Por Valeria Solís T.
Periodista y escritora
Directora Mirada Maga

“Si muero, sobrevíveme con tanta fuerza pura, que despiertes la furia del pálido y del frío. No quiero que muera mi herencia de alegría”, Pablo Neruda.

Cada idea la enfatiza con una sonrisa. Sonríe con los ojos. Se pasea por los recuerdos con la misma intensidad con que habla de sus proyectos. Hace poco decía a un medio de comunicación que de joven jugaba al básquetbol y aún sueña encestando. No lo dudo; Antonio Skármeta (1940) es esencialmente jovial y un buscador: de arte, palabras y experiencias. 19 obras a su haber,  de joven fue presidente de la Academia de Letras del Instituto Nacional, estudió filosofía en Chile y literatura en Nueva York, escribió guiones para un cineasta alemán, dirigió una película basada en su novela “Ardiente Paciencia”, pero también hizo sus apariciones en cámara, haciendo guiños a la actuación. Es lúdico. Se convirtió en uno de los principales promotores de la literatura en el retorno a la democracia con un programa de televisión que estuvo en pantalla 10 años: “El show de los libros” recibió aplausos por doquier. Chapoteaba en el agua cuando recibió la llamada del Presidente Lagos para que fuera embajador en Alemania y aceptó. Este año recibió el Premio Nacional de Literatura, y sintió como si un amigo entrañable le diera un gran abrazo.

¿Cuál es la primera frase de Rayuela?, me pregunta.
-Umm, no, no me acuerdo, Oliveira seguramente iba caminando pensando en algo… (risas)
La primera línea de Rayuela dice ¿encontraría a la Maga? (más risas)

¿Cuál era su visión de ser artista y de ser escritor cuando partió su carrera? Pensando que hubo mucho viaje, acercamientos políticos, eran los ´60…
-Esa época yo la definiría como la época de la energía, en todo sentido. Era la energía de la juventud, la energía que provenía de las lecturas clásicas y contemporáneas que yo me las tomaba completamente en serio, porque me fascinaba la expresión de los autores, de sus visiones del mundo, y me ilusionaba con ser un escritor… Tomaba la cultura como parte de la vida, la literatura, la música, todo el arte.

Era vivir siendo artista…
-No necesariamente creando en una primera etapa, sino estando abierto a la contingencia y al grupo de amigos, a los intereses de la época. Además, siempre me interesó lo que había antes: la literatura medieval, la poesía mística, la contemporánea, el jazz, Mozart, la pintura, el Greco. Mi vida cotidiana era leer, oír música, ver pintura y hubiera bailado si hubiera sido un poco más dotado para eso.

-Por otro lado, había una energía que venía del entorno; una muy significativa era la energía política, porque Chile tenía una gran historia republicana donde cada vez se iba ampliando más la democracia y hubo gobiernos bastante buenos como el de Eduardo Frei y después el de Salvador Allende, que vino a profundizar la democracia y el trabajo de tratar de que las riquezas del país fueran para todos, y que hubiera más participación también. Era una situación estimulante y negarse a participar… Yo escribí una novela sobre un joven que se niega a participar, que se llama “Soñé que la nieve ardía”, pero eso no estaba en mi temperamento. Luego venía una tercera energía que era la energía cultural de la época, que creo que viene de la desformalización y la espiritualización de la sociedad, de los movimientos que están asociados a la música rock y al movimiento hippie, la influencia del oriente.

¿Pero eso llega a Chile, o llega por su propia búsqueda?
-No, llega a Chile fuertemente.

Pero en círculos cerrados…
-Ah, tan masivo no era, claro, pero la sensibilidad de esa época mezcló muchas cosas. El movimiento hippie era de gran informalidad, el ansia de los viajes, el cosmopolitismo, (apostar por) la vida más sencilla, menos burguesa. Y eso no venía del marxismo, sino que venía de los hippies, entonces lo que había en Chile en el ambiente cultural es que había de todo. La influencia del rock por ejemplo, era una influencia de letras, era rock con contenido. Era una época en que estaba Bob Dylan con su folk rock. Yo asistí a un concierto (Nueva York) donde en la primera parte hizo un concierto tradicional, luego hace una pausa y después entra como un artista de rock  y quedó la tendalada en el público (ríe).

