Por Valeria Solís T.

De él brotan palabras, poesía con la misma fuerza con que brotan los colores, rostros, vitrinas, puertos, bares, mares, paisajes. Está en la retina de muchos de los que deambulaban por las calles de Bellavista y Lastarria en los ´80 y ´90; sus cuadros se sentían como parte de una generación, una particular generación que se sumergió en la trementina, en la expresividad de la pulsación, dando un poco la espalda a la contingencia, porque finalmente rescataban otra contigencia: la del margen, la de la cocina, la del paisaje.

Pero Gonzalo Ilabaca, de ojos grandes y siempre de larga cabellera, fue más allá en su búsqueda de sentido humano, pictórico y vivencial, ya antes había dejado la carrera de medicina porque no quería ser parte y testigo de vidas y muertes, y así tampoco dudó en tomar su auto y recorrer con su mujer Pilar, y su hija Pascuala ( la hija menor sería parte del viaje) la carretera 5 de Chile, es decir, de Arica a Chiloé.

Han pasado 25 años y su paraje elegido es Valparaíso, que lo mira, lo respira, lo sufre, lo enrabia, lo transforma.“Vivo en Playa Ancha, mi casa es un submarino azul, pero el viejo capitán, Valparaíso, cada cierto tiempo me obliga salir a trapear la cubierta”.

Conversamos con Gonzalo Ilabaca, uno de los pintores más emblemáticos de la pintura chilena contemporánea.

Yendo a los inicios, ¿Qué es lo que te movilizó del mundo de la pintura, pensando que habías iniciado tus estudios en medicina?

-Nací en Concepción. pero a los 2 años ya estaba en Santiago y acá estudié medicina. Cuando entré en tercero al hospital me di cuenta que la medicina no era lo mío,… quería que se murieran todos los enfermos agónicos.

El arte en cambio para mí significaba aires de vida y no me veía de por vida en el hospital, salvando a humanos para que luego volvieran a sus casas en una micro, cansados del trabajo. Para mí el arte es otra posibilidad de vida dentro de la vida.

En tu primer periodo de acercamiento a la pintura ¿te acercas a pintores en particular o practicas en algún taller?

-Soy autodidacta, partí solo, pero muy pronto conocí gente del arte porque arrendábamos casa juntos. Ahí compartíamos el taller y la amistad, pero yo sabía que la vida estaba afuera, en la calle, en el viaje. era desde ahí donde tenía yo que sacar las experiencias más que del mundo del arte o los artistas.
En la década de los ´80, llamabas la atención por tu auto multicolor y tu recorrido por todo Chile junto a tu familia, ¿qué recuerdas de ese periodo? 

-El primer viaje pictórico, en el año 1990, fue un viaje de un año por la ruta 5 por Chile, de Arica a Chiloé. Teníamos una camioneta y viajábamos con Pilar y mi hija Pascuala. Danila ( su hija menor) nació al fin de ese viaje, cuando nos vinimos a vivir a Valparaíso.

¿Qué buscabas? 

-El viaje era la manera de vivenciar el arte, de salirme de los pintores que había visto en los libros de arte cuando niño y que después disfruté en los museos europeos cuando vivimos 3 años en Barcelona. El viaje por Chile era comenzar por casa buscando todo aquello que tuviera que ver con lo artesanal, con lo hecho a mano, con lo gastado por el viaje y por el tiempo, como los circos por ejemplo, o las fiestas religiosas. Todo lo que fuera alejado del confort y de lo seriado me interesaba.

¿Pintabas o recogías imágenes y experiencias para plasmarlas después?

