El derecho a la identidad Cultural

publicado en: Medio Ambiente, Miradas de la realidad | 0

Por Félix Muñoz
Ingeniero Civil Hidráulico (PUC)
Autor del libro «Metafísica de la conciencia y el hábitat»

En una visión general, sin duda la globalización conduce a una mayor coordinación entre hombres y mujeres, lo cual significaría un enorme beneficio para la humanidad. Así, es de esperar que en un futuro no tan lejano el mundo llegue a estar conectado al punto en que todos puedan optar a los bienes y beneficios de todas las culturas, que en alguna medida tenderán a disgregarse geográficamente.
Según mi percepción, la globalización traerá consigo una “unificación cultural” que pondría a disposición a todos una mayor cantidad de “opciones de ser”, aumentando con ello, en el mejor de los casos, la tolerancia entre los seres humanos.
Sin embargo, en el proceso es probable que perdamos gran parte de la actual diversidad cultural y es lo que me quiero referir en este artículo, pues esta unificación no solo requerirá, sino también impondrá el compartir modos de comunicación, modos de negociación, formas específicas en el uso de los recursos, e incluso, esperará que tengamos las mismas necesidades. Esto tendría un enorme impacto en las comunidades que históricamente han funcionado de otra forma o que simplemente le han asignado un valor diferente a los distintos aspectos de la vida.
En particular, los países del tercer mundo y muy especialmente sus culturas ancestrales se verán en la disyuntiva de tener que adaptar su modo de vida; viendo en jaque sus relaciones sociales con sus jerarquías, creencias y ritos, su forma particular de sobrevivencia con la cual han logrado vivir en armonía en un determinado lugar y, en general, el ordenamiento que maximiza su evolución de acuerdo con su propia historia. Bien podríamos decir que esta historia sería reemplazada por la historia de la mayoría, pudiendo perderse muchos conocimientos y oportunidades de adaptación que son propios de cada pueblo. Por supuesto, sería absurdo pretender que se mantengan igual por siempre, pero sí deberíamos cuidarnos de esas necesidades supuestamente universales y promover la satisfacción de las propias necesidades hasta alcanzar nuevos retos que, eventualmente, requieran considerar las soluciones propuestas por otras culturas.
Además, este proceso ocurre de la mano con la ética moderna, que opera sobre la base de la “voluntad de dominio” y “la voluntad de resultados” (*), globalizándose también la falta de consideración de la naturaleza.
Por ejemplo, Estados Unidos y China, siendo potencias mundiales políticamente opuestas, ambos son íconos de la misma ética y, sin duda, son los mayores contaminadores y explotadores de otras culturas. Simplemente, buscan imponer su modelo y comandarlo, sin importar lo que otros pueblos quieran recibir o lo que puedan ofrecer.
La globalización, junto a la ética moderna, da pie al uso ineficiente de la Tierra, entendido como una explotación agrícola, agropecuaria y forestal, ocupación con infraestructura y otras formas de usufructo que conlleva un deterioro en los procesos de adaptación del territorio. Generando un beneficio parcial para el ser humano y un costo neto para el sistema hombre-naturaleza, por ejemplo, con cambios en la producción agrícola hacia productos de mayor rentabilidad pero que no son necesarios donde se producen y que además requieren un mayor consumo de recursos naturales como el agua. O, ¡peor aún!, cuando los derechos de los recursos o al menos el derecho a su consumo, no se encuentra definido, sino que tácitamente, según el uso tradicional respetado por generaciones, de manera que podrían ser libremente utilizados por terceros bajo la justificación de su bajo costo, incluso, cuando el recuro ya sea escaso.
Más allá de las distintas formas de imperialismo (que hemos visto en la historia de la humanidad), la imposición cultural sucede cuando se incrementa el deseo de posesión de productos foráneos, alcanzando un mayor valor (relativo) y llegando a toda la población. Esto significaría el traspaso de una “idiosincrasia del deseo”, materializada de manera enfermiza cuando se practica el consumismo. ¡No nos engañemos!, ésta es la realidad, las costumbres de los pueblos han competido mediante la participación en los mercados haciendo uso de una violenta instigación publicitaria, donde siempre ceden los más vulnerables, llegando a imponerse una voluntad de adaptación a otras culturas.
La globalización tiene entonces dos alcances. Por una parte, para la humanidad como conjunto significa la pérdida de diversos patrones de comportamiento, eventualmente, más eficientes que para algunas tareas o en determinadas condiciones resultan más evolucionados o más felices. Y por otra, la imposición cultural trae sufrimiento a las comunidades que, a la fuerza, deben adaptarse a otras costumbres.
