Por Valeria Solís T.
Periodista, escritora
Directora Mirada Maga

Está cayendo nieve. Es Nueva York. Yo miro desde mi computador. Al otro lado está Pía Barros, que está concluyendo una jornada de difusión y talleres sobre la iniciativa «¡Basta! de violencia de género». Me dice que recorrió cuatro universidades y que se asombra de la convocatoria que ha generado. Yo la miro, (la tecnología no me acompaña, sólo puedo escribir, no hablar; sólo escuchar) ella viste un beatle negro pero, como siempre, destaca su largo pelo rubio ceniza y unos lentes que se pone y saca con ritmo literario. Su voz es firme, ronca, y al verla se me viene una avalancha de imágenes: marchas de mujeres, marchas anti dictadura, ferias del libro, citas en televisión, y pensé: Pía tiene una vida de militante, militante política, militante feminista, militante artista, militante madre, militante de oficio, de alma, de ganas.
Nació en Melipilla (1956) y estudió literatura en la Universidad de Santiago pocos años después del golpe militar. Fue de las primeras inquietas escritoras que decidió levantar un taller literario. Tenía 20 años. Ahí conocería a Pedro Mardones, su amigo Lemebel. Con los años formaría otro reconocido taller (Ergo Sum) a través del cual no sólo enseñaría a otros, sino que también publicaría los cuentos de sus talleristas en libros-objeto, (el último fue editado en 2014) Ha deambulado desde  el microcuento hasta la novela, y sus cuentos han sido parte de una treintena de antologías nacionales e internacionales. Actualmente encabeza el proyecto editorial Asterión, que busca dar cabida a lo que la industria literaria rechaza o no mira, pero también está concentrada en recuperar su palabra escrita, un tanto detenida tras la publicación de la novela «El lugar del otro» (2011) No sólo sintió un vacío de emociones y creatividad, sino que fue acompañado de una grave enfermedad de la cual aún se encuentra en recuperación.

¿Qué haces en Estados Unidos? ¿Estás haciendo clases?
– En estos momentos vine a Estados Unidos a dar una serie de charlas en diferentes universidades, en cuatro universidades, a mostrar principalmente la edición del libro “Basta, mujeres contra la violencia de género” elaborado en bilingüe y también «Más de 100 cuentos contra el abuso infantil».

¿Cómo surgió este proyecto?
– Esto empezó a finales del 2011. Pedimos ayuda al Consejo de la Cultura y otros organismos, pero lo rechazaron, porque consideraron que no era importante y que no tendría efecto para más de 40 personas. Fue una cosa ¡horrible! Entonces en una de mis idas al casino (risas) gané plata y el resto de mujeres de la editorial Asterión (son seis) me quitaron la plata inmediatamente, lo guardamos y convocamos a escritoras a través de las redes sociales para que enviaran microcuentos de 150 palabras, para sacar este libro. Entonces, ocupamos lo que gané en el casino para hacer esta antología. Hemos hecho cinco ediciones mas una edición bilingüe, y luego como los hombres vieron que esto iba bien, dijeron que también querían participar, lo que me pareció muy bien, porque en realidad es un problema de todos.

¿Entonces ellos se sumaron?
-Claro, hicimos una nueva antología donde participa Skármeta, Rivera Letelier, y otros amigos más desconocidos y conocidos. Todo el mundo cooperó, porque una de las características de este libro es que no tiene fines de lucro.

¿Y cómo lo van publicando?
-Cada vez que se acaba una edición volvemos a hacer más y los dejamos en organizaciones sociales, o damos donaciones. Cuando se sumaron los hombres sacamos una edición que se agotó y luego hicimos un último proyecto que teníamos hace muchos años con Vinka Jackson, hicimos el “Basta más de 100 hombres» y ahora el “Basta contra el abuso infantil”. Y es lo que vine a mostrar acá ahora, porque ya es bilingüe; nos ayudaron tres profesionales norteamericanas e hicieron esta traducción gratuita. Ha sido maravilloso lo que ha ocurrido, porque se han hecho cursos con esta antología; además, ya van nueve países que se han sumado a esta iniciativa: Argentina, Perú, Colombia… En Estados Unidos saldrá una versión latina.

