Por Patricia Andrade
Periodista y Escritora

Un poeta cabal, y para sus admiradores, mucho más merecedor del Premio Nobel que Bob Dylan, fue Leonard Cohen (1934-2016), el compositor, cantante, artista visual y novelista canadiense. Su obra es un fiel testimonio de que la literatura no sólo cabe en los libros, sino que la música también puede ser su soporte.
“Hemos perdido a uno de los visionarios más venerados y prolíficos de la música”, expresó su familia el pasado 7 de noviembre al dar cuenta de su muerte a los 82 años. También conocido como el gran sacerdote del pathos y el padrino de la melancolía, obtuvo el premio Príncipe de Asturias en el 2011 y en 1968 el Governor General’s Award canadiense por su prosa literaria.
Ejerció una fuerte influencia en las nuevas generaciones y aunque sus canciones se adaptaban como un guante al grave timbre de su voz, han sido reversionadas con éxito por centenares de artistas como Nina Simone, Joe Cocker, Tori Amos, R.E.M., Bon Jovi y los más resientes artistas Lana del Rey y Michael Bublé.

En 1970.

Historia poética
Cohen nació en Westmount, un barrio acomodado de Montreal (Canadá) el 21 de septiembre de 1934. Su padre, Nathan, era dueño de una sastrería y Masha, su madre, era una recién emigrada de Rusia e hija de un rabino.
Aunque su padre murió cuando él tenía nueve años, le legó un fondo fiduciario que le permitió combinar sus estudios con la escritura. Así, el artista se graduó en literatura inglesa en la Universidad McGill de su ciudad, pero cuando inició un doctorado en Columbia desistió continuar para dedicarse de lleno a la literatura y a realizar pequeños trabajos en la empresa familiar.
“No hay ninguna diferencia entre un poema y una canción. Algunos fueron canciones primero y algunas fueron situaciones. Todos mis textos tienen guitarras detrás, hasta las novelas”, respondió en 1969 cuando le preguntaron si era un escritor que hacía canciones o un músico que intentaba hacer literatura.
Sus primeros discos fueron considerados tan melancólicos que por ese entonces circuló la broma de que las disquerías debían venderlos con una hoja de afeitar “para cortarse las venas”. Ello no es estrictamente cierto, porque aún cuando Cohen pasó muchos períodos con depresión y sus letras son emotivas y líricamente complejas, siempre denotan una luz, una salvación, la fe.
Irving Layton, amigo y poeta canadiense dijo de su obra:“Lo que me gusta esencialmente de las canciones de Leonard es lo que yo llamo el carácter maniaco-depresivo en algunas de sus canciones más reveladoras y emotivas. Siempre empieza con una nota de dolor o angustia, de tristeza, y luego, de un modo u otro, se eleva a sí mismo hacia un estado de exaltación, de euforia, como si se hubiera liberado del diablo, de la melancolía, del dolor”.

Dance me to the end of love

Sus ejes temáticos predominantes son el amor, el sexo, la muerte, la religión, tópicos que gracias a su sensibilidad literaria se despliegan con sutileza por sus estrofas. “Mis canciones son algo así como documentales, como reportajes. La gente me acusa de que a veces soy demasiado poético. Pero es así como funciona mi imaginación. Es así como yo veo las cosas. No intento ni siquiera hacer frases bonitas”, declaró en una oportunidad.
Y es que sus canciones tienen verdaderas capas de profundidad. No sólo por su cuidada estructura, su respeto a la métrica, sino por la profundidad de su contenido. Es un poeta disciplinado que no manda a la imprenta su obra hasta que la siente madura. Famosa es la anécdota en la que se encuentran Cohen y Dylan y éste le pregunta cuánto tiempo había demorado en componer “Hallelujah” y Cohen le responde “dos años” (porque le daba vergüenza decir que habían sido cinco). A su vez, éste le pregunta a Dylan por una de las suyas y éste dice: media hora…
Religión y Mujeres
Las canciones de Leonard Cohen están llenas de figuras femeninas que se desnudan ante él, aunque sea de manera figurada. En muchas ocasiones, manifestó haber recibido de las mujeres mucho más de lo que él les había dado, pero siempre siguió la enseñanza de su madre Masha de no ser cruel con ellas.
Su primer gran amor fue Marianne Ihlen, una modelo noruega a quien conoció en Hidra, una isla griega donde pasó largas temporadas y con quien mantuvo casi una década de relación. Después iniciaría una historia de amor con Suzanne Elrod, la madre de sus hijos Lorca (en homenaje al poeta granadino) y Sam, pero este lazo tuvo varios años de conflicto y hostilidades luego que ésta lo abandonara. La canción “The gypsy’s wife” aborda la partida de Suzanne.
Otra Suzanne importante en su vida fue Suzanne Vaillancourt cuyo nombre lleva una de las canciones más importantes de Cohen. Paradojalmente, entre ambos no existió ninguna relación física.
También tuvo un affaire, que llamó la atención de la prensa, con Janis Joplin, que el mismo Cohen se encargó de difundir en una canción. Cuenta la leyenda que la pareja se encontró en el ascensor del hotel Chelsea y acabaron haciendo el amor en la habitación, mientras sus limusinas los esperaban.
Por otro lado, el pasecto religioso es otro elemento muy presente en sus composiciones: “Nunca me he visto como una persona religiosa, no tengo una estrategia espiritual; éste es el vocabulario con el que crecí. El paisaje bíblico me es muy familiar y es normal que utilice esos puntos como referencias”, comentó el artista al respecto.
No sólo practicó durante más de veinte años el budismo zen, siguiendo a su mentor Roshi, sino que decidió ingresar al monasterio de Sasaki, en Los Ángeles, (1994), donde fue ordenado monje con el nombre de Jikan (silencio). Allí, además de sus largas jornadas de meditación, trabajaba en su música. Tras cinco años y medio en el monasterio, lo abandona tras una crisis depresiva y se embarca rumbo a la India donde el hinduismo esencial, que lideraba Ramesh Balsekar, lo saca de esta enfemdad que que lo atormentó durante toda su vida. Era 1999.

