Por Patricia Andrade
Periodista y Escritora

La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, se define como una historiadora del alma. Sus libros tratan de guerras, pero ella se centra en los protagonistas y cuenta la historia tal cual lo recuerdan y sienten, especialmente aquellos silenciados por el discurso oficial. Finalmente su obra, que algunos llaman novela documental, porque está a medio camino entre el periodismo y la literatura, fue reconocida mundialmente al recibir el Premio Nobel en 2015.
Los relatos de Alexiévich se componen básicamente de testimonios y ella sólo parece participar en su elección y orden. Así, deja que sus entrevistados cuenten sus sentimientos, sensaciones y opiniones, que se centren en los detalles, ruidos u olores, sin que los interrumpa o haga interpretaciones sobre los hechos.
“No sería correcto decir que estoy ausente en mis libros. Está presente mi punto de vista, mi forma de percibir y de pensar. La cuestión es que el grado de detalle de los testimonios que elijo es tan alto que no puedo ponerme al lado de ellos…Como autora no me lo permito. No puedo competir con ese testimonio”, ha respondido cuando le preguntan por qué no se muestra más como interlocutora.
La profesional lleva décadas escribiendo sobre la Unión Soviética y entre sus obras surgen los testimonios de niños, partisanas como de soldados del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial o de sobrevivientes de la catástrofe de Chernóbil. También nos ha acercado a mirar de otra forma la guerra de Afganistán al compenetrarnos en el punto de vista de los soldados y sus deudos. Y cierra el círculo literario con un libro donde recoge voces de centenares de personas para hablar del fin del comunismo y el advenimiento del capitalismo.
“Nunca nadie ha preguntado a la gente sencilla acerca de los grandes acontecimientos de la historia, cómo les afectan en sus vidas cotidianas. Yo me he acercado a los que más han sufrido. No hago la distinción entre ser humano pequeño o grande, no los distingo”.

Sus orígenes
Svetlana nació el 31 de mayo de 1948 en Stanislav (hoy Ivano-Frankovsk, una ciudad de 220.000 habitantes en Ucrania Occidental). Su padre, Alexsandr, era un bielorruso que estudiaba en la universidad cuando debió ser parte en la II Guerra Mundial y al término del conflicto fue destinado como técnico a Stanislav. Le gustaba leer por lo que no era extraño que frecuentara la biblioteca donde conocería a la bibliotecaria ucraniana Yevgeniya. A los pocos meses se casarían.
Cuando nació Svetlana, la población local era hostil a los representantes del poder soviético y los Alexiévich sufrieron las consecuencias. “Nos robaron todo lo que teníamos y no podíamos comprar nada en el mercado –recuerda-. Entonces mi padre saltó la valla de un monasterio y llegó hasta la priora, a la que le dijo que entendía que le viera como enemigo, pero necesitaba salvar a su hija del hambre. La priora pensó mucho antes de acceder a su demanda. Prohibió a mi padre que se acercara al monasterio, pero ordenó que mi madre pasara cada día a recoger medio litro de leche de cabra para mí”.
Si Alexiévich nos habla de la guerra es porque no conoció el mundo sin ella. Nació y creció sufriendo sus consecuencias y escuchando a las mujeres hablar sobre las pérdidas. Además su abuelo materno murió en el frente, su abuela paterna falleció de tifus en un batallón de partisanos y de sus tíos paternos, dos desaparecieron en la guerra. También ha contado que los alemanes quemaron vivos a 11 familiares más lejanos, entre ellos niños.
Cuando su padre se retiró de la milicia, la familia se trasladó a Bielorrusia y vivieron en un pueblo donde trabajaron como profesores.
Desde niña Svetlana escribió poemas y artículos para sus diarios escolares y luego estudió periodismo en la Universidad de Minsk. Al graduarse, en 1972, trabajó como profesora de historia y alemán y también como periodista, decidiéndose finalmente por esta última pasión cuando comenzó a trabajar en el periódico rural de Minsk. Tiempo después fue corresponsal de la revista literaria Neman donde editaba la sección de no ficción.

La guerra no tiene…
El libro “La guerra no tiene rostro de mujer”, publicado en 1985, es uno de sus libros más conocidos, en él recopila fragmentos de entrevistas a ex combatientes. Aquí son camilleras, francotiradoras, enfermeras, conductoras de tanques y lavanderas quienes desovillan sus recuerdos ante la entrevistadora. El resultado es un emocionante compilado de testimonios que dista mucho de parecerse a la historia oficial.
La autora no sólo revindica la participación de más de un millón de mujeres que combatió contra los nazis en el frente oriental, que después fueran ignoradas o denostadas, sino que además da cuenta de la catástrofe humana y emocional que significa la guerra.
“En mis viajes como periodista me encontraba a menudo, con mujeres de la guerra. Cuando hablaban, no había en sus relatos nada o casi nada de aquello a lo que estábamos acostumbrados: como unas personas heroicamente mataban a otras y vencieron o perdieron. O cómo era el material bélico y cómo eran los generales. Los relatos femeninos eran sobre otras cosas. Tenían sus colores, su espacio y su luz”.
Alexiévich defiende la importancia de la subjetividad, de devolver la identidad a quienes solo figuran como números en los libros de historia y, paralelamente, pone en su lugar a las mujeres combatientes, parte fundamental el triunfo ruso y que por décadas fueron ignoradas.
 “(…) Nos arrebataron la victoria, ¿sabes? Directamente nos la cambiaron por la simple felicidad femenina. No compartieron la victoria con nosotras. Era injusto… Incomprensible… Porque en el frente el trato que nos habían dado los hombres era formidable… En la vida normal nunca he vuelto a ver por su parte un trato similar”, declara la sargento Valentina Pávlovna Chudaeva en el libro.
Son relatos intensos, duros, pero cargados de sentimientos. Como los de Morózowa, una francotiradora once veces condecorada por dar muerte a 75 alemanes, quien no olvida el miedo que sintió al disparar por primera vez, o el de una partisana que cuenta cómo una compañera no vaciló en ahogar a su bebé recién nacido para que no los descubriera el enemigo.