¿Y cómo se respalda que la iniciativa fue de ustedes?
-Nosotros inscribimos esta marca y entregamos un protocolo donde pedimos ciertos mínimos con lo que se haga, por ejemplo que no es para transnacionales, la idea es que cada país tenga su «Basta»…

Quiero ir al pasado, tus inicios con la poesía y tu interés por estudiar literatura…
-Soy una vieja de mierda que fue feminista desde muy chica; siempre tuve mucha rabia, porque no me dejaban hacer las mismas cosas de los hombres, y ellos lo pasaban mejor que nosotras… He leído como enferma toda mi vida y ha sido para mí una salvación. Si lo fue para Dostoyevski, lo fue para Wilde y lo ha sido para tantos, ¿por qué no para nosotras? Para nosotras la literatura ha sido también un modo de rebelión, un modo de combatir el horror, la soledad, el aislamiento. Cuando entré a la universidad por tanto, entré a literatura porque era lo que me gustaba y siempre he sido muy feliz de hacer talleres literarios, que es en lo único en lo que me creo la muerte (risas)

Cuando hablas de salvación, ¿te refieres a una salvación personal, o social?
-Por lo mismo que nos enorgullece la antología que hicimos las seis escritoras de Asterión, porque convocamos a muchos, es que la literatura siempre lo ha sido… Una salvación. Todo proceso creativo tiene que ver con una voluntad de proponer un universo paralelo al real, donde ciertas cosas son posibles, y ese universo nos dice que aunque la felicidad no tiene historia, en algún momento existe la posibilidad de acceder a la felicidad y al conocimiento a través de las historias propuestas por otros. A través de la plástica, la música, la literatura, te salvas y salvas a la gente contigo. Es como ese sueño que la mayoría de los escritores tenemos, que les enseñamos a otros a volar. Recuerdo cuando era chica y estaba en un internado, que soñaba que podía volar y sigue siendo hasta el día de hoy uno de los sueños que me arreglan la semana, pero siempre por enseñarle a alguien.

¿Cómo surge tu necesidad de hacer talleres literarios?
-A ver: empecé en los ’70 a hacer talleres. Estaba el grupo Soffia, que era un grupo de mujeres que se armó por una pelea con (Enrique) Lafourcade.

¿Por qué?
-Porque era una época en que los talleres no estaban permitidos y el único permitido inicialmente fue el de él. Yo en esos años de la universidad hacía paralelamente otros talleres, tenía como dos vidas; entonces tenía este taller, el Soffia, donde estaba Pedro Lemebel y mucha gente más, y  también hacía un taller en La Victoria, en la Villa Portales, era para gente que no podía pagarlo… Estoy hablando desde el año ’76 en adelante. Además, después yo fui militante de la Izquierda Cristiana así es que hacía otras cosas también: transmitir lo que yo sabía. Enseñaba literatura, pero también a escribir cartas…

¿Entonces la literatura implicaba involucrarse social y políticamente?
-Obviamente, yo jamás he pensado que un gesto de escritura sea un gesto inocente, no creo en la inocencia de los gestos escriturales, ese gesto es político, el hecho de que se le diga a una mujer: «escriba, sea reproductora y no creadora», ya es un gesto político. El gesto de cuando eliges qué vas a escribir, también es un gesto político; elegir siempre es un gesto político, y además toda elección implica una renuncia, y no es tan fácil ni frívolo decir cómo se elige. Creo que no hay literatura real si no está reflejando el mundo donde está inserta.

¿Y lo vinculas con el feminismo desde el comienzo?

