Por Marcela Jofré Hraste
Historiadora del arte, artista visual, terapeuta energética

Como humanidad, recién estamos comenzando a tener consciencia y a sentir que algo no anda bien en esta familia divina bastante peculiar de la cual provenimos. Todas nuestras creencias sobre la Creación, sobre todo las propuestas e impuestas en ciertas etapas de nuestra historia por las religiones institucionalizadas, giran en torno a un Dios- Padre- Masculino- Omnipotente y Omnipresente, y bastante bipolar según lo que una observa en los llamados textos sagrados que ha enviado en verdaderos actos de misericordia a través del paso del tiempo tridimensional a sus hijos: Mitra, Krishna, Buda, Jesús, etc. con el propósito de guiarnos, civilizarnos, rectificarnos, ¿pastorearnos? Aparentemente, sólo así, podemos avanzar y crecer como humanidad o “rebaño” que somos. Una misericordia que, sin embargo, no mostraría a la hora de mandar a destruir ciudades completas en su nombre o a exigir sacrificios de sangre.
Por otro lado, el aspecto femenino queda relegado simplemente a la Madre, muy a su pesar, virgen y milagrosamente inseminada. Porque, paradojicamente, Dios Todopoderoso necesita un útero, una matriz para gestar al “elegido”.
¿Pero dónde quedan los otros aspectos de lo femenino? La mujer completa en su aspecto de consorte, hermana, hija, nutricia y creadora, amante y anciana sabia. Las culturas ancestrales más antiguas que la llamada “cuna de la civilización”, la cultura Sumeria, tenían consciencia de ella y la reverenciaban como tal, eran culturas matriarcales que reverenciaban a la Diosa Madre como La Fuente Primaria de todo, sin descuidar el equilibrio entre ambas polaridades, lo que la antropóloga Riane Eisler llamaba culturas Gilánicas, donde lo femenino y masculino convivían en armonía y mutuo respeto, culturas del Calíz , de la receptividad.
Sin embargo, la gran Madre fue paulatinamente perseguida y ocultada tras el velo del tiempo y de un sistema patriarcal que bajo la espada nos fue adoctrinando por miles de años desde que resurgimos como humanidad tras el mal llamado “diluvio Universal”, y que ha batallado y destruido a aquellas humanidades que han tenido consciencia de la Gran Madre, hoy madre ausente que sigue siendo amada y reverenciada como Diosa Madre, Pachamama, Gaia, de manera furtiva y no, dependiendo de los tiempos que corran.
Mucho se dice “como es arriba, es abajo” sin comprender ¡cuan vastos son los alcances de esa ley universal! Si observamos lo más cercano y comprobable que tenemos: nuestra amada naturaleza, no encontraremos por ningún lado que un ser de género masculino sea capaz de engendrar vida por sí mismo, pero, las instituciones religiosas nos han insistido en la existencia única de un Padre creador de Todo y además, supuestamente creados a su imagen y semejanza.
Por el contrario, toda la naturaleza nos muestra que la gran creadora por excelencia y que además posee una matriz generadora de vida es la hembra, es el aspecto femenino. Incluso, existe una especie de pez del Amazonas, muy poco conocida por cierto, llamado Molly, y  que sólo genera hembras, las cuales son capaces de fecundarse gracias a una interesante técnica llamada ginogénesis, donde las crías son clones de la madre, o sea, que nacen sin ADN de un macho. O ¿qué decir del propio ser humano que al comenzar a gestarse es inicialmente de sexo femenino y después de semanas, según una serie de factores, definirá su género? ¿Comprenden el alcance de esto? ¿Qué nos está mostrando esta pequeña criatura acuática? Entonces, si sostenemos la premisa de que como es arriba es abajo, ¿Por qué si abajo prima un principio de lo femenino arriba solo habría un masculino-padre omnipotente?
Quizá sea buen momento de remirar la realidad de nuestro origen y poner en su sitio a la Gran Madre Creadora, y dejar de relegarla a un segundo plano en ese matrimonio disfuncional que nos ha regido por siglos.

En busca del origen

La constelación de Orión ha marcado un patrón que se repitió en todo el mundo antiguo, desde los egipcios, indígenas Hopi, hasta las antiguas culturas del Golfo mexicano. Siendo fundamental en sus creencias y cultos. Esas civilizaciones tenían el conocimiento y la conciencia de que nuestro origen estaba íntimamente ligado a ese sagrado lugar de la galaxia. ¿Por qué? ¿Qué había en esa constelación? Pues, de alguna u otra forma, mantenían el conocimiento de nuestro verdadero origen como humanidad.
Dada la cantidad de evidencia que siempre ha estado ante nosotros, es momento de asumir de una vez que nuestra creación es producto de la intervención de los mal llamados ”dioses”, que son razas, más allá de nuestra comprensión, que tienen la capacidad de generar vida, mundos y civilizaciones en nombre de la Fuente o Matriz primordial, y que habitan en dimensiones a las cuales perdimos el acceso consciente como especie. Insisto: como arriba es abajo.
Si el ser humano es un ser creador por excelencia que incluso ya es capaz de alterar a otras especies y crear nuevas, ¿por qué entonces nos resulta tan descabellado pensar que nosotros mismos no somos el producto de otras razas que hace miles de años llegaron a crear diversos tipos de seres en este planeta que ya de por sí mismo es muy especial y preciado en esta galaxia? Dejemos ese falso ego de lado e ignorancia de creer que somos la única especie inteligente del Universo, ya es irrisorio.
Comprendamos que nuestro origen está ligado a un origen Galáctico producto de civilizaciones y razas con capacidades increíbles y que uno de esos lugares, por no decir el más importante, ha sido el llamado Imperio de Orión, hogar de la gran Madre Dragona. Ella hace miles de años habría decidido hacer de este planeta una biblioteca viviente hace miles de años atrás, porque así como ella misma, la Tierra era la encarnación, en dimensiones más densas, de la propia Madre primordial creadora de este Universo.
No todos los planetas tienen un alma o consciencia superior, el nuestro la tiene, y, ni más ni menos, que es un fragmento del fuego de la propia Madre Cósmica. Por esta razón la representante de la Diosa, en este sector del Universo, en esta Galaxia, la reina NIN ( palabra del proto sumerio) de Orión, decidió honrar a Terra, haciéndola depositaria de la información genética de incontables razas del Universo que gustosas aceptaron dejar su información en esta biblioteca planetaria. Y fue la misma Reina que decidió crear un guardián de su propio fuego o alma que custodiara y fuera el anfitrión de este paraíso: el Humano Primordial, el Namlu’u (Palabra Sumeria), un ser excepcional andrógino que en un comienzo fue apoyado por los Titanes de Orión, la mayoría hijas de la Reina que gustosas hicieron de Terra su hogar para impulsar tan magno proyecto. Todo quedó registrado en mitos ancestrales, la mayoría también tergiversada para borrar de raíz de que fue una Madre, una manifestación de la propia Diosa, la creadora de nuestra existencia y de la riqueza genética que. aunque muy mermada, aún resiste junto con Terra hasta estos días.
Sólo necesitamos volver a observar, sentir y sacarnos los prejuicios de siglos de ceguera para comprender, pues así nuestra familia recobrará la armonía y el equilibrio que tanto se necesita en estos tiempos.