Oscar Hahn:»En mi carrera literaria el azar ha sido central»

publicado en: 2015 | 0

Por Valeria Solís T.

Si bien tiene una risa esquiva, también posee una amable generosidad en sus recuerdos y sentimientos. Viene llegando de Madrid donde recibió un importante premio literario europeo, Loewe, por una obra que recién había terminado de escribir. Participó por un tema práctico, dice, pero después de enviarlo al otro continente no esperó ningún resultado, hasta que muchos meses después recibió una llamada teléfonica a su departamento, donde vive solo desde hace algún tiempo.

El poeta Oscar Hahn (Iquique, 1938), quien también recibió el Premio Nacional de Literatura en 2012 y otros varios reconocimientos nacionales e internacionales, se lleva bien con su soledad y la retrata con naturalidad, porque la ha sentido siempre, desde niño.

Sobre algo de ese mundo que gestó en provincia nos habló, como también de sus dolores familiares, de su pasión como profesor universitario de literatura, oficio que de paso lo mantuvo por más de 30 años lejos de Chile, y de poesía, de esos versos que parecieran volar hasta su cabeza sin previo aviso, sin promesas de perpetuidad y que él simplemente los despliega en el papel, como un juego, porque el azar es un juego.

Casi como carta de presentación se me ocurre preguntarle por su vista, había leído que casi perdió la visión completa de un ojo y pensé en lo angustiante que puede ser ese escenario para un escritor. ¿Qué pasó?

«Me pasó una cosa absurda, en Estados Unidos me hicieron una operación de cataratas. En vez de ponerse mejor mi vista, me daba cuenta que veía peor; llevaba un mes y empecé a perder la visión totalmente en el ojo derecho. Fui donde otra doctora y me dice que tengo desprendimiento de retina y que me tenían que operar de inmediato o perdería mi ojo» –Era el 2006- La operación resultó exitosa, fue en un hospital de la Universidad de Iowa, me costó un año más o menos recuperarme. Ahora tengo cataratas en el ojo izquierdo y tengo que operarme nuevamente”. Al contarme se ríe, resignado.

Su vida está marcada por los viajes: nace en Iquique, estuvo en Rancagua, Valdivia, trabajó en Arica, después se va a Estados Unidos y prácticamente desarrolla su trabajo literario afuera…

– Claro, estuve 30 años en Estados Unidos.

¿Fue una opción quedarse en Estados Unidos, o las circunstancias lo llevaron a quedarse allá con familia, un trabajo…?

– Todo eso; lo que pasa es cuando uno ya tiene un trabajo en la universidad, no puede venirse a Chile al azar, sobre todo con hijos chicos (dos de tres), por eso cuando ellos crecieron y se volvieron independientes yo pude volver. Conocí gente que volvió dejando el trabajo que tenían allá, y en Chile no obtuvieron ¡nada! Se quedaron clavados teniendo que alimentar a un familia sin tener trabajo, y muchos tuvieron que regresar.

Estando allá ¿mantuvo el contacto con Chile?

– Sí, porque mi hija mayor, que es de otro matrimonio, nació y vive acá; en cambio los chicos nacieron en Estados Unidos y viven allá.

¿Hasta qué punto influyó en su literatura estar viviendo en Estados Unidos con otra cultura, clima, idiosincrasia? ¿O mantuvo las características chilenas?

– Influyó mucho, porque el contexto en el cual uno está es fundamental; influye mucho aunque uno no se de cuenta, pero después miras los poemas y ves una serie de experiencias que no habría tenido en Chile.  Yo vivía en Arica cuando salí al exilio, por ejemplo, y cambiar el paisaje del norte por un lugar con mucha vegetación, pero con temperaturas bajísimas, con nieve durante tres o cuatro meses al año durante 30 años, sí influyen… O el hecho de tener que hablar en inglés, cambia la percepción que uno tiene del español, empiezas a ver detalles en el español chileno que no notaba estando acá.