-El feminismo para mí ha sido la salvación de mi vida. Si yo no hubiera sido feminista me hubiera suicidado a los 17 años, no sé, el aprender a creer que es posible una utopía no sexista me hizo creer que las cosas tenían sentido, tenía sentido vivir, pelear, tenía sentido estar en una dictadura, tenía sentido pelearte con los amigos, tenía sentido ser la loca de la casa… Tenía sentido porque, de algún modo, podía existir un universo donde todas las personas fuéramos imprescindibles, donde nadie le sobrara a la sociedad. Yo siempre me sentí en todos los lugares una inadaptada, bailé pésimo… Siempre he pensando que cada vez que le he enseñado a otras mujeres lo que es la consistencia de género: que el feminismo salva la vida, porque salva el sentido.

Y hoy cuando miras esta lucha del pasado, ¿cómo lo ves?
-Cuando yo estaba en la universidad había gente armada en las universidades, estaba en la USACh además, cuando empecé a participar activa y políticamente el mundo era otro mundo y yo pensaba que iba a demorar muchos años en cambiar.

¿Hay ventajas en lo cotidiano y en lo público?
-Hoy, hay cosas maravillosas y no nos hemos dado cuenta de los radicales cambios ni de la belleza del presente. En Chile hoy existe el divorcio, y no hay porqué estar con alguien ni mentir ante la ley para separarte. Para mí lo más importante antes que esto y que también se consiguió, es que todos los hijos fueran chilenos, que no hubiera bastardos o ilegítimos, y que todos los niños sean iguales ante la ley, ¡eso es un avance brutal! Te cuento, mis hijas tienen una hermana, y yo no me quería casar, porque si me casaba mis hijas entraban a ser diferentes a su hermana. Me parecía injusto que hermanos y hermanas tuvieran distinta categoría. Ahora, el tener una serie de leyes que nos validan como sujetas activas ante la sociedad, me parece monumento de país, aunque falten cosas, pero como soy vieja, he tenido el privilegio de ver cambiar las cosas.

Claro…
-Una cosa bellísima que no ocurría hace 20 años atrás ni hace 10, es que hoy ves un montón de hombres en el supermercado con su guagua amarrada comprando solos, parece tan natural hoy en día, en el mundo que yo viví no era así, cuando Jorge (Montealegre, escritor) iba con la guagua amarrada y conmigo al lado, todo el mundo lo miraba como si fuera un tipo con un problema, esta naturalización es maravillosa…

Volviendo a la literatura, ¿por qué surge la necesidad de la editorial Asterión?
-Yo empecé a hacer libros con Ergo Sum de manera informal, y sigo haciendo libros-objeto, porque la precaridedad literaria no ha terminado, y esos libros eran una forma de combatir la prohibición de hacer libros en esos años, pero también de hacerlos creativamente… Por eso cada año hay objetos distintos, que son un guiño o un sarcasmo a la contingencia.

O sea sigues publicando libros-objetos.
-Claro, este año hicimos como un pantón de colores, como microcuentos. Desde los años ’80 hasta hoy, cada año sacamos un libro objeto con los cuentos de los talleres literarios.

¿Y Asterión cómo se concreta?
-En los ’90, un amigo me ayudó a formar la editorial Asterión que, en el fondo, es para publicar literatura diferente; somos seis mujeres, y todas trabajamos gratis. Este grupo de asterionas tiene un calendario de lo que publicamos en el año, que no son comerciales ni del campo del mercado, donde se reflexiona sobre el ser latinoamericano, por ejemplo, de mujeres, o microficción, que no tienen cabida en los espacios clásicos… Humor gráfico, de poesía casi nada. Son libros muy cuidados y colecciones que queremos mucho.

¿Qué opinas de la industria?
-Después de la caída del muro, después de la llegada de Internet se provoca una tremenda escisión entre la industria cultural y el movimiento cultural; una industria, que vende objetos de mercado, y un movimiento que no aparece en esa industria. Se dividieron radicalmente, antes había más enlaces. En ese sentido para nosotras el libro no es un producto; el libro es una situación que se completa cuando tú lo lees.

