Relato Breve: Morfeo

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Por Julio Henríquez Munita
Escritor
Autor de «Antes del Leteo», «La primera piedra»

Morfeo es un soñador nato. Si recibiera un sueldo por soñar o imaginar, sin duda sería millonario, más que Bezos o Musk, o cualesquiera de esos nombres que no figuran en los ranking (pagan por ello) y cuya fortuna solo podemos sospechar. Lamentablemente, soñar no es un acto remunerado en esta vida; tampoco en la vida anterior que tuvo Morfeo, cuando no era Morfeo, sino un simple dromedario. Por aquel entonces, su alma, espíritu o chispa divina encerrada en ese cuerpo de animal, no soñaba propiamente tal, solo experimentaba formas larvarias de lo que podría denominarse sueño. Aún así, aquella capacidad embrionaria superaba por lejos al instinto que caracteriza a los de su especie, y que para la mayoría de los animales es la antesala del razonamiento. Lo anterior explica por qué Morfeo, en esta vida, es más soñador que racional; y también explica por qué esa alma, antes de reencarnar como Morfeo, quiso conservar ciertos rasgos físicos de su vida como dromedario.

En efecto, él ahora no tiene una joroba donde guardar grasa para alimentarse en tiempos de vacas flacas: lo que tiene en su lugar es una gran papada en su rostro, donde acumula sueños para poder sobrevivir cuando la rutina diaria lo aplasta. Entre más sueña, más crece la papada. La mayoría de las personas que rodea a Morfeo piensa que él es un glotón sedentario, pero ellos ignoran que a Morfeo le gusta comer sano y también salir a correr. De hecho, mientras trota, aprovecha de soñar con más intensidad. Puede correr toda una maratón y llegar de los primeros, pero la papada no disminuye, al contrario, aumenta durante la carrera. Morfeo nunca ha querido develar su secreto. Está orgulloso de su papada, la acaricia, y por supuesto, eso lo hace estar más cerca de sus sueños, metonímicamente hablando, que cualquier otro mortal soñador.

Morfeo, como todo profesional de los sueños, siempre espera que sus ensoñaciones se transformen en lo que el mundo llama realidad. Sin embargo, no puede evitar, que cuando alguno de estos sueños efectivamente se concreta, tener una primera reacción de incredulidad. Aquello se manifiesta como una brisa de desconcierto que eriza los pocos vellos que tiene en su papada. Eso precisamente es lo que está a punto de ocurrir esta mañana, aunque él lo ignora todavía… Morfeo viene soñando desde hace mucho tiempo con un encuentro casual con la chica de sus sueños, como suele ocurrir en las películas de Hollywood. Ha bajado temprano a la calle y está haciendo la calistenia previa a su trote matutino. En ese momento un auto descapotable, con una rubia al volante, se estaciona junto a la berma. También podría haber sido una morena, porque Morfeo no tiene una predilección ni un gusto en particular, pero viene soñando con rubias últimamente… La rubia le habla de inmediato:
—Hola, Morfeo, te invito a dar una vuelta. Te llevaré a un lugar que te gustará.
Morfeo no se cuestiona mayormente por qué la rubia sabe su nombre ni tampoco de su propuesta. Más que mal, el sueño es de él, y por consiguiente, la reglas que imperan en su manifestación onírica las dictaminaba él. Así que sin pensarlo dos veces se monta en el carro con la rubia.

La mujer a partir de ese momento no le habla y se mantiene en un cómodo silencio. Morfeo aprovecha ese instante de quietud para soñar que inicia una vida en pareja con la rubia. Se imagina que viajará a una especie de paraíso aquí en la tierra o en otro lugar, y que ha sido elegido por dioses antiguos para fundar una nueva sociedad, una más justa por cierto, donde lo sueños tengan una importancia preponderante.

