Por Javier García F.
Publicista, Emprendedor social
Socio Fundador de ÛÑÛ. Chilean Handmade.Chiloé

El deber y el derecho, son palabras con mucho carácter, sin embargo, parecen estar destinadas a libros polvorientos en una estantería.
Mientras más me comprometo con el medio ambiente, más que me convenzo de lo urgente y necesario de que el sentido del deber y el derecho sean introducidas nuevamente en la formación de cada persona,… desde el respeto y la libertad. Dejar a los colegios, universidades o cualquier institución la responsabilidad de la educación es un gran error.
Los que nacimos en la década del `70 podemos dar fe de que nos educaron con la mínima conciencia de respeto y cuidado hacia el medio ambiente y hacia el otro. Actos como la utilización de los recursos orgánicos, la conciencia en la separación de la basura, la reutilización de los residuos suenan hoy como temas nuevos, modernos, ¡de vanguardia! Ausente de nuestra vida diaria.
El deber y el derecho son términos que se abren paso con fuerza, pero acompañados de un semáforo en rojo, porque hoy nadie puede estar ajeno al impacto negativo del hombre sobre el planeta. Cuando pienso en mis hijos, me golpean las estadísticas: el 80% de nuestra basura es orgánica, los peces del mar parecen extinguirse en un par de décadas más, el 2050, el agua potable se acaba, los glaciares se desprenden de su fortaleza histórica, deambulan islas de plásticos, no es metáfora, más grandes que nuestra isla grande de Chiloé…, la lista suma y sigue. Mis nietos no conocerán el congrio ni podrán bañarse en la playa de Con Con, me paraliza.
Pero para combatir esta realidad se necesita de un gran escudo, uno que tenga impreso en su cara de combate: el deber y el derecho”.
Tenemos el deber de educar a nuestros hijos e hijas apegados a un alto nivel de conciencia. Ya no estamos en tiempos para ser ambiguos ni confusos. Es NO MÁS, así de simple, no más.
Tenemos el deber de mostrar que la ruta que hemos creado hasta hoy, no es la correcta, porque esta ruta no es virtuosa, no es sana, no es equilibrada, daña. Tenemos el deber de rehacer los mapas, de enseñar dejando una huella y no una cicatriz. Tenemos el deber de pasar de la sustentabilidad a la regeneración: “esto va aquí”, “esto va allá”, “esto no es basura”, “esto se puede reutilizar”, “esto lo puede necesitar otro”, creo que es el espíritu que debemos dejarle a nuestros hijos, y no sólo por ellos, sino para los hijos de nuestros hijos, para los hijos de tus hijos, para los hijos de los hijos de mis amigos, de mis vecinos, de mis compatriotas, de los que habitan mi continente, de los que habitan mi planeta.
A su vez, el derecho, es aún más claro: Mis hijos, tus hijos, los hijos del vecino, los hijos de mis amigos, los hijos de Chile, los hijos del planeta, TIENEN el derecho a ser educados bajo esta nueva hoja de ruta. Tienen el derecho a conocer el mar como lo conocimos nosotros, y mejor, de comer congrio, de saborear un erizo, de experimentar el inmenso universo de vida que existe en los océanos. Tienen el derecho de acampar en un bosque milenario, de conocer la nieve virgen, de mirar el cielo azul, de respirar, ¡de respirar aire limpio! Tienen el derecho a que ese aire los invada de la grandeza de nuestra existencia.
Hay que volver a abrir las ventanas, a ventilar los manuales de carreño, a condenar a la hoguera las prácticas sin deberes ni derechos que tenemos sobre nuestro entorno. Hay que reescribir estos conceptos llenarlos de libertad, expresión, amor, vida….para asegurarnos que cuando se termine esta historia, no venga un punto final, sino, tres puntos suspensivos.