¿Y las mujeres quedan fuera de la industria?
-Las mujeres están absolutamente fuera del sistema. Si no eres menor de 40 años, regia y no hayas tenido muchos premios, nadie te publica.

Hay una serie de cosas súper fregadas y discriminadoras: si eres una mujer que no escribe lo que se espera de una literatura de mujer, tampoco tienes espacio ni cabida. Cuando el mundo lee, lee cosas entretenidas, pero la literatura es mucho más que eso, y es lo que nos gusta publicar a nosotras: proyectos distintos, con calidad literaria y fuerza, y además hacerlos lo más lindos posibles.

En ese sentido tu propia literatura ha cambiado con los años?
-Yo no sé si he ido cambiando. Lo que se altera son las formas. Parece que tengo el mismo tema siempre…

Has podido moverte entre la novela y los microcuentos…
-Ahora por ejemplo estoy haciendo algo que quiero que sea ilustrado, que se llama «Bocas cosidas», pedí la beca y no me la dieron (risas) Es una novela pequeña que quiero que sea gráfica. Además estoy haciendo secuencias de nanonovelas y microcuentos, que son espacios escriturales que me gustan mucho, porque son irreverentes, violentos, tienen una complejidad distinta.

(La comunicación se interrumpió)

Me hablabas de tu literatura…
-Te decía que yo no era una buena novelista, creo que soy una buena cuentista y las formas breves me encantan, y también tengo una ideología al respecto, con las formas breves y a mi generación.

¿A qué te refieres?
-Pertenezco a la generación NN, de los ’80, no teníamos mucho tiempo mental ni físico para las escrituras largas. Además me gusta mucho porque si todo arte es síntesis, en la literatura la microficción creo que es la síntesis extrema, donde puedes dar una gran cantidad de mundos en poco espacio literario, tener un máximo de sentido con el mínimo de significantes, ¡me gusta mucho jugar con el lenguaje!

En los contenidos, tu literatura siempre se vinculó con lo erótico.
-Yo creo que la erótica tiene que ver con las represiones. Y toda la cosa represiva estalla a través del arte, de la literatura a través del erotismo, el vincular tanatos y eros, el sentido de la muerte con la vida… Ahora, esto es la política del cuerpo: yo nunca he dejado de ser política, entonces cuando tu escribes, entre comillas, sobre erotismo o sexualidad, sigue siendo la política del cuerpo.

¿Y el mundo de lo emocional y espiritual…?

-Chuta, se me complica eso. No sé aunarlo todo. Me encantaría ser súper integral en mi vida, pero no lo soy; me gustaría ser muy sana, por ejemplo, ¡pero fumo como una bestia!; me encantaría no hacer mucho daño a mi cuerpo según lo que te dice la sociedad que te daña, el tema se me complica.


-Insisto en que soy una vieja en las propuestas, pertenezco a ese feminismo que todavía sigue pensando que hay tantas cosas cotidianas que cambiar a parte de esa equidad a la que aspiramos.

Pero ¿qué pasa con lo emocional en la literatura?
-Creo que lo racional está más desprestigiado que la paja, y creo que lo que aportamos las mujeres a la sociedad es, justamente, conocer con los sentidos. Hemos sobrevivido con miles de años en nuestra contra sólo con nuestros sentidos. En apariencia accedemos al mundo de modo distinto, es decir, aprendemos por la piel, y ahora gracias a los genetistas y a todos los científicos que nos han dado la razón, se sabe que la piel tiene memoria.

La memoria celular…
-Era algo que nosotras decíamos hace mucho tiempo, pero ahora sabemos que la piel tiene memoria. Hoy la neurolinguística y otra serie de investigaciones validan el conocimiento de las mujeres, es decir, aquellos conocimientos que se llamaban «sensibles» y que eran un modo de descalificar. Nosotras hasta enseñamos con el cuerpo y es una pedagogía maravillosa que por suerte hoy en día tiene valor.

