Por Valeria Solís T.
Directora Mirada Maga

El último tiempo he observado mucho el estado de personas y grupos de personas, países incluso, que se sienten castigados. Si miramos con un poco de profundidad, nos damos cuenta que sentirse castigado o sentirse libre y pleno implica vivir desde esa vereda, vivir con esos lentes, con ese filtro. No es menor entonces cómo nos sentimos como individuos o colectivo, pues la forma en que enfrentaremos lo que nos pasa puede tener diferencias sustanciales.
Quien se siente castigado en este caso es probable que perciba mucho de los obstáculos que experimenta no como un desafío que trascender o una meta que superar y, por tanto, poder desplegar las propias habilidades sino como una piedra de tope imposible de superar, dolorosa, frustrante que a la larga inmoviliza y resigna. Frases como «la vida es así» o «tengo mala suerte» o «da lo mismo lo que haga siempre pasará lo mismo» se vuelven habituales. No tener conciencia de esto implica no darse cuenta que se camina, se respira y se reproduce una y otra vez esa sensación desgastadora de estar castigado.
Cuando era niña recuerdo que frecuentemente me castigaban, a veces de forma muy dura, esas experiencias más que enseñarme a no hacer los temas por los cuales me castigaban fueron generando en mí una suerte de resentimiento y miedo a la vez, y eso fue quedando guardado en distintos niveles de mi inconsciente, y es ahí donde me quiero detener. Indistintamente al motivo de los castigos cuando se viven en un contexto donde no hay herramientas ni posibilidad de verlo con altura de miras y trascenderlo, sólo quedan los efectos de las emociones generadas y esas no sólo se sienten en el momento en que ocurren los hechos sino que se plasman como un peso, como un filtro para mirar la vida desde ahí. Esto significa que si no se procesó la experiencia, la persona o el colectivo sentirá como latente que es víctima de otro, vivirá como tal, entenderá todo obstáculo como tal, y esto no queda ahí puede desencadenar estados habituales de resentimiento, frustración, pena, depresión, estar a la defensiva y no darse cuenta que puede vivir desde otra perspectiva, que ya está en uno mismo el revertir el estado en que nos sentimos.
Aprender a defenderse no es lo mismo que vivir a la defensiva, enseñar a poner límites no es lo mismo que castigar, pero para verlo de esa forma se requiere comprender que ya somos adult@s individualmente o como sociedad, ¿y qué ganamos con esta toma de conciencia?
Pues bien, de partida ya puedes empezar a reconocer tu aprendizaje y ponerlo en práctica, puedes respirar desde la confianza, desde la tranquilidad de ser tu mismo, desde el entusiasmo de manifestarte creativamente, de dar lo mejor de ti, así de simple y trascendente. Ahora, ¿te imaginas esto a nivel personal y colectivo?, ¿lo puedes imaginar a nivel continental y planetario?  Que realidad distinta tendríamos ¿cierto? Siempre habrá personas haciendo daño, pero existe una forma de hacerle frente y es desde la toma de conciencia de tu propio poder personal, de tus cualidades, de tu fuerza, de tu camino y hacerlo valer como legítimo, porque sí tenemos el derecho a sentir que tenemos un espacio en este planeta. No hacerlo es darle el poder al que abusa. Cuando te resignas, cuando asumes que ese castigo sigue, continua, no queda más que esperar la muerte, y no la física, sino la muerte de tu posibilidad de sentirte vivo siempre.
¡Hey!, quizá el castigo se levantó hace años.