-En ese viaje nos encontrábamos con personajes cuyas vidas se adecuaban al paisaje; oficios que los instaban a sumergirse en el mar, en la minería, en la carretera, en los espectáculos pobres, en los mercados populares y en las faenas de los pescadores. Hay ahí muchas experiencias que se reflejan en sus vestimentas, en sus rostros, en sus carromatos, en sus herramientas, en sus mercaderías e imágenes religiosas. Entonces yo pintaba esas imágenes ahí mismo, otras veces les hacía retratos, porque esa era una forma bella de entrar en su vidas. Los colores los sacaba para afuera en mis pinturas y sus vivencias las guardaba para adentro mío y del cuadro. Así se forma uno como artista o al menos ésa fue mi escuela, buceando hacia adentro de ellos, de la misma forma que ellos buceaban adentro del mar o las minas.

Entiendo que formaste parte del grupo del Taller La brocha después..

-No, a La Brocha llegué antes del viaje por Chile, como en el año 1987, ahí compartí con pintores como Ignacio león, Pablo Domínguez, Carlos Araya, Mauro Jofré, Omar Gatica, Pancha Nuñez, Bororo, Benmayor, el Flaco Smith, Claudio Goycoolea, Rodrigo Hidalgo, Hugo Cárdenas, Bruno Tardito, el Tamba, entre otros. Cualquiera podía ir a pintar a la Brocha, porque León no nos cobraba nada. Pero luego yo me fui solo a un taller en la Vega Central, por ahí pululaban el Anticristo, payasos callejeros, feriantes…Y ahí comenzaba otro Chile para mí, que me atraía más que la amistad, porque aprendía más cosas. Luego con mi familia salimos por la Ruta 5 rumbo al norte por 1 año, y el postre fue Valparaíso, donde vivo hoy en día.

Según mi percepción pocas generaciones de pintores han quedados en la retina como la de los ´80 y en particular el grupo de pintores del Taller la brocha, como Bororo o Benmayor ¿los unía una propuesta pictórica o era más bien vivencial?

-Bororo y Benmayor tenían taller aparte, al menos cuando yo comencé a ir a La Brocha en el ´87. Domínguez en cambio pintaba ahí y su simpatía atraía a todo el mundo, como los pintores que te mencioné. Muchos de ellos eran de la Universidad de Chile, pero ya estaban afuera de la Universidad. El barrio de Lastarria y Bellavista pasó a ser el barrio de todos. Eso era algo vivencial junto a cierto olvido o hastío de lo que pasaba en la política contingente, en los barrios universitarios, especialmente de los alrededores de Macul. Toda esa simpatía implicaba, supongo, que no había en ese grupo grandes traumas, por lo que se optaba por pasar olímpicamente a la diversión, principalmente gracias al trago. Se pintaba harto, se tomaba harto y se evadía harto de cierta contingencia, quizás también, porque estábamos en una edad intermedia, que no calzábamos ni con los estudiantes ni con los que sufrieron en carne propia el golpe, o quizás, nuestro inconsciente presuponía que ése era un veranito de San Juan. No lo sé, pero para mí esa marginalidad banal y auténtica era sana.

Ahoa, la retina que tú dices, tiene que ver con la aparición de galerías de arte en Lastarria, galerías creadas principalmente por mujeres que venían de un mundo con dinero, quienes abrieron un mercado, también bastante alegre. Entonces ese arte callejero y medio desfachatado y sin traumas llegó inesperadamente a los bancos, a la prensa, a muchos lugares.

ilabaca 2-Fue curioso que pudiera entrar, porque esos lugares solían y suelen ser bastante recatados. Había algo lúdico que logró filtrarse en el frío mundo empresarial y en las casas de la alta burguesía. Todo parecía decir que el arte político había quedado en el pasado y para comenzar de nuevo había que partir de cierta alegría, y ese grupo encarnó esa alegría que también era frivolidad e inteligencia, cierta indolencia también, y varias otras cosas. Yo creo que si existió fue porque era un grupo absolutamente casual e inorgánico, que quizás era necesario y revitalizador, si no, nos ponemos graves. La verdad es que comenzó a circular una plata, inexistente por entonces, en los pobres bolsillos de los pintores hasta que las galeristas se llevaron sus galerías a los barrios altos. Algunos artistas se hicieron su casa por aquí, otros por allá y así la cosa naturalmente se desvaneció y yo me vine a Valparaíso.