¿A tus talleres sólo van mujeres?
-Desde finales de los años ’80 un amigo me preguntó por qué era tan sexista y por qué no permitía hombres y aceptaba sólo a mujeres y gays, ¡y eso no era cierto! Yo siempre he hecho talleres tanto para hombres como mujeres, pero es cierto que los hombres me tienen más miedo… Con los años es casi equivalente; de hecho, acabo de terminar uno donde son más hombres que mujeres.

¿Y cómo funcionan tus talleres?
-Hay dos tipos de talleres que se realizan en el país, los tipo tertulias y los metodológicos, y los metodológicos son con objetivos específicos en cada clase, yo soy “pobresora” como dice mi hija, entonces me interesa enseñar y que la gente no pierda tiempo y que puedas medir el aprendizaje, entonces tienen un objetivo y técnica narrativa en cada sesión.

Entonces son talleres de larga duración, me imagino…
-Claro, parten en marzo y terminan en noviembre; ahora vuelvo a Santiago y tengo un taller de novela que ya está copado, pero también comienzo otro de cuentos, donde quedan cupos aún (contacto de inscripción: Silvia Guajardo, 9-7000097) En mi casa tengo una sala de taller literario, donde otras escritoras también dan talleres.

¿Qué estás escribiendo hoy?
-Una nano-novela ilustrada; una serie de nano-novelas más microcuentos, pero pretendo que el libro entero se llame «Bocas cosidas».

¿Cuándo es nano-novela?
-Espacios muy breves y autónomos, pero cuando se van conectando construyen una novela, porque construyen un espacio temporal, un discurso, es una novela comprimida hasta el extremo.

¿Es coral?
-No es necesariamente coral, porque no hay muchas voces, puede ser una sola voz la que cuenta, la nano-novela es un proceso más complejo, muy en boga hoy en día, el primero que la publicó no en Chile, pero sí es chileno, fue Matías Celedón en Argentina; lo odio porque yo estaba preparando la mía y la estaba corrigiendo, pero fue tanto que él la sacó primero (risas) Es buenísimo y la recomiendo a ojos cerrados, por que es una gran nano-novela.

¿Cuándo lo publicarás?
-Espero que sea durante este año, al menos la parte en que sea ilustrada quiero sacarlo este año, porque no publico hace mucho tiempo, quedé muy vacía después de escribir “El lugar del otro”…

¿Por qué? Tuvo harto reconocimiento esa novela…
-Me dolió mucho el proceso, y como todo libro no siempre es fácil. El libro es ver, desde el lugar del otro, pero también desde el mundo de los hijos, son nuestros hijos, yo tengo una hija de 29 y otra de 26, es cómo esos hijos de las relegaciones, de las dictaduras, de los desplazamientos, se ven obligados a cargar con la memoria de los padres, y tienen que rehacerse y reconstruirse. Fue contar historias que conocía, alterar situaciones, pero en el fondo fue súper duro, me quedé con la sensación de haberme liberado de algo, pero también de algo que, al mismo tiempo, te dolía. Pensé que no iba a escribir nunca más.

Fue un proceso muy doloroso entonces…
-Sí, proceso fuerte y largo y entremedio me enfermé muy feo.

¿Qué te pasó?
-De un cáncer feo, difícil, todavía peleo contra eso. Soy una más de los que pelea contra el cáncer, entonces fue un proceso de desgarro, pero estoy mejor gracias al veneno de escorpión azul.

Cubano
-Sí. Soy una agradecida, una más, del veneno cubano.

-Es un proceso personal, donde tú vomitas sobre las páginas de un libro aquellas cosas que necesitas que otros miren y de algún modo, a mí me importaba mucho cuál era el lugar del otro. Yo escribo porque no sabría respirar sin escribir, pero lo que más amo hacer y es mi modo de vida -y además creo que soy muy buena- es que yo soy tallerista; y ese oficio, que lo diferencio de lo académico, por entender la vida democráticamente, es para mí una maravilla.