El arte de la música
Su incursión en la música fue gradual. De niño había practicado piano, ukelele y clarinete y según la biográfa Simmons “el Bing Bang de Leonard, es decir, el momento en que poesía, música, deseo sexual y anhelo espiritual chocaron y se fusionaron. Esto ocurrió en 1950 cuando se tropezó con la poesía de Federico García Lorca.
“Hará unos trescientos años tropecé con un libro que cambiaría mi vida. Yo estaba destinado a ser un neurocirujano o un guardabosque, o simplemente trabajar en la sastrería de mi familia. Pero en una vieja librería abrí un libro del poeta español Federico García Lorca y por primera vez entendí que existía otro mundo y quise pertenecer a él”.
A la misma edad en que lo descubre, Leonard comienza a practicar guitarra. Un día, en un parque cercano a su casa escuchó a un joven que tocaba una melodía española, era flamenco. Quedó extasiado. Leonard le preguntó al músico si podía enseñarle a tocar guitarra y durante tres semanas el español le enseñó los movimientos básicos del flamenco. Pero, a la cuarta clase el guitarrista no apareció: se había suicidado. “Aquellos seis acordes, aquella pauta de guitarra han constituido la base de todas mis canciones y de toda mi música”, diría.
En 1966, tras la publicación de la novela “Beautiful Loser”, Cohen pidió dinero prestado para partir de Hidra a Nashville a conseguir trabajo como músico. Entonces ya era un autor consolidado en su país: Había publicado tres libros de poesía (“Let us compare mythologies”, “The Spice-box of the Earth” y “Flowers for Hitler”) y dos novelas (“The Favourite Game” y “Beautiful Losers”). Sin embargo, Cohen confesaría después que “no podía ganarme la vida como escritor. Mis libros no se vendían, recibían muy buenas críticas, pero de mi segunda novela “Beautiful Loser”, se vendieron alrededor de 3,000 ejemplares en todo el mundo… la música era una solución económica al problema de ganarme la vida y ser escritor”.
De camino a Nashville se detuvo en Nueva York, donde frecuentó La Factoría de Andy Warhol, se hizo amigo de Lou Reed y Allen Ginsberg y se alojó en el Hotel Chelsea. Tiempo después conocería a la cantante Judy Collins, la responsable de levantar su carrera. “Vino a mi departamento y me cantó tres canciones “Suzanne”, “Dress Rehearsal Rag” y “The Stranger Song”…Yo quedé impresionada. La calidad de las canciones, su sencilla complejidad, los ritmos internos, las letras… enteramente mágicas”.
Después vendría el fichaje por Columbia Records y su estreno discográfico, “Songs of Leonard Cohen”, tuvo gran éxito en Estados Unidos e Inglaterra. En los siguientes siete años grabaría tres discos más “Songs From a Room”, “Songs of Love” y “Hate and New Skin for the Old Ceremony”. Entre 1967 y 2016, Cohen escribe otros cinco libros y  crea 14 trabajos en estudio. En 1984, tras una pausa de cinco años, volvió con el disco “Various Positions”, pero cuando lo llevó a su disquera, la CBS, fue rechazado por su presidente Walter Yentnikoffv. El empresario se equivocó, pues en ese álbum, además de “Hallelujah”, su canción más conocida y más veces versionada, se encuentran “Take This Waltz” y “Dance Me to the End of Love”.
Cuatro años más tarde saca el álbum “I’m Your Man”, el más exitoso en términos comerciales, pese a esto no dejaba la literatura y tras una gira por Europa y Norteamérica, publica en 1993 “Stranger Music: Selected Poems and Songs”, su primer libro de poemas en varios años.
En 1998, con 64 años, amenazó con no salir más de gira. Diez años después cambiaría de opinión luego de descubrir que su representante Kelley Linch le había robado el dinero para su jubilación. Como no recuperó ni un solo dólar hizo gala de su instinto de supervivencia y espíritu combativo y volvió a las giras hasta el 2013, cosechando éxito en todo el mundo.
El adiós de Cohen concluyó con un décimo cuarto disco, producido por su hijo Adam: “You want it a darker”, lanzado tres semanas antes de su muerte.
“Estoy preparado, mi señor”, decía en uno de sus versos anticipándose a su partida. Ya había dejado en la memoria del mundo su poesía, su timbre de voz, su música.

Hallelujah: