Por: Claudia Mardones
Periodista especializada en música popular

Un concierto en las pirámides de Teotihuacán (México) en medio de un eclipse, iba a marcar el desembarco en Latinoamérica de una de las figuras más importantes de la música electrónica. Estuvo cerca. El hundimiento del barco que llevaba la escenografía -junto al resto de la logística- mandó a pique un sueño de años (aunque otras fuentes aseguran que la causa del fallido evento fueron las malas gestiones).
El primer traspié que vivió el compositor e intérprete, Jean-Michel Jarre ( Lyon, Francia, 1948) para llegar a Latinoamérica, era en 1991, el otro lo vivió en 2017 para llegar al Cono Sur.
Hijo del destacado compositor de soundtracks para películas, Maurice Jarre (“Doctor Zhivago”, “La Sociedad de los poetas muertos”, entre otros) y la enfermera France Pejot, la temprana separación de sus padres fue quizá, la oportunidad de no crecer bajo la sombra de su progenitor y poder buscar , y encontrar, su propio camino en la creación.
Recibió lecciones de piano, instrucción en música clásica; a través de su madre conoció el jazz y su abuelo paterno, André, lo introdujo a la música electrónica, debido a su trabajo en Radio France donde manejaba transistores y frecuencias.
Durante los ’60, el intérprete formó parte del grupo de Investigaciones Musicales, encabezado por Pierre Schaeffer, quien enseñaba a sus alumnos “música concreta”, es decir, componer usando cualquier objeto o instrumento.

En su estudio en 1978

El aprendizaje con el grupo marcaría la faceta exploratoria que tendría la carrera del francés. En una entrevista a la revista Rolling Stone (Argentina), profundizó sobre sus raíces: “Pierre Schaeffer fue la primera persona a la que escuché decir que la música no estaba sólo hecha de notas, basadas en el solfeo, sino que estaba hecha de sonidos. Y que tú puedes salir y grabar el sonido de la calle, de un motor, el sonido del viento, de la lluvia, de la gente, y hacer música con eso. Y que la diferencia entre el ruido y la música está en la mano del músico”.
En sus inicios, Jarre también tuvo una banda de rock, The Dustbins, era vocalista y guitarrista, y también se dedicó a crear música para comerciales de televisión, ballet, películas como para la Ópera de París.
Reconoce ser amante del jazz, rock, flamenco y admirador de los pintores Jackson Pollock y Pablo Picasso, además del músico Pete Townshend (The Who) y de la banda The Shadows.
Otros de sus mentores fueron Pierre Henry y Karlheinz Stockhausen también cultores de la música electroacústica. En poco tiempo, conocería el Modular Moog Syntheziser.
La suma de experiencias y gustos, ayudaron a que su obra tuviera un sello instrumental único, que marcarían a los diferentes subestilos de la música electrónica.

Desde el comedor
En los ’70, los alemanes llevaban la delantera en la música electrónica analógica, con Tangerine Dream y Kraftwerk, por ejemplo, apareciendo también en escena el griego Vangelis. Mientras al otro lado del mundo, en Estados Unidos, despegaba la onda Disco.
En su departamento, el joven músico se tomaba el comedor para armar su primer gran estudio de música y dar forma a obras que llegarían a distintos puntos del planeta. Así, en 1976 sale a la luz el icónico álbum “Oxygène”, estructurado con 6 temas (la portada es una calavera creada por Michel Granger) y considerado el más importante de la música electrónica, (multi-platino). Con los años, el artista realizó una secuela lanzando “Oxygène: 7-13” (1997) y “Oxygène: 14-20” (2016), un reflejo de su pensamiento: ninguna obra está terminada, siempre hay algo que hacer, reversionar.
Gracias a una compañera de estudio, conoció al empresario y productor musical, Francis Dreyfus, dueño del sello discográfico independiente Disques Dreyfus, quien incluyó a su catálogo los trabajos del músico para comercializarlos.
Hasta hoy los críticos consideran a “Oxygène” el disco más importante de música electrónica, porque permitió desterrar la idea de que “los sintetizadores eran instrumentos de experimentación”, logrando llegar así a un nuevo público. Más tarde, volvió a repetir su éxito con “Equinoxe” y “Magnetics Fields”.
Los sonidos sintéticos, pocos cercanos para el público, ahora adquirieron una condición descriptiva, igual que “pintar”, a pesar de estar elaborados con herramientas tecnológicas. Los temas, caracterizados por no tener letras ni voz, eran pistas que duraban casi 10 minutos, algo difícil de promover. ¿Qué sucedió entonces?: “yo fui un ovni para la industria musical. Sin embargo, no lo fui para la gente. Ahí está el porqué del éxito del proyecto”, dijo en una entrevista.
Para Jarré la electrónica tiene un carácter atemporal: “Cuando empecé me veían como a una especie de extraterrestre que tocaba unas máquinas extrañas, que la gente ni siquiera consideraba instrumentos. Pero yo siempre estuve convencido de que se convertiría en la forma más popular de hacer música, más allá de los géneros. El pop y el rock conquistaron el mundo, pero la música electrónica es universal: es una manera de acercarse a la composición. Una manera de crear”.

