Por María Eugenia Riquelme
Terapeuta especialista en ancestrología y biomagnetismo
Directora Centro So Hum / www.todoterapias.cl

“El árbol está vivo dentro de mí, yo soy el árbol, yo soy mi familia”, Alejandro Jodorowky

Pensar que el 90% de lo que somos, o de lo que determina nuestra vida, proviene de nuestra familia, me hace pensar que tenemos que empezar a mirar y a comprender a nuestra familia.
Somos lo que tomamos como herencia, o como legado, ya que en la familia que estamos insertos nos toca cumplir un rol o a veces nos toca incluso cumplir dos: “duplicar o repetir la historia” o “reparar o sanar la historia”, y somos nosotros quienes decidimos qué rol vamos a jugar.
Cuando vivimos el rol de sanador o reparador de nuestro árbol, en ese momento es cuando tomamos conciencia de nuestra historia y somos capaces de mirarla desde otra perspectiva o desde otro prisma, pudiendo ver la historia sin dolor, sin rabias (¿sin emociones?). Veamos un ejemplo. Yo soy la cuarta de 5 hermanos. Mis 3 hermanos mayores se componen de 2 hombres y una mujer, que es la que me antecede. Toda la vida, incluso hasta hace poco, tuve una lucha de poder con mi hermana. El cuento era ¿quién es la favorita de papá?, ¿a quién quiere más la mamá?, ¿quién es más inteligente? Toda la vida nos pasamos en una competencia que ahora que lo veo desde otra perspectiva, no tiene  sentido. Nos peleamos por un montón de situaciones que solo se relacionaban con nuestros egos y con un miedo atroz a la sobrevivencia dentro de la familia. Sí sobrevivencia, porque inconscientemente vivimos el temor a desaparecer o ser rechazado por el clan familiar. No podía sucedernos que nuestros padres no nos vieran. Cuando entendí que había vivido una lucha por el territorio, por el miedo, desde el ego, y que además siempre fuimos igualmente consideradas en el Amor de nuestros padres, dejé de sentir rabia y abandoné la lucha con mi hermana. Eso me permitió poder enfocarme en cuál era mi misión de vida.
Pasa, por ejemplo, cuando una pareja con hijos se separa, se divorcia, se aleja y empieza una lucha entre ambos, donde el que está más herido, impide que el otro vea o comparta con sus hijos, o que uno de los padres le hable a los hijos con rabia, resentimiento respecto del otro  o bien, puede ocurrir que ambos hagan lo mismo. Todo un actuar que no dimensiona el daño que les están causando a sus hijos, y más aún, a ellos mismos, pues  están duplicando alguna historia familiar que se podría seguir reproduciendo sin resolverse. Cuando ellos puedan mirar la ruptura de la relación sin dolor, sin rabia, sin rencor, podrán ser los padres que los hijos necesitan.
Cuando decido sanar mi vida, ante cualquier situación debo preguntarme ¿Para qué me está sucediendo esto? Si entiendo que ese “para qué” me dará las razones de lo que tengo que aprender y las pistas de lo que tengo que sanar, entonces podré reescribir mi historia desde otra conciencia, y podré soltar ese apego tan profundo a las emociones que me causan daño como la rabia, el dolor, la frustración, la vergüenza, la culpa.