Sandra Burmeister García
Pedagoga, artista escénica y literaria
@SBurmeisterG

¿Alguna vez has pensado en tu primer aliento de vida y en el último que tendrás? Un acto espontáneo de la existencia humana que revela su naturaleza y forma parte de la biodiversidad en la Tierra.
Te contaré algo para compartir la experiencia en tu memoria y en la de quien lea. Siendo una joven estudiante, viví junto a mis compañeros-as de curso algo que nos estremeció. En medio de una clase, escuchamos el grito de un árbol que era talado. Sí, literalmente el árbol gritó al momento de caer. Era un árbol añoso que habitaba el patio trasero de una casa en demolición que colindaba con la escuela de teatro. Debió ser un olmo. La remembranza de ese llanto vegetal todavía me da escalofríos y lo puedo imitar.
Me pregunto, ¿los seres humanos somos tan valiosos como para invisibilizar la naturaleza?
Algunas respuestas las encuentro en las reflexiones que legó el profesor Fidel Sepúlveda, en su libro “Arte vida” (2015), donde señala que como seres humanos-as se puede vislumbrar a la estética como fuente de una ética y de una ecología, siendo el sujeto el manantial perenne de todas las revelaciones que se expresan en el presente. Además, explica que el sujeto estético está situado en la realidad definiéndolo con la virtud de acceder al tiempo vital y con la capacidad de vivir plenamente el presente sin la nostalgia del pasado ni la utopía del futuro.
Dicho lo anterior -tarea compleja-, se entiende que somos sujetos de cuerpo, de afectos y no solo filosóficos. De manera, que existe la obligación de aprender a cuidarnos desde buenas prácticas de convivencia, dejando atrás el paradigma capitalista insustentable para dar paso a la conexión con la naturaleza. Algo que solíamos hacer en la niñez.
Recuerdo a una niña de casi dos años de edad que lloraba frente al cuerpo inerte de un pajarillo que tenía en sus manos. No entendía que aquel ser alado, físicamente dotado de libertad, ya no podía volar. Al pasar los años, conocí a la mujer que alimentaba colibríes cada invierno. En una ocasión alzó la mirada hacia uno de los bebederos y vio a un picaflor a punto de ahogarse, ya que tenía el pico incrustado en la flor artificial, sus alas caídas y sin movimiento alguno. El ave era territorial y estaba cansada de pelear con otros picaflores. Diligente y suavemente, ella la tomó con su mano derecha y la puso en su mano izquierda. Tenía los ojos cerrados, sin embargo, su corazón latía a mil por minuto.
Tan rápido palpitaba que se podía sentir la vibración eléctrica a través de la mano y brazo. Acarició con ternura las plumas entre el manto y el lomo. Observó y meditó con el colibrí en las manos. Al poco rato, el ave abrió sus grandes ojos y fijó su mirada en aquella humana que lo contenía. Al ponerse el sol, extendió las manos hacia los árboles y el picaflor voló. Ambas (niña y mujer) son la misma persona y es quien relata.
Actualmente, corren videos asombrosos con animales caminando por las calles de las ciudades y acercándose al entorno común de los seres humanos. Hay quienes afirman que es debido a la cuarentena mundial. Otros dicen que se acercan buscando comida y agua. Podría ser todo o nada de lo anterior. Me gusta pensar en la actividad solar y en los efectos que podría tener en los seres vivos…Tormentas solares y eyección de masa coronal que llega hasta el campo electromagnético de la Tierra y que se puede ver virtualmente en el Observatorio Solar y Heliosférico (SOHO). A veces creo que los animales comienzan a vibrar en un estado de conciencia más elevado y algunos seres humanos también lo captan en su cuerpo físico, mental y energético. Según la psiquiatra, de la Universidad de Columbia Kely Posner (2011), las tormentas solares afectan los biorritmos y neurotransmisores de las personas.
Por otra parte, la Agencia Nacional Atmosférica Oceanográfica (NOAA) las define como una perturbación que ocurre en el campo magnético o magnetósfera de la Tierra y se produce cuando hay un intercambio de energía del viento solar en el entorno que rodea la Tierra. Si esto puede afectar la red de energía eléctrica, entonces ¿por qué no afectaría los circuitos eléctricos y magnéticos de cada cerebro y corazón? Por tanto, si la ética y ecología fueran prioridades «otro gallo cantaría». Es más, años atrás no se sabía nada acerca del comportamiento de los árboles durante la noche cuando descansan y duermen o sobre la comunicación que tienen con otros árboles y seres vivos mediante hongos y raíces. Últimamente estamos conociendo cosas maravillosas y el derecho de la naturaleza no se ha visto desde la perspectiva de la propia naturaleza y muy poco en relación al derecho a la naturaleza. En realidad, ha estado vinculada a los derechos humanos desde una óptica antropocéntrica.
En el artículo 19 de la actual Constitución de Chile se alude a la Naturaleza como el derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación. Se habla de ella en favor del servicio de las necesidades de la sociedad, pero no de su propia existencia. Qué importante sería considerar una Constitución plurinacional que contemplara el respeto y sabiduría de la naturaleza desde la cosmovisión de los pueblos originarios. Con ello la Pachamama (Pacha: universo/mundo y Mama: madre) comprendida en el mito andino que surgió durante el proceso de colonización de los españoles y que se expandió mediante los movimientos sociales de los pueblos excluidos. De la misma forma, ha sido reconocida por Ecuador y Bolivia en sus constituciones.
Tanto la Pachamama como la práctica del buen vivir en el contexto de la bioética consideran la naturaleza como un organismo vivo y un sujeto de derecho.
A su vez se relaciona al cuidado de la vida y de la salud, así lo consigna la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos (Conferencia General de la UNESCO, París, 2005), en el Artículo 17: Protección del medio ambiente, la biósfera y la biodiversidad.
El buen vivir apunta hacia una ética para toda la comunidad y no solo para el individuo. Además, posiciona al ser humano-a desde una visión holística e integradora en la Tierra junto al agua, el aire, los suelos, las montañas, los árboles y los animales.
Definitivamente tenemos la oportunidad de hacer mejor las cosas, porque contamos con mayor información. La maestría de humanizarnos y volver a reencontrarnos con la naturaleza solo depende de nosotros-as.
Hoy se nos insta a una conexión con el ser interno y no precisamente con el “niño-a interior” dolido-a o enojado-a, sino con el ser creativo capaz de restaurarse a sí mismo y restaurar a otros-as.
Esto tiene que ver con un acto de profunda humildad y perdón, de bondad y ternura y por supuesto de fe.
Adultos-as con dones y talentos que se manifiestan en el plano físico para vivir la experiencia en un estado de conciencia que vibra más alto y que está ocurriendo en todo el universo.
Renaces y el aliento de vida es ahora.