Por Patricia Andrade
Periodista y escritora

Podría haber llevado una vida de mujer rica, gastando su dinero en excesos y lujos, pero prefirió su sensibilidad la llevó a usar sus tres herencias en difundir y apoyar la literatura a través de SUR, una revista cultural que sería la más importante del continente por casi cuatro décadas. Se trata de Victoria Ocampo (1890-1979), la argentina que ejerció el feminismo desde la escritura exigiendo para la mujer un lugar igualitario en la sociedad.
Ocampo fue escritora, ensayista, mecenas e impulsora de las artes y uno de los personajes más importantes de la historia cultural de su país. A su muerte, su amigo, el escritor Jorge Luis Borges destacó el coraje para rebelarse a las pautas tradicionales que esperaban un estereotipo por su posición social o su condición de mujer.
“En un país y en una época en que todos se creían católicos, tuvo el valor de ser agnóstica. En un momento en que las mujeres eran genéricas, tuvo el valor de ser un individuo. Vivió, con valentía y con decoro, su vida propia”, expresaría el autor de El Aleph.

Desde la oligarquía bonaerense
Ramona Victoria Epifanía Rufina nació el 7 de abril de 1890 en Buenos Aires. Era la primogenia del ingeniero Manuel Ocampo y Ramona Aguirre, ambos pertenecientes a familias influyentes y acaudaladas por eso no fue extraño que las seis hermanas Ocampo Aguirre fueran educadas por tres institutrices extranjeras y pasaran desde muy niñas largas temporadas en el exterior.
A los 18 años inició un admirable camino de conocimiento. En el contexto de un viaje familiar a Europa, asistió a clases de piano, vocalización y filosofía de Henri Bergson en el Collège de France y a la Universidad de La Sorbona, donde estudió literatura griega clásica, literatura inglesa, los orígenes del romanticismo, historia de Oriente y la obra de Dante y Friedrich Nietzsche.
Pero poco a poco, las tediosas y exigentes lecciones en inglés, francés y español, que le daban sus institutrices y maestros, sumadas a la formación conservadora y autoritaria que recibía de sus padres, llevaron a la artista a ver en los libros su vía de escape, y desde muy niña se convirtió en una voraz lectora, aún cuando su familia se empeñaba, incluso, en controlar el contenido de sus lecturas. Así, por ejemplo, fue castigada por su madre por leer De Profundis, el texto que Oscar Wilde escribió en la cárcel de Reading, donde fue recluido por su homosexualidad.
En su juventud, Victoria soñaba con dedicarse al teatro, pero tuvo que desistir. “Si una hija mía decide seguir la carrera del teatro, ser actriz, ese mismo día me levanto la tapa de los sesos” expresaría su padre Manuel Ocampo. Es que para su familia ser artista era sinónimo de libertinaje y no concebían otra carrera para las mujeres que el matrimonio.  Años después, Victoria Ocampo confesaría que “renunciar a esta vocación fue para mí un desgarramiento… consideré mi vida fracasada”.
El 8 de Noviembre de 1912 Victoria se casa con el abogado Luis Bernardo “Mónaco” de Estrada, pero ya en la luna de miel asume que no sólo no lo amaba, sino que además lo detestaba por ser un hombre controlador y convencional. La crisis se agravaría luego de encontrar, por casualidad, una carta que su marido habría escrito a Manuel Ocampo, en la que le decía que no se preocupara por las aspiraciones de su hija por ser actriz, porque “apenas quede embarazada se olvidará”.
“Me casé con un traidor”, dijo entonces. Las peleas entre ambos subían de tono y cuando regresaron a Buenos Aires tras dos años de luna de miel en Europa ya no dormían juntos ni menos se hablaban, así en 1922 se separarían formalmente.
Esos diez años de matrimonio de todos modos le darían a la futura mecenas argentina un poco más de aire que el que vivía con su familia, y podía disfrutar de espectáculos y leer los libros que quisiera, como los prohibidos para las mujeres; también aprendió a manejar autos, lo cual no fue fácil de asumir por el entorno, eso le valió ser insultada en la calle por los transeúntes, pero no se quedó ahí, también fumaba cigarrillos y usaba pantalones verdaderas bofetadas para una sociedad del cono sur de comienzos de siglo.
Pero también cruzó otros límites, tras dos años de matrimonio se enamoraría de Julián Martínez Estrada, primo de su marido, con quien mantendría una intensa relación, la cual narraría en La Rama de Salzburgo, el tercer tomo de su autobiografía. Ocampo y Martínez acabarían cordialmente su historia luego de trece años.

