Por Patricia Andrade
Periodista y Escritora

Como “la más genial de las artistas surrealistas” definió Alejandro Jodorowski a Leonora Carrington (1917-2011), de quien este 2017 se celebra su natalicio número cien. La pintora, escultora y escritora nacida en Inglaterra, pero nacionalizada mexicana, es recordada por su obra original y profusa en imágenes oníricas, de animales y de mitos de la tradición celta. Una vida que da para inspirar varias obras de ficción.
Nació el 6 de abril de 1917 en Lancashire, Inglaterra, en una familia católica y llena de convencionalismos sociales. Fue una niña de familia de clase alta cuya rebeldía y afán de independencia la llevó a ser expulsada de dos colegios de monjas y finalmente cortar los lazos con sus padres Harold y Maurie, y sus tres hermanos varones.
Carrington experimentó con la pintura desde muy joven, en una época en que según decía “luchaba para no dejarse aplastar por todas esas convenciones de un mundo masculino” y, a su vez, buscaba “algo que tuviera que ver con una rebeldía interior”. En 1936 comenzó a recibir formación artística en la galería de los Uffizi en Italia, y más tarde en París, donde tuvo como primer gran maestro al cubista Amédée Ozenfant.
A los 19 años, su vida y su arte dan un vuelco al conocer a Max Ernst, el famoso pintor alemán quien no sólo la introdujo en el mundo del surrealismo y el círculo de exponentes de esta corriente como André Breton, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Paul Éluard o Marcel Duchamp, sino también la conquistó y se hicieron pareja, pese a estar casado y ser 27 años mayor.

Leonora y Max, amor surrealista

Junto a Max Ernst, su pareja y el poeta Paul Eluard

Su relación con Ernst duró apenas dos años, pero para Leonora Carrington resultó decisivo en su aprendizaje. “Fue amor a primera vista. Me fui con él y mi compañero, Serge Chermayeff, me llamó puta. Yo le contesté: Así son las cosas, ¿qué quieres que haga?… No puedo decir que fuera la relación más importante de mi vida; fue un gran amor y un gran mentor…Max me mostró otro universo y me llevó por caminos a los que en mi pequeña vida ordinaria de burguesa jamás habría tenido acceso”, relataría.
Para el pintor alemán, Carrington era “la novia del viento” y para los demás artistas surrealistas: su musa. Un calificativo que Leonora, feminista desde siempre, rechazaba. “Yo nunca tuve tiempo de ser musa de nadie. Valoraba demasiado mi tiempo y tenía demasiado trabajo intentando ser artista y rebelándome contra mi familia como para hacer de musa a nadie.(…) Una vez Joan Miró me mandó a buscarle cigarrillos y tuve que decirle que podía ir a buscarlos él mismo…No me amedrentaban”.
Leonora no comulgaba con la concepción que los surrealistas tenían de la mujer, considerada modelo o musa para sus creaciones, aún cuando aparece en algunas obras de Ernst. “( a la mujer) la tumbaban desnuda y con una sonrisa en un diván, y allí la dejaban. Pero Max era distinto. Fue uno de los periodos más fecundos de mi vida. Lo que yo nunca fui es la mujer-niña que Breton quería ver en las mujeres ni consentía que me trataran como tal. Pero tampoco ambicioné cambiar al resto. Simplemente aterricé en el surrealismo; nunca pregunté si tenía derecho a entrar. En el fondo, siempre he trabajado muy aislada, en mi mundo”.

Locura Creativa
Con Ernst participó en la Exposición Internationale du Surrealisme, Galerie Beaux Arts, en París (1938). Por esos días Leonora había pintado su primer cuadro surrealista, The Inn of the Dawn, un autorretrato donde ya se aprecian algunos de los elementos que caracterizarían su singular obra, y además escribió una obra de cuentos titulada “La casa del miedo”.
Pero el advenimiento del nazismo alteraría sus planes. En 1939, Max Ernst fue declarado enemigo del régimen de Vichy y enviado a un campo de concentración, por lo que Leonora huye a España con el objetivo de conseguirle un salvoconducto, pero en el intento sufre una crisis nerviosa y su padre decide internarla en un siquiátrico de Santander. El relato de su dramático paso por el manicomio acabó publicado como “Memorias de abajo”, un texto clave en la historia del surrealismo y que Carrington habría decidido darlo a conocer por sugerencia de André Breton.
Leonora tuvo que escaparse del siquiátrico y viajó a Portugal, luego a España, donde se reencontraría con Renato Leduc, un diplomático mexicano que había conocido a través de Pablo Picasso en París. Primero viajaron a Estados Unidos y luego a México mientras su ex amor, Max Ernst convivía con la millonaria Peggy Guggenheim, quien más tarde se convertiría en su tercera esposa.
“Con Renato nos encontramos de nuevo por casualidad en un restaurante de Madrid. Le conté mi historia y me dijo que podía alejarme de ellos, alejarme de todos… y por supuesto, dije que sí”, relató Carrington sobre su matrimonio, el que finalmente se realizó para que ella obtuviera la nacionalidad mexicana.