Y se instaló otro centro de galerías en Vitacura, la Animal, Aninat…

-Las galerías en Vitacura nacieron frías, en cuanto no pudieron (ni creo que tampoco les interesara) llevarse ese arte vital que había en Lastarria y Bellavista. Los medios informativos, la prensa y los banqueros se quedaron fascinados con la aparición del Chino Ríos y apostaron ahí sus dardos y los artistas, ya dispersos, por su parte también volvieron a empobrecerse. Quedó eso sí, ese arte de esa época. Creo que se pintaron buenos cuadros, mejores que los que hoy en día hacen alguno de esos mismos artistas. Lo mismo quizás podrían decir de mí. Por lo tanto no hay mácula en esa diversión. El arte es extraño y Chile también es extraño.

Cuando surgen tus primeras exposiciones, ¿qué buscabas de la pintura? 

-Quería vivir en un mundo más multifacético. Por eso al comenzar a pintar por el año 1982 me olvidé de mi barrio, de mis amistades, de mi religión, de mi ciudad, de mi país, de todo lo que encontraba que no era legendario. No me acuerdo si surgían las oportunidades, pero yo me metía en ellas. Irme era lo que quería, olvidarme de mi educación, para eso entré al mundo del arte. Como muchos que se entían atrapados por el ambiente, rápidamente me fui de Chile.

Te radicaste en Europa y estuviste en Asia, la India, ¿qué realidades encontraste que te llamaron la atención?

-En Europa buscaba los museos, porque para mí el arte principal, el que más me interesa, viene del Mediterráneo. En la India y Asia buscaba belleza, ya sea en los rostros sin edad, en los templos llenos de mitos, en la vida urbana traspasada por lo comercial, la religiosidad y lo inverosímil.

A veces como artista uno en los viajes encuentra el mismo tipo de personas, pero con distintos trajes o colores, ¿pasó algo similar o los paisajes, los elementos para tus pinturas fueron diametralmente opuestos?

-No, para mí los lugares en que he estado son tan distintos entre sí que uno es capaz de ver distintas razas y distintas culturas. Por eso he tratado de dejar afuera Occidente de mis pinturas, porque hay algo homogéneo, estandarizado, que lo hace menos atractivo para mí. Por eso en cada viaje mis pinturas son distintas y por eso mismo también considero que en la totalidad de mi obra hay una variedad, porque yo no he dejado todo el peso de la creación a la mente, a lo que está dentro de uno, pues siempre la he alimentado con irme, con buscar otras culturas y vivencias.
Y cuando no estoy en viaje, vuelvo dentro de mí, y ahí sí, siempre sale un mismo personaje, desde mis comienzos hasta ahora: un joven andrógino, un rostro que se repite y que me pregunto ¿Quién es? ¿Quién me lo regaló? Y entro a buscarlo. Por eso no necesito estar siempre de viaje, porque cuando estoy conmigo aprovecho de viajar dentro mío para saber si ese rostro es un espejismo de los griegos, es un arquetipo, otro Rimbaud, lo recibí cuando toqué un sarcófago egipcio o acaso es un ángel que me pudiera llevar a la península de los Amantes. Es que viajar por el mundo del arte sirve para encontrar un mito y, luego, el viaje interior es para vivir ese mito y para eso, quizás, ya no necesitas salir de tu casa.

Particularmente, me llamó la atención que obras sobre personajes del puerto o de la vega central tengan un trazo más grueso, más exagerado, por llamarlo de alguna manera, colores más recargados y oscuros, en cambio, obras de paisajes orientales tenían trazos más suaves, colores más claros. ¿Piensas lo mismo?, ¿qué es lo que cambia para que cambie el estilo?