A medida que avanza en la carretera, la papada de Morfeo empieza a crecer aún más, y en cierto momento ya no puede ver hacia el frente. Es como si el airbag del copiloto se hubiera activado. Lejos de amilanarse, Morfeo continúa soñando en cómo será este nuevo mundo que iniciará con la rubia. Y la papada entonces se transforma en un globo gigante, y el auto ahora despega sus ruedas de la carretera para transformarse en un globo aerostático. Morfeo a continuación imagina que es Neil Armstrong y toma control del descapotable. Todo en su conjunto sigue creciendo y elevándose hasta el espacio. Morfeo a esa altura es todo papada, pero sigue siendo Morfeo. La rubia ha desaparecido en medio de su carnosidad. Quizás es una nueva forma de hacer el amor, Morfeo no está seguro. Lo que sí sabe es que ahora su chica y él están fundidos en una sola entidad.
(Un observador desde la Tierra confundiría a Morfeo con un satélite. Si Morfeo fuera ese observador, se vería a sí mismo como una nave espacial).
Morfeo habría continuado orbitando a la Tierra por tiempo indefinido, pero siente que algo punzante rasga su papada. Mientras el carro desciende, Morfeo se da cuenta de que la rubia tiene una flecha entre sus manos. Eso es lo que ha pinchado su globo de sueño.
—Debemos volver a la Tierra. Es allá donde debemos fundar el nuevo mundo, no acá en medio de la nada —dice la mujer que ahora parece más bien una arquera salida de un cómic.
—¿Y en ese nuevo mundo dejarás de pinchar mis sueños? —pregunta Morfeo.
—Eso dependerá de si tus sueños coinciden con los míos —dice la arquera.
—En ese caso prefiero continuar mi viaje solo. Seguiré soñando contigo, pero no de esta forma.
Morfeo entonces se imagina que su compañera se hace invisible. Enseguida pone una goma de mascar en el orificio que había dejado la flecha en su papada y vuelve a elevarse, dirigiendo el auto hacia el Sol. Al pasar por Venus tiene la tentación de bajar y explorar el planeta. Sin embargo, recuerda que alguna vez soñó que él era venusino y que por cuestiones de karma, tuvo que reencarnar en la Tierra. En el sueño, él era una especie de rey en Venus, que en cierto momento había torcido el camino al reinstalar en su planeta el derecho de «ius primae noctis». De ahí el karma que tuvo que pagar, reencarnando como dromedario en la Tierra.
Para evitar nuevas tentaciones y consiguientes karmas prefiere seguir de largo. Al llegar a la órbita de Mercurio, imagina que sería una buena idea fundar su nuevo mundo en el planeta más cercano al Sol; también, volver a hacer visible a la arquera y preguntarle si aceptaría ser su Eva en Mercurio. No obstante, Morfeo desecha la idea cuando su alma soñadora sueña más en grande. ¿Por qué no ir al sol directamente?, se pregunta.
Suspendido aún en el espacio, observa el Sol e imagina que el astro rey está habitado por seres de luz. De ahí la energía y luminosidad que de éste emana. Y entonces siente ese llamado. Y tiene la intuición de que todos los sueños que ha soñado lo han conducido a este momento. Por lo mismo, hace aparecer a la rubia (o arquera) y le devuelve su auto. Le dice que este viaje es un viaje individual. Ella parece comprenderlo, y sin protestar, inicia el viaje de regreso a la Tierra en su descapotable. Morfeo, como quien pasa revista a su vida en un momento terminal, contempla por algunos instantes cómo la rubia se pierde rumbo al planeta que lo cobijó en su momento. Luego, sin voltearse, para seguir dándole la espalda al Sol, coge un fragmento espacial, probablemente un pedazo de estrella muerta, y rasga con decisión su papada, dejando una abertura más grande que el ocasionado por la flecha. Dirige entonces su descenso hacia el astro rey, aprovechando la fuerza de propulsión que le da el aire que sale de su papada.
A medida que va descendiendo, los sueños de Morfeo se van fusionando con sus pensamientos, hasta que no puede distinguir unos de otros. En algún momento logra escuchar, por decirlo de alguna manera, los pensamientos-sueños de los habitantes del Sol. Al principio cree que le dan la bienvenida, pero luego entiende que están celebrando su regreso.
Y solo entonces termina de comprender el sentido de todo.