Por Sergio Ureta
Escritor – investigador científico
Médico cirujano-ginecólogo
Autor de los libros “El ser humano una secuela del Big Bang”, “Inteligencia humana”, “Astrología, una verdad basada en la evidencia”

Ésta es una interrogante que desde niño me perturba, porque si Dios es semejante a nosotros sería masculino, sin embargo, luego pude ver que también puede denominarse como Deidad, lo cual sería una calificación femenina.
En este conflicto semántico, me gustó la definición dada por Helena Blavatsky, creadora de la Teosofía. Ella, para referirse a este ente, que sería Supremo, lo definía con el concepto de Innombrable, porque al ser incalificable esta nominación permitía mencionarlo sin género, Al ser una entidad que no es humana, no califica con los conceptos masculino y femenino, ¿entonces, donde estará la semejanza?
Según lo señalado en la Biblia, se dice textual:
Génesis 1:27 “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. En otra versión se describe como: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la Tierra y sobre cuantos animales se muevan sobre ella”.
Aquí, la expresión “hagamos” y “nuestra”, hablaría que esta decisión sería tomada por más de uno. Sin embargo, para no ser tan inquisitivo, podría aceptarse que sólo se trata de una mala descripción humana de los escritos sagrados, sin tener más significado que se trataría de este ser Innombrable.
Ciertamente estos libros sagrados fueron escritos por hombres, por lo que sería entendible que muchas de las frases serían expresiones metafóricas, porque los religiosos concuerdan que esta imagen y semejanza no estaría referido a la estructura física, sino que se trataría de un concepto espiritual, es decir, sería a través del alma humana nuestra semejanza, o al menos la forma de conectarse con este Ser.
Pero aquí entramos en otro conflicto: ¿Qué es esta alma que se conectaría con lo Innombrable?
Desde los antiguos filósofos que se viene describiendo que el ser humano constituye una triada, dada por los conceptos cuerpo, mente y alma. Respecto de los dos primeros existe un absoluto consenso, sin embargo, el alma es un tema largamente debatido en la historia de la humanidad. De hecho, se han descrito muchas teorías, que no logran la aceptación general, porque esta alma no respondería a cánones científicos, es inevaluable por este método, pues no tendría una estructura formal.
Lo curioso es que desde el punto de vista religioso, pareciera que no hubiera ninguna duda. El alma se trataría de una especie de esencia humana, incorporada a la mente y al cuerpo desde el nacimiento. Incluso se asevera que en el instante de morir, esta alma se desconectaría del cuerpo para incorporarse a un nuevo estado especial en el “cielo”. Y sería por esta vía en que el alma se conecta con lo Innombrable, a quién se accede a través de la fe y/o como producto de una revelación. Otros tres conceptos que están muy alejados del método científico: El cielo, la fe y la revelación.
Con respecto al cielo parece no haber mayor conflicto, porque claramente se trata de una metáfora. No se trata del cosmos con sus estrellas y planetas como la ciencia lo califica, sino que se refiere a un estado inmaterial, no energético, como podría describirse físicamente, sino un estado distinto, pero donde la actualmente desarrollada teoría cuántica podría dar una mejor descripción de estos estados inmateriales.
Respecto de la fe, según una definición enciclopédica correspondería a: “la seguridad o confianza en una persona, cosa, deidad, doctrina o enseñanza de alguna religión, lo cual no requiere ser demostrado”.
Por su parte los religiosos señalan que: “La fe estaría basada en la certeza de que Dios hará lo que esperamos, a su manera y su tiempo. Es quien puede conceder nuestras peticiones, además de nuestros sueños más profundos. Tiene todo el poder para entregarnos lo que anhelamos hoy, y también para darnos la vida eterna. Esta fe se acrecentaría en la medida en que le dejemos obrar en nuestros corazones y transformarnos más a su imagen”.
Todo esto, insisto, para los religiosos no constituye ningún conflicto, pues según ellos, esta cualidad de fe “estaría incorporado en cada ser humano, basta solo desearlo con amor o entrega para que esta se “materialice” en nuestros corazones”. La palabra «corazón», se explica como otra metáfora, porque desde siempre se le ha dado una connotación espiritual a este órgano. Esta alma que se conectaría con lo Innombrable sería percibida, para muchos en el “pecho” (tórax anterior). Por cierto, sin ninguna relación con su anatomía o la fisiología de éste.
En relación con el concepto de “revelación”, también hay muchas definiciones. En lo estrictamente religioso, sus representantes señalan que: “Dios se revela cuando habla por intermedio de su profeta o cuando abrimos nuestro corazón para recibirlo y además que es imposible para nosotros saber si Dios existe o cómo es, a menos que El decida revelarse a sí mismo”.
Como es posible apreciar, ser religioso o al menos creyente, requiere de una condición: “tener fe, o que Dios se le haya revelado”.
Lo apreciado en la humanidad es que no todos tienen la capacidad de percibir esa fe, además que Dios no les ha sido revelado a un alto porcentaje de ésta; una circunstancia que también ha sido motivo de mi perturbación personal, tal como la interrogante planteada inicialmente en este artículo.
Como buen científico, debo reconocer que la gran mayoría de esta humanidad es creyente, ante lo cual debo suponer que esta percepción divina, podría homologarse tangencialmente a percibir la gravitación, que es una propiedad del Universo que ningún científico entiende qué es exactamente, pues no es una fuerza como creía Newton, y lo más cercano podría ser lo señalado por el físico Albert Einstein, quien indicaba que ésta sería una malla de espacio–tiempo. Sin embargo, se desconoce su esencia.
En esta comparación, como señalé, muy tangencial, todos seríamos como los religiosos que percibimos la gravedad y ellos a lo Innombrable; ignorando, por tanto, su esencia.

*Extracto del libro “Teoría de una deidad suprema” pronto a publicar.