Valeria Solís T.
Escritora, periodista
Directora Mirada Maga

Hay historias que parecen leyenda, o un gran cliché, y puede que éste sea un claro ejemplo de ello. Italiano. Enfermizo de niño. Cómplice de su madre. La pintura y la escultura como el baluarte para conectarse con el mundo. Hermoso, sugerente, sensual. Un judío elegante, culto, integrante habitual de los cafés y bares de Montmartre y Montparnasse en los albores de la primera guerra mundial. Un sensible hipnotizado por el alcohol y el hachís en los buenos y malos tiempos. Mujeres por doquier plasmadas en las telas. Un solo gran amor, trágico, como corresponde. A los 35 años muere de tuberculosis en un humilde hospital de París. Su cuerpo aún permanecía tibio cuando Jeanne Hébuterne, su musa y amada, decidió lanzarse desde el balcón de la casa de sus padres con un hijo en el vientre. Parece literatura, pero así son los tintes, los claroscuros de la vida del pintor Amadeo Modigliani.
“Lo que busco no es lo real ni tampoco lo irreal, sino lo inconsciente, el misterio de lo instintivo de la raza”
Sus retratos y desnudos están considerados dentro de los más populares del siglo pasado, y aunque algunos desconocen que también incursionó en la escultura (dedicándose por más de cinco años a sacar rostros desde las piedras, a develar en 25 obras el espíritu de hombres o mujeres quietas, contemplativas), no fue sino hasta después de su muerte en 1920 (en el Hospital de la Caridad de París, el 24 de enero) que su entorno de amigos y mecenas lo dieron a conocer al mundo como aquel artista apasionado, impregnado de miradas quietas, inquietantes.
Era el menor de cuatro hermanos. “Dedo”, como lo llamaban, era parte de una familia judía, de pequeños comerciantes en Livorno. Su padre se llamaba Flaminio y su madre Eugenia; ésta última fue una persona influyente en la inclinación artística del pintor, de hecho en plena crisis económica ella aportaba al ingreso familiar con traducciones de poesía y publicaciones de críticas literarias, las cuales debían ser firmadas con seudónimo. A los 11 años, Amadeo presentó su primera enfermedad grave: pleuritis. Tres años después le daría tifus, en un momento de la historia en que era considerado mortal, pero sobrevivió y ese período de crisis fue tan trascendental como para que sus padres llegaran a apoyar la idea de que fuera artista. Se inscribió entonces en la Academia de Artes de Liorna, su ciudad natal, pero a los 16 años volvería enfermar. Entonces, su madre decide llevarlo a ciudades con otros climas, por lo que se van juntos a Nápoles y luego a Roma.
Faltaban 8 años para la guerra. Ese mismo año (1906) muere Cezanne, pintor impresionista abocado a los paisajes, cuya técnica admirara Modigliani como también la de Henri Toulouse-lautrec, Picasso, Braque, estos últimos considerados los nuevos héroes de las artes modernas con su propuesta cubista.
En 1908 el artista presenta por primera vez públicamente, cinco pinturas en el Salón de los Independientes, y si bien quienes lo conocían especulaban que sus retratos iniciales podrían haber sido el comienzo de una carrera como retratista de la alta burguesía, su búsqueda y su mirada iban de la mano de una propuesta personal que el mundo reconocería años después. Uno de sus principales mecenas fue un joven médico llamado Paul Alexandre, quien lo admiraba por aquellos retratos tan bien logrados; el galeno contribuyó con la compra de dibujos y retratos, así como presentándole personas de la alta burguesía. Sin embargo, el artista necesitaba ir más allá: dedicó primero horas a los desnudos, y luego otras tantas a finos y característicos rostros de mujeres y hombres.
Antes de abocarse de lleno a la finura de los rostros, conoció al escultor rumano Constantin Brancusi (1909) y esa impresión, como lo señalamos, lo llevó por varios años a seguir el camino de la escultura, sin estudios y movido solamente por la inspiración, lo cual era favorecido con un cambio de casa desde el barrio Montmartre a Montparnasse donde había patio y piedras que desnudar (en 1912 expuso un conjunto decorativo de ocho cabezas estilizadas de piedra en el Salón de Otoño). Sin embargo, en 1914 decide no esculpir más.
Tres años antes de morir, su salud ya se veía resentida por el exceso de alcohol, drogas y una descuidada dolencia pulmonar crónica, pero también fue un periodo de fertilidad creativa y amorosa. Presentado por una amistad en común, la escultora Chana Orloff, conocería a la joven pintora, musa y modelo Jeanne Hébuterne; ella venía de una familia de la burguesía católica, que no vio con buenos ojos esta relación con un hombre extranjero y de recursos económicos muy inestables, bohemio y, para colmo de males, artista.