Sur, revista emblemática
En las primeras décadas del siglo pasado, lo común era que las mujeres se subordinaran primero a sus padres y después a sus maridos, y su existencia se reducía al universo de lo doméstico. Ámbitos como el literario  estaban claramente vedados para las mujeres por lo que no era extraño ver publicaciones de mujeres del continente firmando con seudónimos masculinos. Pero este árido contexto no detuvo a Ocampo, quien en 1920 publicó en el diario La Nación un artículo titulado Babel, y donde hablaba del Canto XV del Purgatorio de Dante y de las desigualdades entre los seres humanos. Seis años después, la Revista de Occidente, fundada por el filósofo español José Ortega y Gasset, incluye su ensayo De Francesca a Beatrice, por el que recibió muchas críticas negativas, sustentadas más en el hecho de ser escrito por una mujer que por su contenido.
En 1931, y aunque su padre le advirtiera que se iba a fundir económicamente, da vida a su proyecto cultural revista Sur, el cual por décadas tendría un papel importante en la vida intelectual de Argentina y Latinoamérica.
El 1 de enero de 1931, aparece el primer ejemplar de la revista, que vendió cuatro mil ejemplares en Argentina, París y Madrid. Según el escritor Adolfo Bioy Casares, esposo de su hermana menor Sylvina, el lanzamiento de la revista fue “un desafío para ella, como abrir un camino en la selva”.
Dos años después, Ocampo funda la editorial del mismo nombre, donde publica las obras de Aldous Huxley, Virginia Woolf, William Faulkner, Jean Paul Sartre, Graham Greene, entre otros insignes escritores, muchos de los cuales eran desconocidos en esta parte del continente.
A través de este espacio promovió a los escritores argentinos y extranjeros y autores de la talla de Paz, Lorca, Alberti, Bioy Casares, Sábato, Mistral y Neruda, quienes mandaban sus originales a la revista para que se los publicaran. Es en Sur donde, por ejemplo, Borges publica los primeros relatos de su libro Ficciones, que luego darán la vuelta al mundo.
Sur alcanzaría más de 300 números y durante más de 40 años contribuyó a poner a América Latina en el primer plano cultural del mundo. Según el escritor y Nobel Octavio Paz, Sur fue “la libertad de la literatura frente a los poderes terrestres” y Gabriela Mistral, quien mantuvo una larga amistad con la argentina, le dijo en una ocasión: “Usted ha cambiado la dirección de lectura de varios países en Sudamérica”.

Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges

Escritora
La fama de Victoria Ocampo como mecenas y divulgadora de muchos artistas eclipsó su faceta de escritora, la cual se centró fundamentalmente en el género autobiográfico, donde relata sus encuentros y diálogos con destacados intelectuales de la primera mitad del siglo XX.
Además de ensayos y artículos, publicó diez tomos de Testimonios, La laguna de los nenúfares, una fábula escénica dividida en doce cuadros que escribió en 1926 y Tagore en las Barrancas de San Isidro, donde relata la estancia de dos meses, que ella pagó, del escritor y Premio Nobel Rabindranath Tagore en Buenos Aires.
Sobre su obra, Ocampo siempre se expresó con modestia y reconoció las limitaciones que tenía para escribir: “la piedra preciosa existe. Yo no soy dueña de ella sino una depositaria momentánea, pero la piedra está cubierta de ganga (mineral sin valor) y probablemente, ya puedo decir seguramente, nunca conseguiré limpiarla para que brille”.
Lo que sí le importaba era reivindicar el punto de vista femenino en la literatura y demostrar que era posible rebelarse a la autoridad literaria patriarcal, tal como lo habían hecho las dos escritoras que más admiraba: Virginia Woolf y Gabriela Mistral. Su ambición era, más allá de escribir bien o mal, hacerlo como una mujer.
“Lo poco que he hecho en mi vida…lo he hecho a pesar de verme privada de las ventajas de ser hombre. Pero ese poco no lo habría alcanzado de no tener la inconmovible convicción de que era necesario luchar para darle el lugar que correspondía a la mitad de la humanidad. La lucha, en mi caso, consistía en obedecer a una vocación: la de las letras. Vencer en ese sector, así fuera ínfima la victoria, era ayudar al gran movimiento de emancipación que estaba en marcha”, expresó en una entrevista.

Feminista
El siglo XX fue testigo de la lucha de las mujeres del mundo occidental por acceder a la educación, al derecho a la libre expresión y a un cuarto propio, como decía Virginia Woolf.
Aunque no podría considerarse como una activista, Ocampo ejerció el feminismo siendo ella misma, rompiendo los límites para ser persona como todos y fue desde la escritura donde se ubicó para oponerse a las diferencias arbitrarias que le daban a los géneros. Reiteradamente y a través de diversos medios, se pronunció a favor de la igualdad de derechos sociales y civiles de las mujeres y en 1936 funda, junto a otras escritoras y activistas, la Unión de Mujeres Argentinas, que se opuso, por ejemplo, a la promulgación de un proyecto de ley según el cual las mujeres casadas no podrían administrar sus propios bienes, trabajar o ejercer profesión alguna, sin autorización legal del marido. Finalmente, la UMA logró su objetivo y el proyecto de la reforma fue anulado.
Ocampo fue una trasgresora y una pionera. Se convirtió en la primera mujer en obtener una licencia de conducir en Argentina, la única latinoamericana en asistir al Juicio de Nüremberg, la primera mujer en ser elegida miembro de la Academia Argentina de Letras, fue adúltera asumida y “persona non grata” para la curia argentina por sus “amistades inconvenientes”. Y tal como se lo advirtió su padre, disipó sus tres herencias… en pos de difundir la cultura y la creación literaria de esta parte del continente.
Muere a los 88 años de un cáncer bucal, sin dinero para pagar sus impuestos. Una clásica paradoja de una transformadora.