Por Álvaro Santi
Tarólogo y Escritor
Autor de “La Lengua del Inconsciente. Una guía iniciática para leer el tarot de Marsella”.

En el año 2003 tuve la oportunidad de asistir a una sesión de sanación cuyo objetivo era liberar a una mujer de una fuerza dañina de la cual era víctima hacía ya varios meses. Todo comenzó con el deterioro y posterior final de su relación de pareja tras cinco años. La protagonista de esta historia, que llamaré Ana para proteger su identidad, sospechaba que su marido venía siéndole infiel desde hacía ya un tiempo. Llegaba tarde a la casa con la excusa de que tenía reuniones y exceso de trabajo, hacía misteriosas llamadas telefónicas y su actitud era sospechosa.
Lo primero que ocurre fuera de lo común que ocurrió, según cuenta Ana, fue una plaga de moscas en su casa. Intentó controlarla con un insecticida en aerosol. Después de unos días las moscas desaparecieron dando paso a un hedor insoportable, pero que inundó solo el dormitorio de ellos dos. Revisaron el entretecho y llamaron a un gásfiter para descartar problemas en las cañerías. No encontraron nada. Después de varios días el olor se concentró en un rincón de la pieza hasta que desapareció. Durante ese tiempo ambos tuvieron que visitar a un médico por hongos en la zona genital. Gracias al tratamiento ese problema fue superado. Sin embargo, Ana comenzó a experimentar un fuerte dolor en su vientre y la sensación de que algo, que ella describía como una oruga, le caminaba por dentro. También señalaba que ya no podía conciliar el sueño y se sentía al borde de la desesperación. Se realizó exámenes tradicionales y no arrojaron nada por lo cual el médico decidió que la derivaría a un psiquiatra.
El día anterior a reunirse con el psiquiatra, Ana descubrió una mancha en un rincón de la bodega de la casa. La mancha tenía una particularidad: en ella se podía apreciar una cara humana, específicamente la de un hombre. Pensando que se trataba de una mancha producida por hongos trató de retirarla aplicando un limpiador desinfectante. La mancha no desapareció.
Tras la visita al psiquiatra no obtuvo mucha claridad acerca de su estado. El médico, considerando el conflicto matrimonial que existía, le prescribió un tratamiento que incluía niveladores de la angustia. Ana siguió el tratamiento sólo una semana.
De pronto, un día cualquiera y aparentemente de la nada, los síntomas desaparecieron.Todo parecía mejorar, excepto su relación de pareja. Su marido se fue de la casa para vivir con su amante. Ana estaba devastada por el dolor. Conversando con una amiga recibió el dato de una mujer que realizaba sanaciones energéticas mediante la imposición de manos. Se decidió y tomó una hora. El día acordado para la sesión de sanación tuvo que ser postergado debido a un esguince de tobillo que sufrió la terapeuta que la atendería.
Cuando por fin pudieron encontrarse, Ana ingresó a la consulta, pero, antes de saludarla ésta retrocedió como intentando protegerse de algo. Luego le contó que había detectado un fenómeno en su campo energético. Según sus palabras, Ana no había ingresado sola a su consulta, una sombra la acompañaba pegada a su espalda;  probablemente llevaba un buen tiempo ahí.
Ana salió de ese lugar con un sorprendente diagnóstico y con el dato de un chamán que podía liberarla de aquello que la aquejaba. Ana que nunca fue escéptica, pero tampoco asidua de prácticas esotéricas, decidió contactarlo y coordinaron una liberación energética.
Mi participación ese día fue similar al de un grupo de personas allí reunidas, en su mayoría eran familiares. La instrucción consistía en no interrumpir y rezar una oración que nos entregaron a cada uno de nosotros escrita en un papel. Después ingresaron terapeutas holísticos y un psiquiatra.
El chamán ayudó a Ana a recostarse en una camilla tratándola con mucha delicadeza y hablándole amorosamente, como si se tratara de una niña. Hasta ese momento nada parecía fuera de lo común. El chamán dio la orden de iniciar el rezo y comenzó a realizar pases con sus manos sobre la cabeza y vientre de la Ana. Mientras yo rezaba me di cuenta de un detalle. Bajo la camilla había una fuente plástica de color azul. Solo después de una media hora pude entender su utilidad, justo cuando Ana cambió de actitud moviéndose de un lado a otro, inquieta, como si algo la perturbara; a expresión en su cara también cambió, se notaba más tensa, apretaba la boca dando la sensación de no querer expulsar algo. De pronto, las personas que se encontraban más cerca de ella retrocedieron asustadas por un grito que lanzó seguido de una serie de arcadas. Alguien tomó la fuente plástica, la acercó a su boca para que Ana pudiera vomitar. Todos quedamos asombrados al ver cómo desde su boca salía tierra mojada. El chamán nos pidió que continuáramos rezando y así lo hicimos mientras la tierra brotaba sin explicación alguna desde el interior de Ana. Cuando dejó de vomitar y pudo calmarse tomé conciencia de la temperatura en ese lugar; era invierno y a pesar de estar calefaccionado, la temperatura había descendido bastante y ahora volvía a ascender.
La explicación del chamán fue que se trataba de una magia negativa realizada por una mujer vinculada a su marido. Una magia realizada en un cementerio. Un parásito astral había sido invocado mediante un ritual oscuro para atormentar a Ana hasta hacerla perder por completo el juicio de realidad.
Pasaron algunos años antes de saber qué había sido de ella. Los episodios continuaron y a esa liberación prosiguieron dos más. Después de eso supe que ella logró recuperarse y nunca más tuvo una experiencia similar.