-Sí, en general, efectivamente es así. La explicación es que aquí, en la Vega o Valparaíso no hay belleza, todo lo contrario, es la vida peligrosa. Hay drama a raudales. Entonces la pintura se liberaliza de lo delicado y se torna expresiva, enrabiada, amante de la ruina y de esa tragedia, justamente para transgredirla. En Oriente, por muy pobres que sean, hay detrás una cultura que busca o se acompaña de la belleza. Entonces la pintura se torna delicada, meditativa, porque esa belleza yo no la puedo pintar con un brusco brochazo negro, sino que tengo que seducirla con la misma delicadeza que ella me seduce.

Decides radicarte en Valparaíso, después de haber recorrido todo Chile, ¿qué te llamó de este lugar? 

-Llegué a Valparaíso en 1990 para quedarme. Me atraían especialmente los bares de marinos, las banderas del mundo en sus paredes y las chicas de la noche; las historias en la barra y todo lo gastado por el viaje y por el tiempo. Afuera, (estaba) la bahía maravillosa, su geografía de anfiteatro y la democracia que se desprende de esa condición. Pinté muchos cuadros fuertes, expresivos, dramáticos, como borrachos, fantasmas, ahorcados, incendios y edificios en ruinas que luego desaparecían. Muchos de esos cuadros son invendibles y de hecho los tengo en una pieza que se llama “los cuadros castigados”.

Tu mirada desde que llegaste hasta la que tienes hoy ¿cómo ha cambiado? Tu pintura ha reflejado el Valparaíso que has visto en todos estos años, o la mirada que tú has tenido del puerto?

-Después Valparaíso fue otra cosa para mí, porque Valparaíso tiene muchas posibles miradas así como en las viejas casonas: si sacas un papel mural abajo te encuentras otro. Entonces comencé a pintar esas casas abandonadas en la colina, sueños frustrados…, es decir me puse a pintar las 3 nostalgias de Valparaíso, la nostalgia del pasado, la nostalgia del futuro y la nostalgia de lo que nunca va a pasar, y así mis cuadros se pusieron bellos y tristes al mismo tiempo, porque ésa es la atmósfera de la nostalgia.

Encontré esta cita que se publicó en un diario “Todo Valparaíso y todos los que vivimos aquí también estamos gastados por la vida peligrosa. A mí, las palomas, los incendios y las autoridades me tienen gastados los nervios. Entonces, el viaje de Valparaíso es una pena de amor y un viaje mal administrado”. Frente a estos sentimientos, tu opción de permanecer en el puerto ¿es lograr un rescate a través de lo social o haces un llamado de atención a través de tus obras?

-Mi opción de vivir en Valparaíso es bien simple, es la única ciudad de Chile que me gusta. Cuando llegué a Valparaíso me sentí por primera vez chileno, por así decirlo, encontré el barrio con el que yo tenía que ver. Y eso es bien extraño porque si había una ciudad chilena que no tenía nada que ver con Chile, ésa era Valparaíso. Pero Chile, su gente, nosotros, ha cambiado tanto, se ha destruido tanto, que ahora donde más veo Chile es en Valparaíso y en su vida de barrio que aún queda, que es pobre, pero espontánea y con ansias de compartir. Valparaíso va por las mismas de Chile, es decir, va hacia la destrucción de su hábitat por culpa principalmente del mismo Estado y de las autoridades locales, tristemente elegidas por todos.

Me gustaría seguir pintando en mi submarino azul de Playa Ancha y lo hago, pero pinto ángeles aquí, en este incendio que no termina. Una poeta de acá me dijo: “Todo pasa, pero Valparaíso se sigue incendiando”.

