Pablo Shwarz: Sin límites creativos

publicado en: 2014 | 0

Un joven enfrenta a su padre, un intelectual venido a menos; no es cualquier joven viene a reivindicar su homosexualidad frente a sus ancestros, les habla, les canta, se viste de novia, juega con su cuerpo y queda desnudo. Años antes, casi dos décadas, deambulaba con su pelo teñido de rojo esperando una incógnita existencial, esperando a un Godot que nunca llega. Paralelamente, vemos a un muchacho tierno acarreando un burro por la playa, es el amigo del pueblo; también recorrió otros pueblos y se vistió de árabe, de payaso, de gitano, de lumpen, de asistente de vampiro e incluso, de hombre corriente, con camisa y corbata. Pablo Schwarz deambula sin tapujos donde lo inviten a actuar, nunca ha dicho “no, esto no se puede hacer” para un papel, y no le atraen los personajes protagónicos, porque lo suyo es la libertad creativa, la que puede complementar con sus propios secretos, miedos, vergüenzas, impulsos, risas.

pablo-1Desde el año 1992, el actor de teatro y televisión no ha dejado de pararse en escenarios ni sets de televisión, incluso no terminó sus estudios en la Academia de Fernando González, porque la actuación ya estaba tomando todo su tiempo, “dejé pendientes los ramos teóricos, como historia del teatro II” advierte en una lógica que a quién le puede importar: lleva más de 22 teleseries en el cuerpo (16 en TVN, y 8 en Canal 13). “Ámame”, “Sucupira”, “La fiera”, “Romané”, “Pampa Ilusión”, “Lola”, y la lista sigue. El panorama no disminuye si hablamos de teatro: “Cinema Uttopia” de Griffero; “Historia de la sangre”, con el Teatro La Memoria; “El Tony chico” y “Esperando a Godot”, para el teatro de la UC; “Sueño con revólver” y “El amor es un francotirador”, dirigido por su amigo el actor Néstor Cantillana (con quien crearon el grupo musical “Las Maracas”) y, recientemente, “Bailando para ojos muertos”, de Juan Radrigán. También ha sido llamado para hacer cine y son recordados sus papeles en cintas como Cachimba (Silvio Caiozzi) y Caleuche (Jorge Olguín). Es que Pablo Schwarz (1970) respira actuación.

¿Cómo ves el recorrido que has hecho combinando la actuación en teatro y en televisión en estos veinte años, donde prácticamente no has parado?

-No me he puesto a pensar realmente si ha cambiado mi manera de ver lo actoral.

Cuando partiste en tu carrera ¿aspirabas a ser un tipo de actor en particular?

-Nunca pensé algo así, fue una sucesión de buenas coincidencias. Estando en segundo año de teatro en la escuela de Fernando González, me llamó Alfredo Castro para trabajar en “Historia de la sangre” y ya entrar a esa compañía fue un salto gigantesco. Yo venía de hacer teatro antes, pero de una manera semi aficionada, nunca había estado en una compañía como ésa, La Memoria tenía ya un par de años, estuvo Aldo Parodi antes de que lo tomara Alfredo. Y toparme con Pancho Reyes, la Paulina (Urrutia), Rodrigo (Pérez), que era mi profesor de movimiento en la escuela… Alfredo me dirigió muchas veces, y me vio actuar en exámenes y claramente le tengo que haber gustado o si no, no me hubiera llamado (ríe).

Antes, cuando estaban haciendo “La manzana de Adán”,  los estuve ayudando en la boletería, en las luces y ese tipo de cosas, hicieron una mini gira por Santiago y estuvieron en el Teatro Cámara Negra, que ya no existe. Alfredo me dijo un día que quería que yo fuera parte del siguiente montaje de la compañía, que era “Historia de la sangre”, y yo pensé que quería que lo siguiera ayudando en la boletería, ¡y yo feliz de la vida!, pero me pasó las entrevistas que se habían hecho para hacer las improvisaciones de la obra, y, en realidad, me demoré un poco en que me cayera la teja de que él quería que yo actuara, y en realidad no pensé mucho, porque en mi carrera me fui por un tubo hasta hoy. Creo que solo un año no hice teatro.

Claro: desde el 1992 hasta la fecha has estado actuando en teatro y televisión, con diversos y buenos directores…

-Sí, y por suerte Alfredo hasta ahora siempre ha sido un regreso cada diez años, una vuelta de ser dirigido por él, así es que me toca ahora (ríe).

Y en ese sentido ¿te marcó haberte involucrado en un tipo de teatro quizá más simbólico, reflexivo que en otro estilo de teatro?

-No, no, yo veo todo desde el lado actoral. Primero qué es lo que me estimula a mí para lograr armar un tildado que sea más o menos interesante y entretenido de tener que mostrar y también tener algo que decir, y da lo mismo el tono, me refiero a si es comedia o tragedia o farsa, no me gusta tampoco quedarme en un solo lado. En La Memoria estuve en dos montajes.