Piensa, observa, tu realidad cotidiana: seguramente considerarías una falta de respeto que un desconocido entre a tu casa, sin aviso, a hablarte de lo bueno que es su producto para tratar de vendértelo. No te conoce y sus argumentos no implicarán una competencia justa, solo será propaganda y seguramente tiempo perdido. Personalmente, detesto que me llamen por teléfono para venderme y aún más si es ¡un robot! (considera lo que significa la globalización para los pueblos ancestrales la próxima vez que te llame una voz pregrabada). No corresponde imponer una necesidad como tampoco corresponde negar las necesidades de los demás.
Únicamente cuando entendemos que podemos realizar una mejora en nuestra vida, de acuerdo con nuestras buenas y malas costumbres ¡y a nuestro propio ritmo! es cuando nos permitimos necesitar esa mejora. De lo contrario sería como “vender nuestra alma” y aceptar que nuestro pasado fue en vano, sin historia ni identidad. Nadie debería aceptar que le digan que recomience desde cero. El avance de la globalización tiene que depender de la buena voluntad de los pueblos de querer incrementar sus oportunidades en función de la evolución de sus propias necesidades heredadas históricamente.
No puedo obviar que la globalización nos pone a todos dentro de la misma canasta, puesto que además de ofrecernos iguales oportunidades (que en primera instancia suena positivo) también nos plantea un camino único para desarrollarnos, y además espera que lo sigamos.
Y, nuestra necesidad de pertenencia a la sociedad nos lleva a justificarla, podríamos decir que la sociedad misma nos impone justificarla y para esto su exigencia más enajenante es que todos seamos iguales, independientemente del origen, condición de vida y evolución de cada uno.
Es decir, tener iguales oportunidades es positivo cuando todos son iguales, pero no lo somos, nuestras necesidades son diferentes tanto a nivel colectivo como individual. No necesariamente se trata de más o menos oportunidades, sino diferentes y confluyentes.
Aunque también hay una deuda que incluye a todos, cuando ni la educación ni los recursos les permitió optar a esas mismas «oportunidades”. Tal vez mil pesos representan lo mismo para cualquiera, pero mientras algunos no se agacharían a recoger ese billete otros están dispuestos a ofrecer horas de trabajo.
Para que la competencia sea justa no basta con llegar a un punto medio, también hay que estar dispuestos a considerar las necesidades del otro, el esfuerzo que les significa, el costo que tendría para uno estar en la posición del otro.
Cuidado, entre iguales el dinero es la mejor moneda de cambio, pero cuando negociamos con quien no tiene cubiertas sus necesidades básicas o tiene una historia e identidad cultural diferente, es imprescindible considerar los esfuerzos comprometidos y lo que esperan de acuerdo con su propia disposición cultural.
Entonces, ¿qué hacer? Por un lado, educar, promover que cada cultura y cada ser humano sea capaz de reconocer y proveer sus propias necesidades; aprender a reconocer y respetar las necesidades de los demás y de otras culturas, relacionándonos proactivamente, sin comprometer su modo de vida, menos aprovechar nuestros recursos para imponer o propagandear objetivos que no constituyen sus necesidades; evidentemente, falta educación en todos los niveles.
Hay que acordar y promover acuerdos internos a nivel de comunidades, culturas y países, que permitan establecer sus prioridades, sus necesidades y expectativas de desarrollo. Así, al momento de llegar a acuerdos con terceros, por ejemplo a través de la Constitución de un país, sea posible fijar derechos diferenciados.
No basta con una relación unidireccional, donde más rápido o más lento una parte termine imponiéndose, sino que las relaciones deberían tender a que cada cual optimice la generación y comercialización de los bienes sobre los cuales tienen ventajas comparativas, siempre en virtud de las características de su entorno y condiciones culturales. Esto dignifica a los pueblos, a las personas, y favorece su evolución. Hay que entender que la diversidad cultural no es un bien de consumo y difícilmente es renovable. Hay que poner en valor las pretensiones de desarrollo de cada comunidad, también al interior de cada país, ya  nivel de las personas: promover la identidad diferenciada de cada cual.

(*) Para este artículo se utilizó como referencia el libro: Metafísica de la Conciencia y el Hábitat, Capítulo 3 del Libro III. Muñoz, Félix. 2020, Editorial Prometeo. www.prometeoeditorial.com.