Por Patricia Andrade
Periodista y escritora

Una mujer vehemente, apasionada, sensible y trasgresora, muy lejos de la caricatura que se ha forjado torpemente en la mente de los chilenos (no así en el resto del mundo) de la maestra seria tan pro de los niños y niñas que se aleja de su propia condicion de lo femenino y sexual. Sí, porque Gabriela era mujeraza, con opinión sobre el individuo, los pueblos y el mundo; sobre la política y las religión; sobre los cambios urgentes para hacer de la Tierra un espacio sensible y educado. Gabriela, nuestra vanguardista Premio Nobel y única latinoamericana en obtenerlo salió de la tierra de Montegrande dejando atrás el bullying y desplegando su existencia por el mundo y los brazos de los amores que la admiraran y repetaran.
En efecto, esta mujer cuyos primeros escritos públicos debió hacerlo bajo seudónimos masculinos era comprometida, enamorada, impetuosa, religiosa y nunca se rindió a seguir su camino pese al menosprecio que sufrió de parte de la elite intelectual y política chilena, masculina, por lo demás, y que la llevó a vivir gran parte de su vida fuera del país. “Viví en una sociedad analfabeta cuyas hijas eduqué y que me despreciaba por mal vestida y mal peinada” escribiría alguna vez. Lejos de una imagen poco agraciada que escribe rondas y poemas sobre niños, su obra y sobre todo su extensa correspondencia, dan cuenta que en realidad era la poetisa de la pasión, como la denominó en el siglo pasado uno de sus críticos.
Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga nació el 7 de abril de 1889. Como hija de Jerónimo, un profesor de ascendencia judío diaguita, heredó sus ojos verdes, el gusto por la poesía y el nomadismo, y como hija de Petronila Alcayaga, una modista de ascendencia vasca, la seriedad del compromiso. Pero fue el abandono del padre cuando sólo tenía tres años, lo que dio inicio al cúmulo de adversidades e injusticias que debió afrontar durante su vida y que fueron forjando su resiliencia y carácter.
Tenía sólo 15 años (1904) cuando comienza su carrera docente y, al mismo tiempo, su producción poética, obteniendo 10 años después, la más alta distinción en los Juegos Florales con su obra “Sonetos de la Muerte”, versos que se inspiraron en el suicidio de un antiguo enamorado, Romelio Ureta. Dicha creación la posicionaría dentro del masculinizado mundo de la lírica nacional y fue a partir de este certamen que Lucila guarda su nombre y  adopta el seudónimo de Gabriela Mistral basada en  la unión del italiano Gabrielle D’Annunzio y el poeta Federico Mistral, y el viento provenzal que lleva ese nombre.

Gabriela religiosa
Destacaba en ella su fervor religioso, que se incubó en su niñez gracias a su abuela paterna, Isabel Villanueva, de ascendencia judía y a quien pasaba horas leyéndole la Biblia. Pero esta profunda fe cristiana tuvo un giro con la muerte de su madre, cuando no pudo resistir la arista punitiva que tenía el rito católico y se volcó hacia el budismo, religión que practicó por más de una década. “Nunca dejó de obrar sobre mí, sin embargo, la fascinación de Jesucristo, y ambas cosas, cristianismo y budismo, se me acomodaron en el alma y la vida. Tal vez haya que decir que del cristianismo tomé la ética, casi la policía para la vida, y del otro: la metafísica y la práctica devocional”, explicaría.
Según quienes la conocieron, la arista religiosa siempre la atormentó y su tránsito del catolicismo al budismo y luego del budismo al catolicismo, resultó ser un camino complejo y doloroso.

El otro amor
Su primer amor lo tuvo a los 15 años, y fue el hacendado Alfredo Videla, 25 años mayor y con una lamentable fama de seductor y mujeriego.  “Ninguna mujer le habrá querido ni le querrá con el cariño sólido, grande y abnegado con que yo lo he hecho. Jamás un hombre me ha hecho sufrir como Usted de celos; jamás ninguno ha motivado mis desvelos ni me ha llenado el alma de penas sin nombre como Usted”. Sin embargo, pese a la intensidad con que Mistral se expresa en las cartas, con Videla mantuvo una relación más bien platónica; tras una correspondencia de poco más de un año, la escritora corta definitivamente el vínculo. La razón, otro amor: Romelio Ureta, un empleado de ferrocarriles.
Entre los investigadores de la vida de la artista no hay consenso sobre si este amor fue o no correspondido, y ella misma se encargó de desmentir que estaba lejos de ser la causa de su suicidio, pese a que se encontró en uno de los bolsillos del muerto una postal de Gabriela. Ureta habia dejado a Mistral con el corazón roto tras comprometerse con una mujer de una posición social más alta que él y tras sus continuas ínfulas de grandeza para conquistarla y deudas lo habrían llevado a quitarse la vida.
“Esos versos –dijo la poeta- fueron escritos sobre una historia real. Pero Romelio Ureta no se suicidó por mí. Todo aquello ha sido novelería”.
Alguna vez la poetisa relató que dos semanas antes de su suicidio él se acercó a darle explicaciones que ella no aceptó escuchar.