¿Se siente o se sintió parte de alguna generación literaria?, porque si fuera por las primeras publicaciones sería de la generación del ’60; Ariel Dorfmann era parte de esa generación, y también se fue a Estados Unidos…

– Yo dije una vez algo que no cayó muy bien: que yo era un disidente de mi generación. Y eso es porque yo no tenía ninguna relación con la gente de mi generación, de hecho ellos funcionaban principalmente en Santiago, Concepción y Valdivia, y yo era del norte, vivía en Arica, entonces, ¿qué relación podría haber tenido con ellos? No había una vida diaria con ellos. Me desarrollé por mi cuenta, en otro contexto, con otros amigos, con otras lecturas. Y eso se nota claramente en que la mayoría de los poetas de mi generación tienen un lenguaje común, se puede notar una afinidad, en cambio en el mío es lo contrario, algo que no calza con el lenguaje de ellos.

De hecho, no hay un mismo tono ni el mismo lenguaje entre un libro y otro…

– Claro, claro, porque ¿qué puede tener que ver un poeta que vive en Arica y otro de Valdivia …?

El pedagógico de aquellos años

La poesía puede ser un lenguaje común con el que se escribe siendo adolescente y algunos pueden continuar como poetas, pero otros como novelistas; ¿qué contexto había en sus comienzos que lo llevaron a ser poeta?

– La verdad es que empecé a ser poeta en Rancagua; cuando tenía 15 ó 16 años mi familia se trasladó a Rancagua, luego de estar como dos años en Valdivia, y ahí fue cuando yo empecé a escribir. Después, cuando estuve en el Pedagógico de Santiago, cinco años estuve acá…

Fue el Pedagógico donde estuvo Jorge Teillier, Alfonso Calderón…

– Claro, estaba Teillier, pero Calderón era mayor que yo; también estaban Pedro Lastra, Dorfmann, Antonio Skármeta, Poli Délano, todos ellos.

¿Pero ahí se generó comunión con ellos? Porque no es menor que una escuela haya acogido a tantos escritores que después han sido importantes en este país.

– Pero si te fijas casi todos los nombres que yo he dado no son poetas, excepto Lastra y Teillier, que también era mayor que yo; no terminó historia, se fue antes. A él lo conocí afuera del pedagógico, pero los que estaban en el Pedagógico, con los cuales me topaba en el parque, en los pasillos de la escuela, eran Dorfmann, Skármeta. En ese contexto hablábamos y todo, pero hay algo que es difícil de entender, y es que yo soy una persona muy solitaria, no soy sociable para nada, no soy de amigos para nada. Siempre fui así, desde chico.

¿Y eso surgió por timidez o necesidad?

– Nunca he sido tímido; la gente confunde que uno sea introvertido con la timidez. Yo no soy tímido ¡para nada!, cuando tengo que decir las cosas de frente las digo: soy introvertido.

Buscaba su propia palabra y sus propios referentes…

– (Se ríe) Pero yo tampoco buscaba nada, soy una persona que no busca, tomo lo que hay. Me topaba con los autores por ejemplo, y eso era todo.

¿Y con qué autores se topaba?

– Con Vicente Huidobro, que me gustaba mucho y que en ese tiempo no era conocido como ahora. Cuando entré al Pedagógico era completamente desconocido.

Cuando entra a estudiar pedagogía, ¿su aspiración era ser profesor de castellano en un colegio?

– ¡Claro!

¿Y no iba de la mano con el «quiero ser poeta y para mantenerme voy a estudiar pedagogía»?

– Para nada. Si yo no hubiera sido poeta, hubiera estudiado pedagogía en castellano igual. De hecho, cuando yo entré había empezado a escribir hacía muy poco, soy un poeta tardío, tenía 23 años.

¿Eso es tardío?

– La mayoría parte a los 16 o 17 años, no tan tarde; había escrito antes cosas que tiré a la basura y como el año 60 tenía unos poemas y un amigo mío los envió al concurso de Alerce (de la Sociedad de Escritores de Chile), y por eso fueron publicados, pero yo no moví ni un dedo para su publicación.

– Creo que soy muy atípico, porque en general en mi carrera literaria yo no he planeado nada, creo que el azar ha cumplido un papel muy central, creo que las cosas me han ocurrido por azar, y no porque yo la busque. En la creatividad yo no planeo nada, nunca.

