adèle Tapié de Celeyran, eran primos en primer grado, un enlace muy habitual en muchas dinastías de la antigua aristocracia con el objeto de evitar la dispersión de las fortunas o las divisiones territoriales, pero sin considerar que la endogamia puede provocar defectos genéticos. En este caso Henri, el primogénito de la respingada familia, desarrolló una progresiva debilidad en sus huesos, y uno de sus hermanos falleció apenas al año de vida.
Según sus datos biográficos tuvo una infancia feliz, pero a los 10 años empezarían los primeros atisbos de su debilidad corporal. La huella que lo marcaría para siempre ocurrió en plena adolescencia, entre los 14 y los 15 años en plenos juegos montando a caballo, sufrió dos fracturas en los fémures de ambas piernas, accidentes que le impidieron seguir creciendo. Si bien fue una traumática experiencia, su personalidad alegre y social no le impidieron buscar su camino y ser parte de nuevos círculos, pero sus círculos: círculos nuevos, alejados de su origen.
A los 21 años Henri se fue a vivir al barrio de Montmartre. Seducido por la bohemia, era cliente habitual del Salon de la Rue des Moulins, el Moulin de la Galette, el Moulin Rouge, Le Chat Noir o el Folies Bergère. Un mundo que poco a poco fue inspirándolo para que sus lápices y pinceles dieran forma a sus obras de arte valoradas hasta hoy. Porque sí, a diferencia de algunos artistas de la época que vivieron creando con el mismo talento como Vincent van Gogh y que no fueron cotizadas en vida, él gozó de popularidad y reconocimiento.
Él opinaba que lo que verdaderamente valía la pena eran las personas, el pueblo. Se consideraba a sí mismo un cronista social y se mezcló, pintó a sus amigos, sus noches. Prefirió ambientes cerrados, iluminados con luz artificial, lejos de los paisajes de sus predecesores como Monet que se centraban en el paisaje, que le permitían jugar con los colores y encuadres de forma más subjetiva. Le atraían la gestualidad de los cantantes y comediantes, prostitutas, bailarinas y le gustaba ridiculizar la hipocresía de los poderosos, muchos de los cuales de día vivían con la moralidad social y de noche, la borrachera en los brazos de una fornida prostituta.
Si bien le gustaban los grandes soportes y el óleo, los dueños de los cabarets comenzaron a pedirle que dibujara carteles para promocionar sus espectáculos; eso fue una invitación, un desafío a su creatividad que entusiasmó mucho a Lautrec, pues en las noches parisinas dibujaba todo lo que veía y lo dejaba repartido por las mesas, con cierto descuido espontáneo. Este mundo tan vivo y marginal fue su refugio, donde su cuerpo no generaba rechazo, como sí ocurría en los entornos familiares.
Era responsable con su trabajo, sistemático y puntual para llegar a su taller todas las mañanas.
En 1890 viajó hasta Londres, donde conoció y retrató al escritor Oscar Wilde; incluso, diseñó el programa de difusión del estreno de la obra «Salomé».
Con los años fue teniendo problemas con el alcohol, adicción que paulatinamente se fue acentuando de manera dramática. Muchas veces lo tuvieron que recoger de las calles, y  poco a poco los delirium tremens lo fueron acompañando en una lógica pesadillesca (un día llegó a su casa disparando las paredes: él veía una invasión de arañas)
A partir de los 33 años padeció manías, depresiones y neurosis, además de ataques de parálisis en las piernas: una salud que se complicaba más con la sífilis que había agarrado en una noche cualquiera.
Pese a estos embates, seguía pintando; logró vender sus obras y ser reconocido, aunque la popularidad radicó principalmente en sus ilustraciones que si bien comenzaron entusiastamente desde los salones nocturnos, después fueron para revistas importantes de la época. Con gran influencia de las estampas japonesas, Lautrec logró un estilo característico en sus ilustraciones, con líneas y el corte repentino de las figuras que daban originalidad a su propuesta.
Hasta sus últimos días siguió pintando, incluso cuando lo internaron en un sanatorio mental, donde realizó una colección de pinturas cuya temática central era el circo. Pero ya era el principio del final… Tras un tiempo, le dieron el alta y se fue a la casa de su madre, en Burdeos. Ahí moriría postrado. Era 9 de septiembre de 1901. Tenía 36 años.