En esa época era estudiante de filosofía en Chile y después viaja a hacer un magíster en literatura a Estados Unidos, por lo tanto, el haber estudiado filosofía era seguir conectado con la intelectualidad en el mundo, pero después decidió concretamente hacer una carrera literaria, ¿fue así?
-Sí, yo desde niño decido ser escritor. Cuando estudié en el Instituto Nacional iba a la Academia de Letras todas las semanas, fui presidente de la Academia. Y comencé escribiendo cuentos, de hecho mis tres primeros libros son de cuentos y mi primera novela, “Soñé que la nieve ardía”, la escribí cuando me fui de Chile.

¿Qué referentes tenía en esos años?
-Mis primeros libros son cuentos de lo que podría llamarse la cotidianidad democrática, donde la gente no andaba matándose unos con otros, y eso permitía pensar que habíamos nacido en un mundo que era una maravilla, que habíamos nacido con una democracia que era un derecho natural.

Pero también hubo cambios en la literatura donde los jóvenes comienzan a protagonizar las historias…
-Ése es un rasgo bastante marcado en mi literatura, porque la generación anterior, que son buenísimos escritores, tienen la preferencia por la descripción de un cierto mundo, que es un mundo un poquito agonizante: la alta burguesía o una burguesía que no tiene tantos recursos ni tanta fuerza, como que se regodea en su agonía, es muy característico de las obras de Donoso y de Jorge Edwards o las obras de teatro de Egon Wolf. Yo parto con mi primer libro que se llama “El entusiasmo”, que no es una negación a la vida ni un análisis critico angustiado de la sociedad, no era una literatura mostruosa, sino que era una literatura de aceptación de la vida, del cuerpo, sin sentido del pecado, con ganas de la aventura y también promiscuo, uno podía leer a Sartre, Flaubert, escuchar a Elvis Presley, bailar a los Beatles. Es una celebración gozosa de la vida y una aceptación del cuerpo.

Pero eso respondía a su personalidad, o a una fuerza del entorno?
-Era mi personalidad, pero estimulada con todas las características que te contaba.

Después viene el acercamiento hacia el mundo audiovisual, y muchos escritores piensan que no es algo complementario al ser escritor, porque sería un oficio más intelectual…
-Es que siempre he sentido una gran fascinación por todo lo que significa el mundo de la cultura, y siempre me ha llamado la atención el porqué esto que ahora se llama “la gente”, y antes se llamaba “el pueblo”, están condenados a no disfrutar de esos bienes (culturales). Se procede con los grandes productos de la creación como si fuera el patrimonio de un rico que lo tiene encerrado en una caja fuerte, ¿por qué se niega el acceso al arte de la educación?¿por qué las clases de dibujo son tan insignificantes? Entonces cuando yo llego de Europa (se va de Chile en 1973 y retorna en 1989), llego con mi proyecto, que es tratar de hacer esta fusión, esta fricción entre lo que amo, que es mi profesión de escritor, la literatura que la humanidad ha heredado y, más que nada, la contingencia de los escritores actuales totalmente desconocidos para la gente. Era necesario buscar un medio de comunicación que fuera masivo y tenía que tratar de reproducir el encanto que a mí me produce los libros, entonces hice ese programa (“El show de los libros”) sobre autores y libros, buscando modos inusuales de formularlos y creo que resultó. Entonces ¿de qué se trata esto?, es un rasgo de mi literatura, generar fricción entre gran cultura y subcultura, entre el poeta y el cartero, entre los delincuentes, como en “El baile de la victoria” y la poesía medieval de Jorge Manríquez, se trata de eso todo el tiempo. Está entregado a la gente, ¡derramando el entusiasmo!, porque un programa de televisión sobre cultura no reemplaza la cultura ni un libro, ¡pero sí puede provocar o compartir el entusiasmo de ese libro! y, al mismo tiempo, uno va recibiendo la energía de la gente. El lector es un objetivo, yo no escribo cualquier cosa, yo escribo siempre visualizando lectores, no cantidad de lectores. Para mi el libro termina cuando el libro es leído, cuando hay un posible dialogo imaginario.

Cuando se va Alemania en 1973, ¿fue por opción, o una situación forzada?

– En el caso mío yo opté; nunca fui exiliado, porque una persona exiliada sale del país no en formas convencionales, o no puede volver cuando quiera. Yo nunca estuve en ese caso, yo salí del país con pasaporte, tomé un avión y podía volver en cualquier momento.