 

Detenido en Arica

En ese sentido, la rutina de la carrera literaria de sentarse a escribir a una hora hasta terminar ¿no corre para usted?

– Eso va totalmente en contra de lo que yo hago. Lo que a mí me pasa es que yo puedo estar tomándome un café, estar en el estadio o viendo la tele, y me empiezan a aparecer los versos en la cabeza; no es que yo me siente y diga «voy a escribir un poema sobre la primavera». No, estoy en cualquier cosa y salen los poemas y yo los anoto. De hecho, cuando viví en Arica como profesor de enseñanza media, nadie sabía que yo era poeta y yo ya había publicado mi libro y ganado un premio, pero no andaba jactándome de que era poeta ni nada de eso.

No andaba con el clásico libro bajo el brazo y la bufanda…

– No me disfrazo de poeta, uno es poeta por lo que escribe no por la ropa que se pone.

Los clichés…

– ¡Claro! Y lo que yo hacía en Arica era ir a pescar, jugaba baby fútbol, mariscábamos en la playa, pero nada que ver con lo literario.

Es que al final uno se nutre de la vida cotidiana para escribir…

– Exacto. Después de estar tres años haciendo clases a niñas de enseñanza media, donde el promedio de edad era de 13 años, se fundó la sede Arica de la Universidad de Chile y el vicerrector tuvo esta idea de crear varias pedagogías y habló conmigo y me pidió que creara la carrera de Pedagogía en Castellano en Arica; así es que yo la cree, y trabajé ahí mismo como profesor universitario y estuve como 10 años haciendo clases ahí. Estuve hasta el 11 de septiembre de 1973, ese mismo día me detuvieron.

¿Y lo detienen porque era militante de un partido o tenía amigos de izquierda?

– Me detienen porque yo participaba en la política de la universidad como persona de izquierda. Estuve detenido 10 días y de repente me soltaron sin ninguna explicación.

– Fue una cosa muy traumática, porque como al tercer día nos dijeron que nos iban a fusilar al día siguiente y claro, fue una cosa muy fuerte y después fue como raro… Creo que me favoreció que yo hubiera estudiado en Estados Unidos (hizo un máster en literatura en Iowa) y había regresado hace poco, entonces quizá pensaron que yo no estaba tan involucrado, y cuando me interrogaron, el oficial se sorprendió que yo acaba de llegar de Estados Unidos, que en ese tiempo era algo a favor, suponían estúpidamente que si uno venía llegando de allá, no podía ser extremista de izquierda, y creo que eso influyó. Tenía 35 años.

Ya estaba casado y tenía una hija, ¿pudo seguir haciendo clases?

– Claro, estaba casado y mi hija tenía 9 años, y de la universidad me echaron y después un amigo mío que tenía relación con esa gente, me dijo que me iban a tomar detenido de nuevo. Así es que me fui a Los Vilos, donde vivían mis suegros, y postulé a varios programas de doctorado en Estados Unidos, quedé en tres y elegí el doctorado en filosofía en Maryland y me fui.

Pero uno postula y no queda inmediatamente en el doctorado, ¿cuánto tiempo tuvo que esperar en Los Vilos?

– Desde enero hasta agosto, escondido prácticamente. La ventaja es que allá no me conocía nadie, además mi suegro que era una persona de derecha, era amigo del jefe de los carabineros y un día se las arregló para invitarlo a comer, y me dijo “tú vas a estar ahí y hablaré de que vives en Estados Unidos y volverás a hacer un doctorado”. Y se lo tragó todo.

Pero no era mentira…

– Pero no le dijo que yo había estado preso… Y me dijo “¡qué bueno, te felicito!» A esa altura estaba casado por segunda vez; mi hija era de mi primera esposa y se quedó con su madre: yo me fui al exilio.

Un Tema recurrente

En sus libros aparece la muerte de una forma recurrente, ¿hasta qué punto estos cambios, los viajes, esta sensación de partir de nuevo influyeron?

