En el origen no había un ser ni un no-ser.
¿Qué era lo que había entonces?
¿Qué había dentro y dónde?
¿Estaba allí la insondable profundidad del agua?

En el origen no había muerte ni inmortalidad, ni signo del día ni de la noche, ni cielos, ni mares. No había formas, ni sensaciones, ni conceptualizaciones, ni formaciones mentales, ni conciencias; ni sufrimiento, ni causa, ni efecto, ni cesación, ni camino, ni sabiduría primordial, ni obtención, ni no obtención. No había vista, ni oído, ni olfato, ni gusto, ni tacto, ni mente, ni forma, ni sonido, ni olor, ni sabor, ni tacto, ni fenómenos. Tampoco estaba el componente de la vista, ni el componente de la mente, ni el componente de la conciencia de la mente. Ni ignorancia, ni fin de la ignorancia, ni vejez y muerte, ni fin de la vejez y la muerte. Ninguna imagen, ni luz, ni alma. No ente. No nada. Del mismo modo, las sensaciones, los conceptos, las formaciones mentales y las conciencias se hallan vacías.

Lo que miras, pero no puedes ver, es dicho lo Invisible. Lo que puedes escuchar pero no oír, es dicho lo Inaudible. Lo que ases pero no puedes retener, es dicho lo Insondable. Ninguna luz encima puede hacerlo más claro, ninguna oscuridad, debajo, más oscuro. El ser es su función, y el no-ser, su naturaleza propia. Sin cesar continúa, mas definirlo es imposible.

En el origen había un pleno energético, siempre rotante, completo, silencioso, invisible, inmutable, estando a solas como Uno, incesante. Se lo describe Forma de lo sin-forma, Imagen de lo sin-imagen. Se le encuentra, pero nadie ve su rostro. Se le sigue, pero nadie ve su espalda. No sé su nombre… y le apellido Tao.

¡Entrégate al supremo Vacío, contempla asiduo en la quietud, que el silencio es el retorno al origen!