Por Valeria Solís T.
Periodista y Escritora

Siempre hay una primera vez para experimentar el relato periodístico desde una vitrina distinta a la cooperación-conversación-intercambio-pregunta-respuesta, por lo cual ahora me toca escribir como testigo.
Hace unas semanas atrás recorriendo calle Lastarria, cuyos adoquines parecen un imán hacia historias pasadas, me detengo frente a un hombre de mediana estatura, pelo cano, sombrero verde botella y anteojos redondos, quien sobre un atril tenía un maletín lleno de secretas imágenes. Pensé prejuiciosamente que se trataba del hobby dominguero de un hombre aburrido del cemento. Sin embargo, y fuera de bromas, algunas de las imágenes brillaban, desplegaban unos tonos ocres, azules metalizados, verdes profundos. Eran gaviotas que volaban en un blanco y negro interrumpido por un amarillo nocturno, era un pescado blanco y negro cuya piel se volvía tornasol. Esto no era hobby dominguero, esto era arte, era propuesta, era búsqueda, inquietud, estómago.
¿Quién era?, ¿que hacía ahí en la noche junto a la feria de antiguedades?, ¿por qué yo conocía ahí su trabajo y no en una de las galerías de arte que suelo visitar en Santiago? Tenía que conocerlo.

Sin embargo, el día que habíamos acordado la entrevista, si bien llegó puntualmente, vi un grado de inquietud, me confiesa que prefería no darme la entrevista y me daba las disculpas del caso. Le pedí que nos tomáramos un café para que me explicara. Me habló del sentido del boca a boca, del susurro de las calles pensé yo. Se trataba del sentido de la magia del azar que conoce tu trabajo no porque lo hayan puesto en un medio de comunicación, sino porque alguien supo que lo vieron en una esquina y se lo contó a otro y ese otro fue a verificar si efectivamente había un artista con un chaquetón de invierno mostrando sus obras en vez de hacerse la vida más fácil en una galería, y quizá le pregunte el nombre y diga sí, también me dijeron que se llamaba Roberto y que era probable que tuviera más de 60 años, que había trabajado como fotógrafo en el diario La Época hasta días antes de que volviera la democracia, también en la entonces revista Mundo de Diners y que, por una razón u otra, hace unos años se había ido a vivir a un pueblito en el norte de Chile, donde sólo había viento que le volaba su sombrero mientras manejaba una bicicleta echa por él mismo y guardaba unas bolsas plásticas en el bolsillo de atrás del pantalón, porque no le gusta el plástico.
Mientras tomaba mi café, le pregunto si lo que a él gustaba era la magia del billete marcado, algo así como ser testigo de todo el viaje que pudo haber hecho ese billete hasta retornar a las manos originales. Sí, algo así, me respondió, pero agregó que en realidad no le gustaba mucho internet ni las redes sociales, en el fondo no le gustaba la exposición, porque a veces traía más enemigos que amigos y de eso, ya estaba un poco cansado. Me cuenta entonces que una vez fue bien famoso, porque se había puesto a reciclar bicicletas, en ese tiempo que no eran moda ni necesidad como ahora, me aclara. Y que fue bien bonito ese período porque pudo enseñarle y compartir harto con sus tres hijos hombres armando y desarmando bicicletas. Roberto es padre de tres hijos, uno vive en Santiago, otro en Valparaíso y otro en Buenos Aires. Fue una gran experiencia ser padre, dice.
En mi cuarto sorbo de café me señala que le gustaría leerme unos versos que una amiga le escribió hace un tiempo, hablaba de un hombre sencillo, noble, corazón de miel, recuerdo que lo llamaba. Me mostraba el poema para tratar de decirme lo importante que era la sencillez para él, el bajo perfil, incluso habiendo compartido los mismos destellos fotográficos de conocidos fotógrafos nacionales que se encargó de nombrarme, «los conozco a todos».
Me imaginé la Leika que usaba para muchas de sus fotografías; me imaginé el desgano que le provocó cuando el digital inundó todo el arte fotográfico aplastando, de paso, la magia de ver en el cuartito oscuro cómo y qué imagen podría empezar a aparecer en esas aguas químicas. Nadie creaba una digital con las características de las análogas, donde uno pudiera elegir el diafragma, los ISOS, la velocidad hasta que como niño recuperó la alegría este 2018 cuando encontró una pequeña camarita Fuji. Sí, podía imaginarme su alegría.
Caminamos hacia la esquina entre Rosal y Lastarria, punto donde se ubica diariamente desde hace dos años y medio, para mostrarme algunas fotografías. Le dije que mientras esperaba que buscara su atril y maletín yo sacaría una foto donde él no aparecería. Muy bien, me dijo.
Yo tenía las manos un poco congeladas con el frío de la mañana, pero no podía dejar de tomar cada una de esas imágenes que me iban inundando la imaginación, además tenía que retener lo que él no quería que yo mostrara, vi perros jugando en el mar bajo el rojizo arrebol de Los Vilos. ¿Habrá vivido en Los Vilos entonces?, me pregunté. Ventanas cerradas mostrando bellezas cotidianas; ventanas abiertas mostrando naturaleza viva, aves volando y caminando, flores, naranjas. Pero aquí hay una técnica que yo no conozco, le digo, ¿qué es lo que hace en las fotografías originales? Me explica que no se trata de intervención como lo que se hace en digital con los computadores, y que se llama des-saturación.
Roberto voy a escribir una no entrevista, ¿puedo dar tu nombre? Claro, me responde. Bueno, me despido, gracias y mucha suerte con el viaje del billete marcado. Se ríe y me aclara, «me gustaron tus intervenciones…no son violentas».
Me autorizaba para escribir esta historia, al menos, como testigo.