Es complejo…

-No mezclo mi pintura con la contingencia de todos,  pero también me veo obligado a salir a la calle para tratar de parar esta estupidez de querer convertir a Valparaíso a través de una expansión portuaria sin pensar en los 300.000 habitantes que existen, en una zona de sacrificio para “el bien de la economía chilena”, una economía que sabemos es peligrosamente a corto plazo. Hay gente que dice que somos alarmistas y negativos, pero ¿sabes? No es digno vivir en una ciudad al lado del mar sin poder llegar al mar. Ninguna ciudad puede progresar si te roban su máxima riqueza como es el mar, su borde costero y sus aguas portuarias. “Después del incendio = otro Valparaíso” eso es lo que decimos, pero el inexpugnable Estado blindado de Chile ¡es imposible! y aquí estamos detrás de alambres de púas. Es la única ciudad de Chile con potencial verdadero de comunicarse con el mundo a través de lo promiscuo de su geografía; y esa promiscuidad, llena de humanidad, para bien y para mal, es la mejor cultura que podemos dar al mundo. La promiscuidad salvaje es nuestra mejor cantera si queremos aportar algo hacia afuera. ( un día) a un sueco que le pregunté por qué le gustaba tanto Valparaíso y me respondió: “porque yo no sabía que podía existir una ciudad así”. ¿Eso indica algo particular no?. Venir a Valparaíso es una experiencia, ¡pero aclaremos! el caos orgánico de su geografía y de su gente es una cosa, pero el despilfarro de las políticas de Chile es otra.

ROLAND BAR

Sobre tu estilo pictórico, ¿cómo lo describirías?, ¿a dónde quieres que miremos? 

-Desde que comencé a pintar hasta ahora he buscado un mundo donde una cierta y ambigua belleza sea creada y heredada. Una belleza que nos invite a los paraísos perdidos; a un encuentro pagano con los dioses; a leer la naturaleza como si fuera un libro, a disfrutar una escultura como si fuera un paisaje. Como el mundo no es así, pinto cuadros, porque pienso que un pintor renace adentro de sus cuadros cuando muere. Entonces pinto el mundo como me gustaría que fuera para así resucitar en mi propio paraíso. Cuando un ser humano encuentra un paraíso, todos nosotros también lo encontramos. Ya ves a Gauguin que murió de sífilis y ahí está, rodeado de mujeres que siempre serán bellas en paisajes que ya nunca más podrán ser destruidos en mi cabeza. En esos paisajes y en esas mujeres vivimos también nosotros. El problema de Chile es que aquí no te dejan resucitar, todo se pierde y el público es infértil. El cadáver de Neruda ha sido hace poco exhumado ¿no? Chile es maravilloso, pero lo único malo es que no tiene futuro para su arte. Aquí hay acción y no decantación.

Uno de tus trabajos recordados son las obras del Roland bar, desde donde también nació un libro.

-Claro, el libro “Valparaíso Roland Bar / puerto de la fama y el olvido” ( re-editado en 2015) lo escribí en el contexto de mi exposición del mismo nombre, que hice en Santiago en la galería de Jorge Carroza en 1995. Y ahí expuse como 500 cuadros más el auto Fiat Balila 1947 pintado.

Eso me lleva a preguntarte sobre tu prolífica carrera, en tu ritmo de trabajo.. 

-Soy un pintor que pinta rápido; soy un pintor que tengo todo el día para pintar y soy un pintor adicto a la trementina. Por lo tanto he pintado muchos cuadros, de distintos tamaños, pero siempre óleo sobre tela, pincel en mano. No hago talleres, ni trabajo de profesor. El destino ha sido bueno conmigo.

Una de tus hijas ha desarrollado una notable carrera como música, ¿qué opinas de esto? ¿De su estilo musical?

-La belleza de mis dos hijas me crispan los nervios. Y la dulzura de la voz de Pascuala es tan bella como las esculturas paganas del Mediterráneo y como ellas, sé que perdurará porque para la música es más fácil arrancarse de Chile.

¿Vives solo?

-Vivo solo, en mi propio museo que abro a los desconocidos, si estoy de ánimo. Los fines de semana llega mi novia, entonces comienza la fiesta de celebrar la vida. Los días de semana almuerzo en un restorán del barrio donde el viejo Carramiñana me cuenta su vida de manera promiscua y natural, como lo es la misma geografía porteña.

Fotografías: archivo del entrevistado. Portada: “el vagabundo que levitaba”, 2014