Por Marcela Contreras

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Actor Alberto Vega

En este último mes, he visto dos programas de televisión que me han hecho reflexionar sobre el dolor y el sufrimiento.

El primero fue un reportaje sobre el accidente en bicicleta que sufrió el actor Alberto Vega y que lo dejó con el síndrome de enclaustramiento. Un estado en el cual, el hombre de teatro no puede hablar, tragar ni moverse. Al verlo, recordé que de joven era mi amor platónico, ya que no sólo tenía mucho talento, sino, como decimos las mujeres, “algo especial”. Yo pensaba que se había ido al extranjero, pero había dedicado sus últimos años a la docencia y dirección de la Escuela de Teatro de la U.C.

Según me informé en el reportaje, el actor al despertar y encontrarse en ese estado, sintió un gran dolor, sólo lloraba y pensaba en muerte: ¿Cómo podría seguir su vida un profesional de las artes en este estado? Ahí se iniciaría el camino del sufrimiento. Años estuvo en este estado, pero poco a poco, con el apoyo incondicional de su madre, de amigos y enfermeras, comenzó un proceso para volver a la vida, comunicándose con el mundo a través de los ojos, de un solo ojo. En efecto, tras el apoyo de la actriz Elena Muñoz y del director del Centro de Tecnología de Inclusión de la U.C. supieron de un computador que usaba un holandés con el mismo síndrome, y que con el seguimiento de la mirada lograba el milagro de comunicarse con el exterior. El actor chileno recibió la noticia con mucha emoción y esperanza, pero no todo estaba resuelto, fue un comienzo con frustración y enorme esfuerzo, ya que él no podía hacer movimientos horizontales en los ojos y sus párpados se cerraban antes de poder fijar la vista en la letra que quería seleccionar. Fue una odisea armar palabras hasta que de a poco lograron adaptar el computador a su específica condición. Pudo volver a escribir, y al tener el computador en su casa, lo primero que escribió fue: “Amigos de verdad”. Tres años después (2013) publicaba su libro “Mírame a los ojos” y comienza una nueva forma de vivir, donde de la mano de su esfuerzo, pero también de su temple, el artista (nunca dejará de serlo) Alberto Vega, logra dejar su sufrimiento y cumplir nuevos sueños.
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Me topé también con una entrevista a Edward Wale, un hombre cuyo cuerpo se quemó en un 93%. Cuando despertó del coma no sólo se enfrentó a su debilitado cuerpo, sino además a la traición de su mujer, quien se divorció de él y se llevó todos sus bienes, propiedades y empresas. Wale quien no podría volver a caminar, estaba frente a la disyuntiva: llorar por su desgracia o decidir seguir adelante y vivir. Fue tanto su dolor físico en algún momento, que también pensó en morir, pero en ese instante vio la fotografía de su hijo y surgió un nuevo sentimiento en él, quería vivir para cumplir un sueño: demostrarle a su hijo que pase lo que pase en la vida, uno puede salir adelante, y que cuando uno deja de soñar,  es ahí el momento en que se empieza a morir. Edward eligió  la vida y pese a todo, encontró la fuerza de agradecer, de amar lo que se hace y de ser generoso.

Cuento estas historias, porque nos demuestran la gran diferencia entre el dolor y el sufrimiento. Y equivocadamente se suelen considerar como sinónimos. Pero si comprendemos su sentido, y su diferencia estamos más cerca de poder manejarlos.

Así, el dolor emocional es un sentimiento negativo que surge a partir de determinadas situaciones adversas o problemas, generalmente vinculados con pérdidas.Puede ser cualquier emoción que nos afecte: tristeza por una pérdida, un accidente, por enojo, o frustración, etc. El sufrimiento, en cambio, es la respuesta que tenemos ante un dolor físico o emocional, por lo cual, puede durar un largo tiempo. Cuando una persona sufre, presenta alguna de las siguientes reacciones:

-No acepta el dolor o la situación relacionada con él y se rebela: “¿Por qué a mí?, no es justo, etc.

-Se siente incapaz de hacerle frente, ya que está convencida de no tener los recursos y las herramientas necesarias para vencer la amenaza de manera exitosa, por lo que se siente indefensa y vulnerable.

-Siente un grado importante de incertidumbre. No sabe cuándo ni cómo puede terminar su sufrimiento y por lo general, la sensación es de eternidad, dolor para siempre.

-Cree que no lo soportará.

-Predomina un sentimiento de impotencia y de no tener control sobre lo que sucede e incluso sobre sí mismo, que se manifiesta en la intensificación de diferentes emociones: depresión, enojo, autocompasión, etc.

-Se puede sufrir ante un hecho del presente, un recuerdo o directamente por el sufrimiento de los demás.

terremoto-ninos3Todos vivimos situaciones dolorosas, sin embargo, podemos trascenderlo o bien, podemos generar un gran sufrimiento (compuesto por una mezcla de emociones negativas intensas), que con frecuencia está provocado por nosotros mismos, en el sentido de amplificarlo por nuestra actitud ante ese dolor y/o por el significado que le damos a éste.

Sabemos que cada persona reacciona de manera diferente ante una misma situación. Mientras una persona se desmorona ante el dolor que está viviendo, otra puede encararlo de una manera distinta y salir fortalecida y más madura. De hecho cada situación la vivimos de maneras diversas. Una misma persona puede reaccionar bien en una ocasión, y responder muy mal en otra.

La intensidad y duración del dolor que sentimos y nuestra manera de reaccionar ante las situaciones que nos provocan dolor no depende de la importancia de dicha situación, no tienen un valor en sí mismo, sino que dependen de nuestra propia personalidad, fortaleza, estado físico y emocional de ese momento; o de las experiencias vividas en el pasado, principalmente durante la niñez, nuestras creencias sobre nosotros mismos, el significado que le damos al dolor, el apoyo social que tenemos y sobre todo, nuestra capacidad para reconocer, aceptar y expresar nuestras emociones.