Pero insisto que en teatro has tenido papeles en obras con una carga reflexiva y existencial más o menos importante, ¿no ves esa línea en tu trayectoria?

-Claro, la veo, pero no la elijo, o al menos no la elijo ex profeso. No recuerdo haber dicho no a una obra de teatro, cuando digo que no es sinceramente, porque no puedo por tiempo, porque estoy haciendo otra obra o porque estoy en televisión, no le tengo tirria a ningún tipo de teatro. Para uno como actor no veo que haya diferencias, yo manejo lo mismo mentalmente, físicamente.

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En la obra de Juan Radrigán «Bailando para ojos muertos».

¿Qué tecla te importa tocar a través de la actuación?

-La emoción hay que tocarla siempre, pero creo que lo fundamental es ir a las bases, ir a uno mismo. Uno puede pedirle prestado a otra persona ciertos gestos, alguna forma de hablar, un poquito de cómo camina, cómo se sienta, pero ése es el arroz. Lo medular, lo intrínseco de cualquier personaje tiene que estar en uno, ¡o sino la mentira es muy grande! Y yo no puedo actuarla tanto (ríe). Hay gente a la que le sale bien, pero a mí no, tengo que buscar en mí y creo que así logro humanizar a los personajes, aunque sea un árbol.

¿Y qué hay en ese Pablo que tiene que salir y hacerse público?

-Yo creo que es algo tan escondido que no creo que pueda decirte qué es… Son mis miedos, mis vergüenzas, mis alegrías, mis contrarios, el “yo no soy así”, me sirve mucho que no sea así, me es más fácil, a veces es más difícil hacer personajes que se parezcan a uno. Y nadie se parece a uno en realidad, porque a los personajes no les pasa nada, les pasarán dos cosas y cuando está bien escrito les pasa una cosa, en la vida es donde pasan muchas cosas (risas), y eso es en la vida, no es en el actuar. Siempre busco en mí, ni en la escuela de teatro creí en los estudios de personaje mediante la observación.

En teatro ¿Te ha pasado que te hayas quedado con una mala sensación por alguna actuación?

-No, no… Yo lo paso bien actuando. Me gusta actuar y por eso, la verdad es que nunca diferencio televisión de cine o de teatro de doblaje, me gusta actuar y maquino lo mismo.

Pero muchos actores y actrices han priorizado la televisión al teatro, en cambio tú siempre has hecho teatro…

-Es que no podría dejar de hacerlo, pero es algo personal. Yo necesito actuar en teatro, me gusta e incluso me sirve para poder actuar en televisión y a su vez actuar en televisión me sirve muchísimo para actuar en teatro.

¿En qué sentido?

-La actuación en televisión tiene una gran gracia y es que ocurre todos los días y son distintas escenas que uno tiene que hacer todos los días, entonces es un ejercicio actoral que no para, que no para, que no para, uno está de 8 a 8 actuando. Y me sirve también para la memorización, para mí por ejemplo, la memorización en teleseries es inmediata, no soy de estudiar en la casa, no por flojo, sino porque no me resulta, es que sin la contraparte no saco nada, por ahí memorizo si tengo una escena de un teléfono, solo, o un monólogo que son cosas que rara vez se dan en televisión. Es difícil memorizar solo. Y en teatro tanto en letra como la parte actoral ocurre sola al pasar de los ensayos y de repente uno se da cuenta que ya se sabe la obra.

Y en televisión, ¿Cómo ves el camino que has realizado, mediante algunos personajes secundarios con un sello muy claro?

-Es que me gusta inventar cosas en la tele y suelo achuntarle y he tenido en todos los canales bastante libertad en crear y nunca me han dicho: “Schwarz para, para, mucho”, y cuando veo que el rating sube unos 18 puntos yo pienso “estará bien” (ríe). Me gusta meter cosas a los personajes, inventar modismos, formas de ser. Igual es entretenido que personajes que tienen pocas escenas sean recordados, ahora eso es doble, porque ya hace muchos años que todo guionista al saber qué actor va a interpretar determinado personaje, escribe para ese actor. Son personas que te conocen hace mucho tiempo. No me ha tocado meterme en camisas de once varas, me las pongo yo solito (ríe). Hay que aprovecharse de esos guiños que vienen con el personaje como a uno que le gustan los caballos, y aprovechar escenas que no tienen nada que ver con los caballos, que no se te olvide que le gustan y ahí empiezas a crear personaje para que tenga una continuidad.

En televisión has tenido cierta libertad creativa

-Sí, casi absoluta diría yo. Es que entiendo lo que me piden, no es tan al voleo.