El amor prohibido
Con el poeta Manuel Magallanes Moure, Gabriela se escribió centenares de cartas durante cerca de 10 años. Fue de alguna manera otra relación platónica sostenida por las palabras, pero cargada de insinuaciones de encuentros físicos. Incluso él, casado y padre de una hija, la invitó varias veces para reunirse en un hotel, pero fue rechazado siempre.
“No, amado Manuel, en un hotel no”, le respondería Gabriela, “son sitios prostituidos por todos los hombres viciosos y las mujeres livianas. Yo no quiero besarte ni tenerte en mis brazos en un lugar así. Te quiero bajo los cielos abiertos, entre los árboles”…
Para Gabriela la ocasión y las condiciones para consumar esa entrega perfecta que ella anhelaba no llega ni llegaría nunca.
“…No sé si todo lo que te tengo aquí adentro se hará signo material cuando esté contigo, si te besaré hasta fatigarme la boca, como lo deseo, si te miraré hasta morirme de amor, como te miro en la imaginación. No sé si ese miedo del ridículo que mata en mí muchas acciones bellas y que me apaga muchas palabras de cariño que tú no ves escritas, me dejará quietas las manos y la boca y gris la mirada ese día… Tuya, tuya, completa, inmensamente”.
Finalmente, en 1922, cuando Gabriela Mistral ya goza de prestigio como educadora y poeta y se apronta a viajar a México, decide marcar la distancia definitiva entre ambos. Magallanes moriría a los pocos meses producto de una enfermedad cardíaca.
“No se me ocurre, Manuel, decirte nada cariñoso. Y no es porque no te quiera; es porque me lo rompiste todo, la esperanza, la fe… Me acuerdo de una poesía de María Enriqueta, la mejicana. Pinta un amor que ha pasado, como éste, y dice: Hubo una vez en mi alma un gran castillo, donde un rey fue a pasar la primavera… ¿Hermoso? Sí; hubo un rey; hubo; ya no hay nada… Hasta siempre, Lucila”.

Un amor que lo cambió todo
Pero en la vida de Gabriela aparece otro amor, uno más impenetrable y profundo. Juan Miguel Godoy Mendoza, su sobrino, más conocido como Yin Yin. Nacido en Barcelona en 1925, sería adoptado por Gabriela luego que Jerónimo Godoy, su hermanastro, recién viudo se lo entregara para sus cuidados en 1926, sería su madre y él no lo reclamaría jamás.
Con él, la poetisa tuvo desplegó su amor materno, pero también fue abruptamente destruido décadas después cuando ese niño de sus ojos, decide suicidarse con arsénico en 1943. Ambos residían en Petrópolis, Brasil, donde ella se desempeñaba como cónsul de nuestro país. Las razones de esta tragedia no están del todo claras, aunque Gabriela acusó a una pandilla que lo hostigaba, otros mencionan que el joven quería casarse con una muchacha alemana, a lo que la Mistral se habría opuesto. Este hecho ocurriría pocos meses después del suicidio de su amigo, el escritor austríaco Stefan Zweig y su esposa, quienes también vivían en Petrópolis.
A la muerte de su hijo Mistral logró palpar la locura con todo su ser. “Nadie podrá entender mi espanto de hallarme a mi Yin Yin agonizando de arsénico. Nada, nada me había preparado para este golpazo. Y nada hubiera podido prepararme”, comentaría.
Pero en el mismo lugar, dos años después, recibiría una noticia que le reconfortaría otra parte de su alma, en forma inédita en latinoamerica, Mistral se enteraría por radio que obtenía el Premio Nobel de Literatura. “La hizo levantar cabeza. Desde un punto de vista humano, ciertamente fue un salvavidas que se le dio y la hizo salir adelante” escribiría uno de sus biógrafos Pedro Pablo Zegers.

Pasión de otros colores

Doris Dana, una secretaria con aire a Katharine Hepburn se encontró con Gabriela Mistral en 1946 en una conferencia, desde ahí no sólo la admiraría sino que la amaría. La joven estadounidense 30 años menor, había hecho múltiples esfuerzos para conocer a la poeta hasta que finalmente lo consiguió, al poco tiempo ambas mujeres vivirían juntas cerca de Nueva York, era el lugar definitivo para la poeta hasta su muerte en enero de 1957 de un cáncer al páncreas. el amor entre ambas pudo leer entre líneas y no tanto de sus múltiples cartas.
A la muerte de su compañera Doris Dana en el 2006, su sobrina y heredera Doris Atkinson, tuvo un gesto inconmesurable con el Chile que le había dado tantas veces la espalda a Gabriela. Entregaría todos los escritos y  documentos de nuestra poeta al Estado de Chile, entre ellos estaban las cartas que se escribieron durante su relación,  250 de esas misivas se publicarían en el libro “Niña Errante”.
“Cuando tú vuelvas, si es que vuelves, no te vayas enseguida. Yo quiero acabarme contigo y quiero morirme en tus brazos”, le escribiría  Gabriela en 1948. “Tengo para ti en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún”, plasmaría en otra libreta. Dana añade: “Quiero conocer estas cosas subterráneas y tú sabes bien que tengo confianza, muchísima confianza. He dado a ti (sic) la prueba de mi confianza”.
“Lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte”, dice la poeta.
“¿Y piensas tú que en mi mirada a ti y mi manera de tocar a ti no hay cosas que yo pueda decir o mostrar? He vivido siglos buscando a ti (sic)”, responde su compañera
Aunque en vida ambas negaron su relación amorosa por el conservadurismo existente y que sólo hace un par de años ha permitido darle visibilidad, las cartas a Doris solo ratifican la existencia de una poeta chilena, reconocida internacionalmente, apasionada, sensible y muy lejos de caricaturas.

Obras
Desolación. 1922
Lecturas para mujeres. 1923
Ternura. 1924
Tala. 1938
Antología. 1941
Lagar. 1954
Recados contando Chile. 1957
Poema de Chile. 1957