Vida Surreal
A México llegó en 1942 donde vivió hasta su muerte. Nunca más tuvo contacto con su familia inglesa, excepto en los últimos años de su vida cuando conoce a una sobrina llamada Joanna Moorhead, quien cruzó el Atlántico para visitar a esta pariente suya de la cual nadie hablaba. Las conversaciones con Leonora dieron origen al libro “The surreal Life of Leonora Carrington”. En México, Carrington no sólo restablece lazos con algunos de sus amigos surrealistas, muchos de los cuales estaban exiliados, tales como André Breton, Benjamin Péret, Alice Rahon, Alejandro Jodorowski, Wolfgang Paalen y Remedios Varo, sino que también volvió a trabajar frenéticamente. Tiempo después se divorciaría del diplomático y salvador Leduc y se casa con el fotógrafo húngaro Emericz Imre Weisz, Chiki, con quien tuvo dos hijos, Gabriel, poeta, y Pablo, médico.
La producción artística de Carrington es extensa no sólo en número sino en estilos , formatos y líneas creativas, pues incluye obras pictóricas, dibujos, esculturas (plata y bronce), tapices bordados a manos a través de técnicas tradicionales, muñecas de tela y de terciopelo y murales.
Muy valorizada en los últimos años tanto en las artes visuales como literarias se caracterizan por la presencia de seres fantásticos, escenas sugerentes y oníricas, animales irreales. Leonora crea un lenguaje que habla de su mundo interior y de los mitos celtas y sajones que aprendió en su casa de la boca de su abuela y de su nanny irlandesa, los cuales fueron desarrollados principalmente entre las décadas de los 40 y 70. “Mi principio de vida como artista, es: no explicar nada. Las imágenes llegan, pero no sé de dónde; sospecho que del subconsciente universal. Aunque no puedo discernir qué es mío, ni de qué parte de mí surge lo que hago. Muchas veces, los personajes suben solos a los cuadros”, declararía y así lo su hijo médico Pablo Weizz en el homenaje realizado en abril pasado con motivo de su centenario: “Mi madre no escogió el surrealismo: ella era el surrealismo por naturaleza; se arriesgó a explorar sin miedo en su psique, de manera valiente y completa, para luego pintar lo encontrado”.

Literatura
Además de su autobiografía, Leonora Carrington fue autora de una veintena de cuentos y de una novela. Sus primeros libros de cuentos, “La casa del miedo” y “La dama oval”, fueron publicados en París en 1938 y 1939 respectivamente e incluyeron ilustraciones de Max Ernst. También destacan los libros “Una camisa de dormir de franela” (1951), “El mundo mágico de los mayas” (1964)), “La puerta de piedra o La invención del mole” (1960).
La mayoría de sus cuentos tienen reminiscencias victorianas y elementos de las narraciones de seres elementales como las hadas. Además incluyen figuras autoritarias contra quienes rebelarse, imágenes excéntricas, bestias terroríficas. Los escribía en inglés, español o en francés, pero con el paso de los años dejó de producir literatura porque no le gustaban los traductores, a quienes los acusaba de “traidores con el lenguaje”.
En 2013, el Fondo de Cultura Económica publica dos póstumas ediciones de “Leche del sueño”, un libro que reúne nueve cuentos para niños escritos e ilustrados por la artista para sus dos hijos y que alguna vez la autora habría regalado como muestra de estima al artista y sicomago chileno Alejandro Jodorowski, quien finalmente se los devolvió a sus hijos para que fuera publicado.

Revalorización tardía
Fue en México, donde vivió hasta su muerte, el país que la conoció y valoró como artista. En el mundo anglosajón en cambio era hasta hace pocos años una perfecta desconocida, y no fue sino hasta 1999 cuando expuso en Londres de manera individual.
En la última década se ha visto un encumbramiento tanto de su obra como de su valor monetario. Si bien en sus primeros años sus pinturas se vendieron a pocos cientos de dólares, el 2009 su obra The Giantess obtuvo más de un millón y medio de dólares en una subasta, situándola en un ranking que pocas mujeres integran.

En este año se multiplican los homenajes de esta gran artista y se escriben miles de páginas sobre ella, pero pocas podrán igualar a las palabras de Octavio Paz: “(ella es) un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sombrilla que se convierte en un pájaro que se convierte después en pescado y desaparece”.

Lytton Strachey junto con Dora Carrington

La Otra Carrington
Sin conocerlas en profundidad, es fácil confundir a Leonora Carrington con Dora de Houghton Carrington, más conocida como Carrington (1893-1932) pintora y decoradora inglesa famosa por su pertenencia al Círculo de Bloomsbury, un círculo de intelectuales del primer tercio del siglo XX. Masivamente se conoció también gracias al celuloide, con la cinta protagonizada por Ema Watson y que relatara su relación con su gran amor, el escritor homosexual Lytton Strachey.
Carrington fue una experimentada retratista y paisajista, aunque durante su corta vida sólo expuso un cuadro. Luego de la muerte de Strachey se suicidaría disparándose con una escopeta.

Las dos Carrington nunca se conocieron.