¿Cómo crees que te ven los directores de teatro y televisión?

-Es de una gran confianza, o sea a la hora que te llama un director para lo que sea, es porque tiene una gran confianza, y eso es una responsabilidad muy grande. Obviamente la gente que me llama sabe para bien con la chichita que se están curando, y eso es bueno tenerlo claro, de que sí te están llamando es por cómo eres, y no que trates de hacer algo que no eres.

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La versatilidad de Pablo no tiene límites.

-No sé si sea tan versátil, creo que soy más bien despojado. Arriba de un escenario no siento ninguna vergüenza ni nada, no tengo límites, el único límite es cuando el director dice “para, para”. Si me dicen que cante, yo canto, canto pésimo, pero nunca voy a decir que no. Yo voy a decir “esto es lo mejor que puedo hacer de lo que me están pidiendo”, si sirve, estupendo; si no sirve, ¡pucha, es lo que hay! (ríe) De verdad me baso en eso, no creo en eso de que este personaje no haga esto o no haga esto otro, creo que es al revés, que hay que buscar, porque justamente hay que aprovechar las cosas o indicaciones raras que te pueden dar, ésas son muy interesantes; las que uno cree que son más fuera de lugar terminan humanizando más al personaje, podría incluso llegar a mostrar el contrario de ese personaje, por ejemplo, un personaje enojón que está todo el día pateando la perra y tiene un momento de felicidad, el personaje se te va a humanizar, no sé, o ver al dictador hacerle cariño a sus nietos… Bueno, no lo humanizó: ¡Mal ejemplo! (carcajadas).

¿Y deseas un protagónico?

-Un protagónico no, y en televisión ¡menos!, graban mucho, demasiado y tienen menos de qué agarrarse que un personaje secundario; sin lugar a dudas está más restringido, como lleva el hilo principal de la historia es más difícil que se salga de sus características intelectuales, físicas, porque al salirse él, se salen todos. Creo que uno (secundario) tiene más libertad de crear un personaje, de armarlo, de aportar al guión. Si me tocara un protagónico creo que me agarraría de la letra como guagua con pañal, no me atrevería a correr mucho solo, citaría al autor siempre; tendría mayor cuidado, y eso es algo que no me gusta al actuar, tener cuidado, no, uno tiene que tener cuidado de no meter los dedos en el enchufe, pero al actuar no.

¿Te gustaría levantar alguna compañía de teatro?

-No, no hay forma, acá en Chile no, terminaría abajo en el Mapocho y ahora ya está todo ocupado, no hay lugar (risas). Tendría que ganarme el Kino o irme a un país normal como Uruguay, ¡si es muy caro! Y además no hay apoyo de ninguna índole; los apoyos fiscales o privados los agarran dos personas y se acabó, y mantener una compañía como yo la entiendo, multidisciplinaria, requiere un financiamiento constante de quien sea, pero  acá no existen compañías de teatro, existen grupos de personas que hacen teatro.

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TV, cine o teatro; ya sea en drama o comedia, Schwarz convence y conquista.

-Una vez dirigí, y fue a Alejandro Sieveking, una obra que traduje y trabajé se llama “La última cinta de Krapp” y es de Beckett (un monólogo de 25 minutos de duración).  A Krapp le desagrada su yo pasado, pues siente que antes era ególatra y descentrado, le resulta particularmente duro escuchar a su yo más joven entonces Krapp termina grabando una nueva cinta narrando la experiencia de haber escuchado a su yo pasado, la mostramos en Lastarria 90 en enero del 2006 con platas del Fondart. Nos llevamos muy bien con Alejandro, nos conocemos hace mucho tiempo a través de mis padres, y se generó una bonita amistad. Después volví a dirigir hace un año una obra de Alejandro que se llama, “La cama en el medio de la pieza” que fue dentro de un homenaje que hizo el teatro de la Católica, donde se hicieron varias obras y lecturas dramatizadas. Me acomodó dirigir, por la gente que me tocó y al dirigir lo primero, que era un monólogo, la visión del todo de la obra es más fácil. Como soy actor básicamente, no tengo mayor gracia, mi visión del todo es muy limitado, no veo nunca el todo (bueno, no sé quién ve el todo) Para dirigir hay que tener mucho tiempo y para eso hoy no lo tengo, tendría que dejar de actuar en televisión o en teatro, y hoy, eso no.

Actualmente Pablo Schwarz, quien es padre de tres hijos (19, 11, 4 años), se encuentra en las últimas grabaciones de la teleserie de canal 13 “Mamá mechona” y en un mes más inicia los ensayos de la obra “Campo (un drama burgués)” de Isidora Stevenson, que se espera estrenar a fines del primer semestre en el Teatro El Puente.

Fotografías: gentileza de Pablo Schwarz.

Texto: Valeria Solís T.