– Desde el primer libro aparece la muerte. Hay un poema mío, que habla de ese tema bien explícitamente en el sentido de que no importa donde yo esté, siempre soy yo mismo. Si estoy en Arica o en Iowa o Madrid, siempre me llevo a mí.

Hay un mundo interno muy desarrollado al cual siempre le ha prestado atención, es conciencia de uno mismo…

– De hecho creo que mi experiencia en la cárcel es un buen ejemplo, porque nadie sabía cuánto tiempo uno iba a estar ahí; algunos estuvieron dos años detenidos, y como estaba acostumbrado a estar solo o estar encerrado en mi caso; no era tan terrible estar encerrado ahí, porque siempre he tenido la tendencia a estar encerrado en mis casas, en mis departamentos, donde sea.

Entiendo que su padre falleció cuando usted era muy niño.

– Cuando tenía cuatro años.

¿Y eso influyó al escribir?

– Es muy probable. Claro; el hecho de que aparezca el tema de la muerte puede ser de ahí, porque yo tengo conciencia de la muerte de mi padre cuando tenía poco más de cuatro años, de hecho le pregunté a mi mamá. Yo iba a un parvulario y un chico con la crueldad de los chicos, se empezó a burlar con que mi padre estuviera muerto, y yo no sabía, porque vivíamos en Iquique y él se vino a Santiago para una operación y se murió en la operación. Para mí mi padre se había venido a Santiago y eso era todo. Así es que un día le pregunté a mi mamá: ¿mi papá murió? Y ella se puso a llorar sin decir nada, y yo dije: sí, murió.

¿Y tenía hermanos?

– Sí; yo era el mayor, pero mis hermanos fallecieron. Mi hermano menor falleció hace diez años, y el segundo falleció el año pasado en agosto, por cáncer.

¿Y eso cómo retumba con la madurez del tiempo?

– Yo lo traduzco de la siguiente manera: en Iquique éramos una familia de cinco personas, luego quedamos cuatro. Después de unos años mi mamá se volvió a casar y volvimos a ser cinco, pero después su esposo falleció y quedamos cuatro. Después murió mi mamá, y quedamos los tres hijos. Murió mi hermano menor y el año pasado mi otro hermano, y quedé solo. Entonces, ahora tengo una sensación extraña de la soledad total. De haber sido despojado de una familia y de andar deambulando por acá. Porque cuando mi hermano, el segundo, estaba vivo, no tenía esa sensación y teníamos una relación muy buena, y pasábamos la navidad, los cumpleaños, todos juntos. Pero ahora tengo esa sensación de isla, abandonado, solo.

Es especial que desde chico fue solitario, introvertido, como si se hubiera preparado para esto…

– Yo creo, sí. Y es muy raro lo que me pasa ahora porque aunque ellos estén muertos todos, los siento como si estuvieran presentes, y les pido que me acompañen o me ayuden y eso me hace sentir muy bien. Es como si en cuerpo no estuvieran acá, pero sí en alma, ésa es mi sensación.

No me parece extraño… ¿Y sigue escribiendo?

– ¡Claro!, acabo de terminar un libro que se llama “Los espejos comunicantes”, es fresquito. Escribo en forma regular, pero me ocurre una cosa curiosa, cuando escribo un libro después me viene lo que le pasa a las mujeres cuando tienen un hijo…

¿Depresión post parto?

– Sí, depresión post parto, y siento una especie de vacío donde no me sale una línea ni nada; tienen que pasar dos años para que nazca de nuevo. Este libro demoré en terminarlo cinco años.

Y con él obtiene el premio Loewe, que viene de recibirlo en España…

– Ese premio consiste en una cantidad de dinero y la publicación en la editorial Visor. Se envían los manuscritos inéditos en forma anónima, se presentaron más de 850 libros de más de 35 países y cuando me anunciaron que había ganado el premio no lo podía creer, de hecho no me había hecho ninguna ilusión, más bien la ilusión de perder. Se hace un acto público, un banquete en un hotel cinco estrellas de Madrid con más de 200 invitados, ellos le dan muchísima importancia, acá no saben lo que es, allá tiene una cobertura impresionante.

El valor de un Premio

¡Que nosotros no lo sepamos no me extraña!