Afganistán, 1988.

La Censura
Este libro fue vetado durante tres años por los censores, quienes la obligaron a eliminar entrevistas que podrían afectar la épica que rodeaba la guerra, pero también la escritora se autocensuró. Por ejemplo, en la primera versión eliminó este testimonio:
“Acabé la guerra en Berlin. Regresé a mi aldea con dos órdenes de la Gloria y varias medallas. Estuve en casa tres días, al cuarto día, de madrugada, mientras todos dormían, mi madre me despertó: ‘Hijita, te he preparado tus cosas. Vete…vete, tienes dos hermanas pequeñas. ¿Quién querrá casarse con ellas? Todos saben que has pasado cuatro años en el frente, con los hombres. Deje en paz a mi alma. Haga como los demás, escriba sobre mis condecoraciones”.
Por su parte, la Guerra de Afganistán, acontecimiento que precipitó la desintegración soviética y donde murieron 50 mil soviéticos, es el tema de “Los chicos del zinc” (1989), donde se centra en el punto de vista de los veteranos y de las madres de los caídos. El título evoca los ataúdes de metal donde repatriaban los cuerpos y para escribirlo, Alexiévich dedicó cuatro años a viajar por la Unión Soviética e incluso visitó Afganistán.
“He subido a un helicóptero y desde el aire he visto centenares de ataúdes de zinc… Fue más tarde cuando nos enteramos de que los ataúdes llegaban a la ciudad y que los enterraban en secreto, de noche, y en las lápidas ponían ‘falleció’ en vez de ‘cayó en combate’… Los periódicos decían que nuestros soldados construían puentes, y que nuestros médicos atendían a las mujeres y a los niños afganos”, ha dicho.
Este libro derribó la imagen heroica del ejército ruso que impulsaba la propaganda, lo que le valió grandes críticas a la autora. Aunque ha sido traducido a 20 idiomas todavía sigue prohibido en Bielorrusia e incluso le significó una demanda en tribunales por supuestamente dañar la memoria de los héroes. “Me sorprendí cuando la vi en el juzgado (se refiere a la madre de un soldado). De pronto me soltó: ‘No necesito tu verdad. Mi hijo era un héroe y tú lo has convertido en un asesino. Me has robado a mi hijo por segunda vez. Antes de que escribieras tu libro venían a pedirme sus cosas, sus cuadernos escolares, para el museo. Era un héroe y tú me lo has robado”.
Durante la investigación para escribir este libro, Alexiévich sufrió no sólo un gran impacto emocional, sino también un cambio en su visión política. Punto de quiebre fue una visita a un hospital de Kabul:
Yo tenía osos de peluche y le di uno a una mujer con un hijo. El niño, acostado, tomó el juguete con los dientes. Cuando le pregunté torpemente por qué lo cogía así, la madre, con rabia, apartó la sábana de un tirón y vi que no tenía ni brazos ni piernas. Sentí que me desvanecía y ella me espetó cruelmente: ‘Mira lo que han hecho tus soviéticos, como hizo Hitler’. Antes de Afganistán yo creía en el socialismo con rostro humano. De allí volví libre de toda clase de ilusiones”.
“Voces de Chernóbil” es otra de sus obras clave y trata de los testimonios posteriores a la catástrofe nuclear ocurrida en abril de 1986 en Chernóbil, Ucrania. Le tomó diez años armarlo. Lo construyó a partir de los testimonios de bomberos, de sus mujeres, políticos, militares y sobrevivientes.
Alexiévich cerró su proyecto denominado “El hombre rojo. Voces de la utopía” con su libro “El fin del homo sovieticus”. Son centenares de voces que incluyen desde férreos partidarios de la antigua URSS hasta opositores encarcelados o deportados que la autora recogió durante años por todo el país.
Svetlana sigue siendo una férrea crítica del régimen del presidente bielorruso Alexandr Lukashenko aunque por ello se vio obligada a vivir 12 años en el extranjero: en Francia, Italia, Alemania y Suecia. Desde el 2011 vive en Minsk empeñada en seguir siendo una mujer de oído como ella misma se denomina.
En la actualidad, el hilo conductor de su nuevo proyecto literario ya no es el dolor ni la guerra, sino el amor. “Necesito creer que el amor es la única manera de salvarnos”, ha dicho.

Obras publicadas
– La guerra no tiene rostro de mujer (1985)
– Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial (1985)
– Los muchachos de zinc (1990)
– Fascinados por la muerte (1994)
– Voces de Chernóbil (1997)
– El fin del Homo Sovieticus (2013)