Arpa-láser
Para el lanzamiento de “Equinoxe” en 1979, realizó un espectáculo en la Plaza de la Concordia (París). Allí logró convocar a 1 millón de personas, alcanzando incluso un récord Guinness en megaconciertos al aire libre. Algo que se repetiría en Houston (Estados Unidos) y Moscú (Rusia).
Jarre se convertiría en el primer músico en diseñar una puesta en escena única, gracias a la influencia que las artes visuales como pintura y gráfica, o el cine y la arquitectura han ejercido sobre él. Incluso ya es común esperar el arpa láser en sus conciertos, cuyos rayos producen notas cuando la onda es bloqueada con la mano; y luego el sintetizador o un computador, que va conectado al arpa, reproducen el sonido. Jarre dice al respecto: “necesitaba dotar de imagen a la música electrónica”.  Y en una entrevista a Clarín de Argentina agrega Cada vez trato más de encontrar la geometría, el volumen y las perspectivas adecuadas para que los visuales formen parte de la orquestación de la música”,
Esos recursos también lo motivaron a buscar entornos gigantescos. Tal es el caso de el Mar Muerto (Israel), el Acrópolis (Grecia), Parque Eólico de Aalborg (Dinamarca) o las pirámides de Giza para dar una particular bienvenida al nuevo milenio ¿Su duración? ¡12 horas!

China: primer álbum en vivo
Otro hito que marcó su carrera vino desde la política. Tras un año de gestiones para actuar en China, el Secretario General de la UNESCO, Amadou-Mathar M´Bow, le informó que el gobierno comunista chino estaba interesado en que el artista diera algunos conciertos en ese país, porque radio Pekín pasaba sus grabaciones con bastante éxito.
Finalmente, fueron programados dos conciertos para Pekín y tres en Shanghai durante 1981, los cuales dieron insumos para su primer álbum en vivo: “The Concerts in China”.
Con las presentaciones en Pekín, se transformó en el primer músico occidental en tocar en el lugar tras la revolución Cultural. “Este show hubiera sido considerado futurista en Londres, París o Nueva York, pero en China fue como si un extraterrestre hubiera aterrizado”. No obstante, la odisea le costó cinco años para recuperarse económicamente.
El músico siguió buscando nuevas fuentes de inspiración, creando bases y sonidos con entonaciones de palabras provenientes de otros idiomas, a raíz de su interés por la interculturalidad. Nace “Zoolook” (1984).

Puente para divulgar
Es inevitable asociar la obra del francés con las imágenes del espacio, el medioambiente, la ciencia y tecnología, transformándose en un puente natural para la divulgación. Por este motivo, la NASA invitó a Jean-Michel Jarre para participar en su 25 aniversario con el megaconcierto “Rendez-Vous Houston: A city in concert”.

Para el evento, el músico tenía planeado que el astronauta afroamericano, Ronald McNair, interpretara el segmento de saxofón en “Last Rendez-Vous”, al momento de orbitar el transbordador espacial Challenger, transformándose así en la primera obra grabada en el espacio; algo que, como admirador del escritor Arthur C. Clarke (“2001: Una Odisea del Espacio”), era un logro. La idea fue revolucionaria, pero vino la tragedia del Challenger luego de despegar. Por lo tanto, el segmento fue grabado por otro saxofonista cambiándole el nombre a “Last Rendez-Vous, Ron’s Piece”.
Más tarde, su interés por la evolución de la humanidad y del conocimiento, fue plasmado en “Revolutions” (1988); mientras que su admiración por el investigador marino, Jacques-Yves Costeau, lo hizo crear un disco donde abundan los sonidos del Caribe mezclados con los steeldrums (tambores metálicos). Incluso, y en esa misma línea, lanza “Chronologie”, inspirado en el libro de Stephen Hawking “La Historia del Tiempo”.
El nuevo milenio trajo el disco “Métamorphoses”, en el cual muestra un giro estilístico al incluir voces femeninas, junto a ritmos como el trance, dance-pop y techno.
En los trabajos más recientes -“Electronica 1: The time machine” y “Electronica 2: The heart of noise”- el sello ha sido la colaboración de músicos que han influenciado su obra o que los ha considerado innovadores. Tal es el caso de Pete Townshend, Vince Clarke, Gary Numan, Hans Zimmer, Armin Van Buuren y Edgar Froese de Tangerine Dream, entre otros.

Faceta humanista
Hay dos aspectos que sintetizan la faceta humanista del francés. La primera es su labor con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura, (UNESCO) que lo nombró “Embajador de Buena Voluntad” para promover la tolerancia, pluralismo y el acceso a la educación.
Con el objetivo de apoyar a esta última causa, invitó a sus colegas a donar un céntimo del precio de cada entrada vendida en sus presentaciones, para ayudar a reducir los índices de analfabetismo. “Lo voy a hacer durante el resto de mi vida, en todos mis conciertos”.
La segunda, es la Presidencia de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC), a través de la cual busca lograr que los creadores puedan percibir los ingresos que les corresponden, ya que éstos son captados por servicios que proveen las plataformas de contenidos digitales.
Mientras este debate ocurre, el Electronica World Tour  de Jean-Michel Jarre crea una atmósfera tridimensional (sin uso de lentes), envolvente, llena de efectos láser y melodías que “pintaron” el Movistar Arena en Chile el pasado 27 de marzo. En total, 12 mil personas disfrutaron del concierto del francés, terminando así su deuda con Latinoamérica.

Last Rendez-Vous (Ron’s Piece) – “Challenger”

The concerts in China 1981