(Risas)

– Yo postulé sin saber mucho de qué se trataba y los miembros del jurado eran 11 y pensé «11, no puede estar arreglado», además eran poetas muy importantes, habían Premios Cervantes, Reina Sofía, en el jurado.

Y de regreso, ¿con qué sensación llega después de haber obtenido ese premio?

– Con una sensación muy grata, pero creo que es importante saber por qué postulé; aquí entra el azar, para variar. Yo siempre leo prensa internacional y vi la convocatoria para este premio; decía «libro inédito», y yo recién había terminado “Los espejos comunicantes”, pero muy pragmáticamente me fijé en el premio en efectivo y eran 20 mil euros, y mis dos hijos menores están haciendo doctorados en Estados Unidos y es un gasto muy grande, entonces dije, me ayudaría bastante esto. Más la publicación en Visor, por qué no. Y ahí lo metí en un sobre y lo mandé. Era una cuestión como mágica, yo ya había escrito mi último poema y me topo con esta convocatoria.

¿Qué pasa con el Premio Nacional?, deben ser sensaciones distintas.

– Totalmente, porque el Premio Nacional es un premio a la trayectoria, y no por una obra en particular. Hacía varios años que habían personas como reclamando que no me dieran el premio y muchas veces me preguntaban, como era posible que no me hubieran dado el premio. Y yo decía: «bueno, no pienso nada». De hecho estuve en Iquique leyendo poemas a unos niños y uno de ellos levantó la mano y me dijo: ¿y por qué no le han dado el premio nacional? (risas) de modo que cuando lo anunciaron, como dijo alguien, ha sido el premio menos resistido. Yo estaba contento, y como le dije a algún periodista, hasta en el Mac Donalds se alegran por ser el empleado del mes (risas)… Es estar contento. Siempre es bueno ser reconocido.

¿Y dejó de hacer clases cuando regresó a Chile?

– Sí. Yo hice clases más de 50 años, porque empecé cuando era estudiante en el pedagógico para ganar algo de dinero. Llegó un momento en que tuve la sensación de que como profesor había dado todo lo que debía dar y que no podía dar más y así como los boxeadores, preferí retirarme antes de que te saquen la mugre. Mis alumnos eran de literatura hispanoamericana, y ellos eran fundamentalmente norteamericanos. Fue una gran experiencia ser profesor en la Universidad de Iowa, estuve 30 años allí; tenía buenos alumnos, responsables, muy comunicativos, muy entusiastas, quedé con una sensación de satisfacción total.

Y el escribir ¿será hasta el último día o uno se retira antes?

– No se; uno no se retira como poeta, la poesía lo retira a uno, de repente no sale más no más… Pero yo nunca se, porque he tenido hiatos largos entre libro y libro. Con «Arte de morir» pensé que no escribiría nunca más; después, cuando salió mi segundo libro en 1981, pasó un montón de tiempo de nuevo, yo nunca sabía cuándo era el final. De hecho me pasó con este mismo libro: pensé que el anterior ya era el último, pero de pronto empezaron a aparecer más poemas y de hecho, ¡es el libro con más poemas que tengo!

Breve Reseña:

Óscar Hahn obtuvo el Premio Nacional de Literatura 2012, y recientemente el Loewe de España, es considerado uno de los poetas más destacados de la literatura nacional. Su trabajo ha sido reconocido a nivel internacional, siendo traducido a diversos idiomas y publicado y reeditado por prestigiosas editoriales de la lengua castellana. Entre sus libros de poemas se cuentan “Esta rosa negra” (1961) y “Agua final” (1967), los que posteriormente originaron uno de los libros cumbres de su poesía: “Arte de morir” (Lom, 1977) Más tarde, aparecieron “Mal de amor” (Lom, 1981), “Imágenes nucleares” (1983) “Flor de enamorados” (Lom, 1987), “Tratado de sortilegios” (1992), “Versos robados” (1995), “Apariciones profanas” (2002), “En un abrir y cerrar de ojos” (2006) y “Pena de vida” (Lom, 2008), entre otros.

Fotografia principal: Valeria Solís T.