Álvaro Santi
Tarólogo y escritor
Autor de los libros «La casa espejo del habitante» y «La lengua del inconsciente»
@alvarosanti

Al hablar de lo femenino, primero tengo que remitirme a mi experiencia de vida, eso implica que crecí con una formación donde el trato de lo femenino y a la mujer, es muy distinto a lo que pasa ahora, quiero decir que claramente había una formación machista. Por un lado, uno tenía que tratar a la mujer de una forma muy especial, no así a tus pares hombres, había que tenerle una consideración que hoy ya no la veo tanto, y que me gusta, porque es parte del equilibrio necesario. Por un lado, era un trato representante del sexo débil, pero eso era una manera de aplastarlas, de reprimirlas; tú aprendías como hombre a tratarlas muy bien, pero en el fondo había un maltrato.
Yo crecí en ese escenario hasta que empecé a cuestionármelo, y las cosas fueron cambiando, pero no es fácil. Me ha pasado, por ejemplo, que le he abierto una puerta a una mujer y la mujer se molesta…

Cómo partió todo
Para mí esto se inicia cuando uno encarna en este plano, un plano material, cuando llegas acá entras en un cuerpo que tiene un cerebro con dos hemisferios que son muy distintos, pero forman parte del mismo cerebro, uno que ya sabemos, es racional, lógico, matemático y el otro, que es irracional, analógico, creativo, imaginativo, entonces al nacer eso ya se está viviendo. Cuando uno encarna no deja de ser espíritu, por lo tanto, uno sigue viviendo en esta dualidad, la diferencia es que no estamos en el estado en que somos íntegros y estamos completos, sino que nos sumergimos en una dimensión que es más densa y al llegar a esta dimensión, donde somos también espíritu, tenemos más conciencia de esta dimensión material y no de la otra.
El juego es descubrir esa integración en esta dimensión, ¡ahí está la gracia! Descubrirla aquí, cómo poder en este plano, opuesto complementario a la espiritualidad, descubrir la dimensión espiritual en nosotros. Esto es muy importante, porque lo masculino y femenino son dos aspectos de una sola fuerza, dos aspectos que se necesitan, que coexisten, existen de manera simultánea y uno sin el otro no existen, y eso en este plano lo olvidamos. Por eso  es una de las gracias de este juego de la vida, ir a encontrarnos con eso, entrar en ese estado del Uno. No se trata de hacer esa conexión, sino de ser conscientes de que esa conexión siempre ha existido.

Al distanciarnos de eso, vine la parte trágica, porque nos distanciamos de nosotros, porque nosotros somos eso. Nosotros somos la vida, nosotros somos la existencia, somos el universo, y no es la vida y nosotros, el planeta y nosotros. Los católicos lo dicen a su manera, «todos somos hermanos y somos hijos del padre», bueno, es otra manera de decirlo, todos formamos parte de una sola pieza.
Que nos pasó, en qué momento tomamos distancia de lo femenino, voy a dejar de llamarlo así, la palabra es concavidad, hendidura, lo dejo porque hoy hay un debate sobre los géneros y estamos derribando estos constructos que hemos hecho, lo interesante es que estamos entrando en esta infinitud interior, este espacio muy profundo, esta concavidad eterna, infinita, porque eso es lo femenino para mí. Y lo masculino no es sino el otro lado de la moneda, pero es la misma, es el lado convexo. La biología de la mujer es interior y en el hombre es visible.
Qué ocurrió, que una fuerza se desarrolló con mayor facilidad, la fuerza convexa, masculina, y se impuso sobre la otra y la ha intentado anular. Eso es el patriarcado, lo que se ha traducido en contra de las mujeres. Eso es muy lamentable, la verdad es que la mujer lo ha pasado ¡pésimo! A lo largo de la historia a la mujer no le ha quedado otra que transformarse en esa caricatura ridícula que ha creado la humanidad patriarcal, que quizá en algún momento para poder coexistir. Lo veo en los trans, por ejemplo, que empiezan a desarrollar esa caricatura y es lamentable, porque lo que uno espera ahí es que venga una voz distinta, pero las revoluciones son así y tienen sus excesos.
Ese rechazo a la mujer, es el rechazo a nuestro lado cóncavo, a lo mágico, a la imaginación, a la creatividad, a la capacidad de recibir, la capacidad de gestar. Pienso en una mujer que recibe a una nueva vida en su vientre para gestarla; pienso en el mito de la virgen María, de cómo ella recibe la conciencia al recibir a cristo y gesta esta conciencia crística.

Me parece que toda esta negación o anulación de lo femenino es una falta de respeto a nuestra naturaleza, a lo que nosotros somos, independiente de nuestro género. Yo estoy por el rescate de eso claramente, lo que yo hago pasa mucho por lo mágico, por la imaginación, por la intuición; algo que se escapa de la lógica. Estoy por el rescate de esa parte, porque nos hace muy mal rechazarla, reprimir esa dimensión que es nuestra, esa dimensión de la vida.
En la medida que aceptemos ese aspecto nuestro, permitiendo su despertar y desarrollo, permitiéndonos actuar a partir de ese aspecto vamos a entrar en otra frecuencia.
Me parece que lo que está ocurriendo en el país tiene mucho, mucho que ver con esto. Hay temas femeninos que abordar y resolver, me refiero a lo esencial. Lo que ocurre es que el otro no existe, ni lo veo, ni lo escucho, por lo tanto, sólo mis ideas son las válidas y si tengo la posibilidad, lo voy a imponer con fuerza. El conflicto que nos ocurrió fue que olvidamos dejar de vernos como humanidad. Y cuando comenzamos a vernos como individuo la humanidad se termina. Si rechazamos al de al lado, nos rechazamos a nosotros, y así estaremos incompletos y siempre nos vamos a debatir en quién tiene la razón. No se puede hacer política mientras estemos partidos, mientras no integremos este aspecto femenino. Esa concavidad es como una matriz que permite gestar una nueva conciencia. Y para poder gestar nuestra conciencia tenemos que recurrir a ese espacio cóncavo en nosotros, a ese espacio oscuro, ese espacio de contemplación, de aceptación. Como poder gestar una vida sino la aceptamos, se cierra ese espacio cóncavo y queda solo el convexo que penetra, eyacula y lanza hacia afuera.Entonces no podemos recibir al otro, no podemos recibir la vida, no podemos recibirnos a nosotros mismos en ese espacio que nos contiene.