El derecho a la evolución

publicado en: Medio Ambiente, Miradas de la realidad | 0

Por Félix Muñoz
Ingeniero Civil Hidráulico de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Autor del libro «Metafísica de la conciencia y el hábitat»

La sociedad actual nos induce a llevar al límite nuestros “derechos”. Cada uno, en mayor o menor medida, se deja llevar obedeciendo al paradigma del consumo. Pero incluso cuando esto significa un abuso del medio ambiente y de nuestros semejantes instintivamente no tendemos a aprovecharnos, sino a adaptarnos al entorno y a la sociedad que en primera instancia nos acoge.
Más allá de las relaciones familiares y de amistad que generan nuestro bienestar inmediato, la principal forma de relacionarse entre todos son las sinergias, las que luego confluyen en el devenir del desarrollo humano.
Para lograr estas sinergias nos especializamos en alguna destreza valorada por la sociedad, donde a su vez la competencia ocupa un rol preponderante. Me refiero a la sana competencia, esto es, llevar al límite nuestras habilidades para compararlas con otros, no para ganar, sino buscando reconocernos a nosotros mismos para encontrar una posición en la sociedad donde maximizar el bienestar del grupo y nuestro propio bienestar. Esa “posición” es la que en definitiva nos provee de oportunidades y obligaciones, nuestros derechos.
Resulta útil resumir los derechos utilizando la forma de un límite, especialmente para el ser humano, indicando aquello a lo cual no tenemos derecho, pero lo que intentan representar son las posibles acciones que es esperable que realicemos conforme a nuestras necesidades y las coordinaciones que seamos capaces de promover.
Los derechos no dependen de lo que queremos o lo que creemos que merecemos en nuestra calidad de individuos o seres humanos, sino de aquello que demostramos que podemos hacer en pro de la coordinación. Si alguien dice que puede volar o que tiene derecho a volar, o que solo quiere caminar, y en general cualquier cosa que diga o que piense acerca de sus posibilidades, jamás resultará en un derecho.
Por transitividad, ni siquiera es muy relevante si se trata de un humano, un animal, vegetal o de los componentes físicos del entorno (aire, agua, suelo, formaciones geológicas, etc.), al final su “libertad” dependerá de lo que efectivamente hacen y resulta en un beneficio común.
Por supuesto, esto no quiere decir que haya que obedecer sus derechos sin reparo, basta que el ser humano, como especie más desarrollada en la Tierra y siendo quien más puede aportar a la coordinación, vele para que la competencia sea justa propiciando la evolución de él mismo y los ecosistemas.
Para generar coordinación, el tener objetivos puede orientar nuestro camino, pero no representa el motor de nuestro accionar, como sí podría serlo en un robot. Más bien, a cada paso reevaluamos si vamos por el camino correcto, evidenciando y acomodando tanto el camino como el destino. Fluimos a través de decisiones, dependiendo más de una búsqueda constante, una inspiración, adaptándonos creativamente. Igualmente, no son nuestros logros los que definen nuestros derechos, sino el cómo avanzamos y las herramientas que utilizamos en el camino. Lo que importa es nuestra disposición y capacidad de alcanzar un objetivo, o más exactamente, el cómo nos adaptamos. Esto es lo que en definitiva puede coordinarse, lo que compite y lo que nos hace acreedores a distintos derechos, y también, es lo que representa la evolución tanto al nivel de individuos y de especies.
Hay que tener presente que la libertad no es un menor condicionamiento ni depende de cuánto manipulamos lo externo, al contrario, depende de lograr sinergias al reconocer cómo dependemos de lo externo.
En particular, la conciencia no puede ser más libre o menos libre en tanto control del entorno, sino solo en función del conocimiento que le permite estar más o menos coordinada, lo que a su vez se manifiesta a través del amor.
Ahora bien, la naturaleza no exige taxativamente sus derechos como se espera entre los humanos. Y peor aún, parece ser contradictoria, puesto que muchas especies no promueven ninguna coordinación con otras e incluso las depredan. Esto ha llevado a la errónea interpretación de que sobrevive el más fuerte y que así sucede la evolución.