LA PRODUCTIVIDAD DE LA MANO DEL AMOR Y LA MUERTE
El poeta polaco y representante, Léopold Zborowsky, fue una de los amigos que más ayudó a Modigliani en los últimos años de su vida; quien se encontraba frente a una suerte de abandono físico, quizá debido a su total entrega a la obra artística, ya que sus últimos cinco años de vida fueron el periodo de sus obras más significativas. En esta etapa, sus pinturas hablan de silencio lánguido y quieto, pero al mismo tiempo de una emocionalidad viva y llena de  melancolía.
Si bien no siguió una línea creativa clasificable en algún movimiento pictórico, algunos lo incluyen en el expresionismo, aunque otros lo sindican como un artista influido por la vanguardia del momento. Pese a lo anterior, si hay un elemento concreto que efectivamente influyó en su propuesta fue el arte africano al que llegó mediante su amigo el escultor Brancusi, pudiendo distinguir en muchas de sus obras un guiño a las máscaras africanas que revolotean entre la neutralidad y la intensidad de una emoción que se cuela a través de sólidas formas. Aunque algunos críticos planteaban que la belleza de su obra radicaba principalmente en la riqueza cromática, destaca la estilización de las formas representadas, conectándonos con la subjetivad del artista o del espectador.
33 años tenía Modigliani cuando le presentaron a la joven Jeanne, de 19 años y estudiante de la Escuela de Artes decorativas. A poco andar, desafiando a su familia, se va a vivir con él en un pequeño espacio de dos habitaciones; al año siguiente nacería Jeanne Modigliani, la primera y única hija de ambos (28 de noviembre de 1919), quien pudo compartir poco más de un año con sus padres. Eso ocurriría en Niza, ciudad donde los Modigliani-Hébuterne se trasladaron por temor a que París fuera invadida por los alemanes.
La salud del artista había empeorado progresivamente, hasta morir un 24 de enero. Tras su partida, Jeanne, la mujer mil veces retratada y mil veces vista desde la exuberancia de la creación, no soportó el dolor de esta pérdida. No pasaron 48 horas para que se lanzara desde una ventana, no cualquiera, sino la de la casa de sus padres; otra forma de desafiar al mundo con una última gota de vida: en su vientre esperaba un niño de nueve meses.
Como remate fatal al paso de Modigliani por esta vida, debieron pasar diez años de la muerte del artista para que la familia Hébuterne aceptara enterrar el cuerpo de su hija junto al de su compañero, en el cementerio de Pére Lachaise. En la lápida de Jeanne se puede leer “compañera devota hasta el sacrificio extremo”, y bajo el nombre de Amadeo Modigliani, “alcanzado por la muerte en su momento de la gloria”.
La pequeña sobreviviente a la tragedia familiar, llamada Jeanne como su madre, fue finalmente cuidada y criada por la hermana del pintor. De adulta, se encargaría de desmitificar la vida del artista: un claro ejemplo de ello fue la biografía “Modigliani sin leyenda”, libro cuyo tenor se centra en minimizar la vida del atractivo y ruidoso artista bohemio, y poner la mirada en el creador riguroso, apasionado, con tintes de genialidad. Los últimos años de su vida los pasó en plena controversia por unas esculturas falsificadas por unos estudiantes. Falleció, irónicamente de una caída accidental, en 1984.

Imagen principal: «Jeanne Hébuterne con jersey amarillo», 1919.

Texto: Valeria Solís T.