Por Ariadna Martinich
Psicóloga / Sanadora Adaba / Terapia Floral / Terapia Sexual
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El placer, una sensación agradable derivada de satisfacer algún tipo de necesidad, es natural en las especies animales que, de manera instintiva, se acercan a aquello que pueden disfrutar y escapan de lo que les resulta desagradable o doloroso. Sin embargo, a lo largo de la historia de la humanidad, hemos aprendido a relacionar el placer con culpa, y desde ahí pareciera que, en muchas ocasiones lo evitamos de manera activa, incluso desterrándolo de nosotros. Con estas conductas, terminamos alejándonos de lo que podría hacernos felices o, al menos, hacer nuestra vida más agradable.
Si bien actuamos de esa manera en la mayoría de los aspectos de nuestra vida, ni hablar de lo que ocurre con nuestra sexualidad, la que se ve increíblemente afectada por esta culpabilidad asociada al disfrutar.

Uno de los grandes motivadores, si es que no el más importante, para el sexo es el placer. Él es el que nos llama a relacionarnos de formas eróticas y eventualmente conseguir la actividad sexual que nos lleva a reproducirnos. Pero claramente, éste no es el objetivo final, pues el placer en sí mismo ya es una meta con la que podemos relacionarnos y que necesitamos para estar en equilibrio.
El cuerpo humano posee una potencialidad para sentir el placer sexual, y evitarlo nos aleja de nosotros mismos, de lo que somos. Disfrutar nos hace más felices y más humanos, porque nos permite conectar con aquella parte de nosotros mismos que no está regida por reglas externas y rígidas, sino que surge desde el interior buscando libertad y goce, logrando conocerse profundamente y generar una sensación de bienestar que se mantiene a lo largo del tiempo, influyendo en gran parte de nuestra vida.
Es crucial que nuestra vida sexual esté conectada con las sensaciones de placer, no sólo físicas, sino emocionales y mentales. Que todo nuestro ser se vea invadido por la actividad del disfrute y, que de esa manera, nuestra sexualidad esté en armonía con nuestra vida. Sin embargo, las creencias o límites morales que se han creado, nos alejan de esta necesidad humana, haciéndola parecer negativa y dañina.
Revisemos estas creencias y estructuras mentales que no nos permiten entregarnos al placer, y pongamos en duda el porqué de su existencia; redescubramos nuestro cuerpo y todas sus posibilidades para sentirnos bien, pues aquello es una realidad que conocemos y con la que todos contamos.
Si nuestro ser puede lograr sensaciones que nos contribuyen en tantos planos, ¿por qué deberíamos olvidarnos de ellas, tenerles miedo o considerarlas negativas? Somos seres sexuales y tenemos el derecho a disfrutar de aquello; tenemos derecho al placer, que nos conecta con aspectos de nuestra alma ¡de forma única!