Aparentemente, no podemos hablar de derechos en ella sobre la base de acciones tendientes a la coordinación. Sin embargo, incluso la depredación y hasta la extinción pueden abrir las puertas a una coordinación mayor. El eje de esta contradicción es considerar sus sinergias abocadas únicamente a individuos, cuando también ocurren a conjuntos de organismos, especies, ecosistemas y también al planeta entero. Las acciones de la naturaleza aparentemente incoherentes cobran sentido en otros niveles, digamos superiores, trayendo beneficios para todos los niveles. Por ejemplo, no necesariamente es contradictorio que un pudú sirva de alimento a un puma, si la permanencia de los pumas está en juego y los pudúes que sobreviven aprenden a esconderse mejor y buscan nuevos territorios. O, por ejemplo, que la erupción de un volcán produzca la extinción de una especie entera de anfibios, si así se está liberando un área y promoviendo un nuevo ecosistema para ser habitado por especies con una mayor capacidad de adaptación.
Considerar una disposición jerárquica de derechos en la naturaleza no significa que debamos elegir a los pumas en vez de los pudúes, ni menos que podamos exigir que la naturaleza se adapte al hombre. Hay que darnos cuenta de las mutuas dependencias, y para promover mayor coordinación hay que respetar su propio ritmo evolutivo. Si queremos actuar como un volcán, a lo menos, hay que compensar tal como lo hace un volcán, generando y asegurando la permanencia de nuevos hábitats.
Es importante mencionar que los ecosistemas, aunque no constituyen un individuo vivo, sí son el medio donde la flora y fauna se coordina. Los efectos sobre una sola especie o incluso en la calidad del agua puede redundar en cambios en muchas otras. Los ecosistemas representan la “oportunidad de vivir”, que en general tiene mayor peso relativo para promover la coordinación que la vida misma de los individuos. Lo que hay que tener presente es la evolución, sobre la base de hábitats que al modificarse producen diferentes opciones de adaptación, redundando en la huida, la llegada y en cambios en la especialización de algunos individuos, en definitiva, cambios a nivel de la biodiversidad. Considerando los múltiples niveles jerárquicos que conforman la naturaleza, resulta lógico reemplazar en el discurso al “sujeto en busca de bienestar y desarrollo”, por otro correspondiente a la “diversidad en busca de adaptación”. Esto es lo que nos enseña el mundo natural y es el punto de partida para relacionarnos y competir con la naturaleza, para establecer sus derechos, empezando por el derecho a la evolución. Por supuesto, también es aplicable al ser humano, quien puede alcanzar el nivel de especialización más alto. En nuestro caso particular, la evolución estará dada por el contrapunto de reconocer la mayor individualidad en la armonía con el entorno, evidenciando que en las sinergias nos encontramos a nosotros mismos.
Tanto para el hombre como para la naturaleza el derecho a la vida aparenta ser primario, de la mano con sobrevivir, reproducirse y morir, aunque todos estos no ocurren “en” el entorno sino sobre todo “desde” él. No hay “vida” en el “vacío”, es decir, la vida misma es una coordinación. El derecho fundamental es el derecho a evolucionar, como planeta, ecosistemas, comunidades e individuos. Hay que entender y participar de la diversidad-adaptación a nivel planetario priorizando el estatus del ser humano en la medida que aportamos mayor coordinación.
Vale la pena mencionar que, por la misma razón que otorgamos derechos diferenciados según las aptitudes de cada cual, y estos han de ser distintos entre animales y humanos, no podemos asignar derechos a las generaciones futuras, quienes para todos los efectos no existen. En vez de justificarnos utilizando a las generaciones venideras lo que corresponde es ampliar nuestras propias relaciones con los demás y con el hábitat, mirando objetiva y científicamente sus necesidades y derechos, y si fuera el caso, asignándole a cada ser y a cada elemento del medio ambiente un valor diferenciado acorde con las expectativas de evolución que manifiestan. No tiene sentido pretender ser responsables por dejarles a nuestros hijos un máximo de opciones, en cambio, debemos enseñarles a ser responsables a través del ejemplo, viéndonos a todos como parte de un sistema que evoluciona y tomando nosotros las mejores decisiones para ese sistema, para que justamente esté ahí para toda la comunidad presente y venidera. A decir verdad, no tenemos más opción que confiar en la bondad de nuestra naturaleza íntima.

*Este artículo se desarrolló utilizando como referencia los capítulos 1 y 2 del Libro III de la “Metafísica de la Conciencia y el Hábitat”, Muñoz Félix. 2020, Ed. Prometeo.