Por Sergio Ureta
Escritor – investigador científico
Médico-obstetra
Autor de los libros “El ser humano una secuela del Big Bang”, “Inteligencia humana”, “Astrología, una verdad basada en la evidencia”

A veces se presta para confusión lo que significa la mente y la conciencia, considerándolas como sinónimos o acepciones similares, sin embargo, se refieren a estados distintos en el mismo ser humano.
A diario percibimos hechos que lo confirman, por ejemplo en personas obesas, alcohólicas o drogadictos por nombrar algunos, es la mente la que induce al consumo en exceso. En cambio, la conciencia de estas personas por lo general manifiestan (consigo mismo) reparos ante estas exageraciones. Sin embargo, la mente es más poderosa.
Por cierto, también existen las personas con mente y conciencia que no se cuestionan tener tales conductas, que son consideradas desfavorables desde el punto de vista social.
La mente sería algo comparable a un “ordenador” que se nutre de la realidad a través de la información percibida por los sentidos y que se almacena en distintos puntos del cerebro, la cual actúa de acuerdo con la información almacenada. La conciencia, en cambio, evalúa la mejor opción de respuesta, porque es capaz de analizar el presente y futuro de la situación.
Otro ejemplo que permite distinguir estos conceptos es que al estar viendo un film de temática sentimental, la mente puede sufrir o emocionarse, en cambio la conciencia tiene la posibilidad de liberarse de aquello, pudiendo evaluarlo como una situación ajena y no ser parte de dicha emoción.
La conciencia pareciera no ser parte de la maquinaria que constituye el cerebro con la mente, porque tiene la capacidad (parcial) de cuestionar o simplemente no aceptar esa realidad que la mente le entrega. Tiene la capacidad de elaborar respuestas distintas a las almacenadas en el cerebro. Puede crear en ausencia de información aprendida y puede no participar de la realidad incorporada por los sentidos y lo apreciamos cuando “se nos ocurre algo original”.
Ejemplo claro son los que crean expresiones artísticas como la música o esculturas, desarrollan una filosofía, o fórmulas matemáticas, tecnológicas, etc.
A nivel histórico, estas manifestaciones abstractas aparecen en el planeta, recién cuando el Homo se hizo Sapiens y de allí el ser humano creó la civilización y se ha llevado en permanente conflicto con la realidad que la mente le entrega.
Viéndolo así, podemos darnos cuenta que los grandes descubrimientos son verdaderas rupturas de la realidad percibida por la mente, donde la conciencia la ha cuestionado, creando algo nuevo; algo desconocido para la mente.
Como persona uno puede definirse desde un punto de vista anatómico (alto, moreno, deportista, etc.) como también desde mi mente: poseo cualidades artísticas, facilidad para las matemáticas, habilidad para expresarme en público, u otras, que son propiedades en cierto modo medibles, en cambio la esencia de mi conciencia no es posible definir.
Según los materialistas, la conciencia es producto de la evolución cerebral; los espiritualistas -por llamarlos de algún modo- señalan que la conciencia no se explica por una simple evolución. No podríamos hablar de evolución de la conciencia al compararnos con los primeros Homo Sapiens que también creaban, solo que tenían menos información, lo mismo que una persona discapacitada, no se podría calificar de una conciencia inferior.
Esta conciencia podemos percibirla “por fuera” del cerebro, con la capacidad de contemplar, observar y evaluar con subjetividades distintas a las proporcionadas por la mente. Entre ambos existe un espacio de libertad que las separa.
En algunos pareciera que actuara preferentemente la mente y en otros la mera conciencia, sin embargo, la mayoría de las veces participan ambas y en distintas proporciones.

Trayecto en conjunto
La mente y el cerebro siempre están trabajando, desde que se nace, de modo ininterrumpido. Pero el cerebro necesita desconectarse de la mente y la conciencia para manejar las funciones corporales y reparar eventuales daños que sean factibles de reparar como la eliminación de toxinas, heridas y otras, lo cual se logra al estar dormidos.
Y al despertar, el cerebro y la mente pierden parte de la capacidad de controlar la totalidad de las funciones biológicas, porque en este instante la conciencia toma posesión y el control de ambos.
A su vez, ésta pareciera “dejar de funcionar” cuando estamos inconscientes, dormidos, anestesiados o con daño cerebral, y por consiguiente se recupera en plenitud al desaparecer las condiciones mencionadas.
Se puede bloquear la conciencia y no la mente. Esto se logra con medicamentos muy bien conocido por los anestesistas. Las primeras experiencias en esto fueron probadas en la segunda guerra mundial con el llamado “suero de la verdad”, esto consistía en el uso de pentobarbital con escopolamina, logrando que el enemigo hablara, sin tener “conciencia” de lo que había dicho.
Más difícil de demostrar es que la conciencia no permita que la mente se exprese, pero lo aplicamos en lo cotidiano, por ejemplo, cuando mentimos u omitimos algo que puede ser comprometedor para nuestra integridad.
A diario nuestra conciencia está impidiendo que la mente “ordene” hablar algo que parece inconveniente, muchas veces actuamos para conseguir un objetivo, como lograr una pareja que nos atrae o algo que nos conviene. Para esto la conciencia elabora planes “originales”, que la mente, con la información que tiene, simplemente no podría manejar porque hablaría lo que tiene guardado en su memoria. Es el efecto contrario al pentobarbital, la conciencia por ningún motivo permitirá decir la “verdad”, si ésta no es conveniente.
En los casos de haber cometido un ilícito y citado a la justicia, lo “normal” es que la conciencia del acusado buscará, en la información guardada, los argumentos que le permitan liberarse de una eventual condena, al menos minimizarla al máximo. La mente en cambio, en ausencia de conciencia (sedado o con alcohol), probablemente diría la verdad, o al menos, no tendría argumentos para esconderla.
Esto lo apreciamos en política, donde los de izquierda, centro y derecha tienen sus propios argumentos, todos muy convencidos de ser poseedores de la verdad, y no es otra cosa que sus conciencias le han hecho “ver” una realidad propia a cada cual.
Otro ejemplo se da cuando llegamos atrasados al trabajo, o no ejecutamos algo a lo que nos habíamos comprometido, o nos pillan en algo indebido. Cada cual tendrá miles de ejemplos que mencionar, donde se constata que si la conciencia permite que la mente hable, podría terminar muy complicado. Visto así, también comprendemos que es la conciencia la encargada de mantenernos armónicos en el medio que nos rodea.
El ejemplo más emblemático es cuando estamos bebiendo alcohol, donde se aprecia un paulatino “borramiento” de la conciencia, además de nuestras capacidades motrices. Sin embargo, la mente queda libre de esta conciencia, manifestando acciones verbales y de comportamiento que, estando en plenitud de conciencia, con probabilidad no lo permitiría.

Extracto del libro «Teoría de una deidad suprema», pronto a publicar.