Junto al escritor Ariel Dorffman

¿Y por qué a Alemania?
-Yo había escrito el guión de una película de un director alemán, era una película bastante optimista; se filmó en 1972, era sobre lo que podía haber pasado en Chile (“La Victoria”) y se estrenó en la TV alemana dos días después del golpe en Chile. Este director, a la semana después del Golpe, me llamó y me dijo: “¿qué haces ahí?” y me mandó un pasaje para que saliera del país, y como él vivía en Alemania, me fui para allá. Hizo lo mismo con Raúl Ruiz, así es que nos fuimos juntos y salimos de Chile el 12 octubre de 1973.

¿Y a dónde llegó?
-Llegué a Berlín Occidental y desde ahí estuve viajando mucho, por todo Europa; después de unos años hice clases de literatura en universidades alemanas y también norteamericanas, y vivía de escribir guiones de cine para este mismo director, y después fue para otros directores… Así es que vivía escribiendo guiones para cine, y mis libros se empezaron a traducir en otros países, entonces, como a los 3 o 4 años, yo ya estaba establecido como escritor.

¿Pero fue difícil al principio, o las cosas funcionaron relativamente fluidas?
-Comparado con todo lo que vivieron los chilenos en el exilio fue relativamente fácil. También recibí una beca por la trayectoria que tenía, y después otra.

¿Qué se siente como creador con lo que ocurrió con la obra “Ardiente Paciencia”, que tras escribirla después fue filmada con actores nacionales (Óscar Castro, Marcela Osorio) y después se transformó en obra de teatro y luego tuvo otra adaptación internacional (Il Postino), y hasta una versión en ópera?
-Es la sensación de haber acertado en la formulación de un sentimiento, de una emoción de varias ideas que tienen que ver con esto que estábamos hablando antes: que es la poesía inmensa que hay cuando se intenta ir culturalmente en una nave con la gente, acordándose de los que están remando en la galera. Entonces esta idea de provocar un contacto a través del humor, la ironía, la ternura, entre seres tan desiguales como un gran poeta y un hijo de pescadores y que finalmente logran contactarse, relacionarse o nutrirse mutuamente. Fue una historia muy emocional que encantó y eso explica que haya tenido tantas ediciones, traducciones en tantos idiomas, en fin, está en algo muy simple: amor, creación y amor a la gente.

La profundidad que tiene la vida cotidiana…
-La belleza de la vida cotidiana, que hay que querer mirarla. De pronto si estás interesado nada más que en tu resentimiento, en tus frustraciones, y no miras la maravilla que tienes alrededor, no llegas a nada.

Cuando decide volver a Chile había trayectoria y reconocimiento internacional, ¿con que perspectivas llega al país?
-A mí siempre me interesó y me gustó el proyecto de Chile, el de hacer una transición pacífica; lo encontré muy seductor, y eso se refleja en una de mis obras también, la manera en que se hizo, esa inteligencia política de cómo se llega a la formulación del plebiscito. Yo me sentí feliz de la manera en que Chile recuperó la democracia, con todas las limitaciones que tenía, de que no se podía hacer abruptamente todo, ese placismo donde la democracia todavía estaba amenazada. Entonces este proyecto me interpreta y me interpretó en ese momento. Ya no me interesaba la militancia política, yo soy un personaje bastante raro en ese sentido, no me siento muy bien metido en discusiones, en grupos, entonces sentí que podía entregar  o aportar algo a la democracia con el programa de televisión (“El show de los libros”) y me volqué a eso. Significaba un trabajo fuerte que comprendía la sensibilización entre la gente que quiero hacia la cultura que quiero, poder crear esa fusión, de alguna manera creo que resultó, y ése es un rol político que por mi capacidad, con mi vocación, podía cumplir más que la militancia.

Años después es embajador en Alemania y no agregado cultural, ¿cómo surgió esa posibilidad?
-Yo estaba chapoteando en la piscina, oyendo como cantaban los pajaritos, y mi esposa me dice que tenía una llamada telefónica. Era el Presidente Lagos, quien me dice: he pensando que sería conveniente de que fuera embajador en Alemania. Lo medité un día junto con mi familia y acepté.

¿Cómo fue esa experiencia que resulta muy distinta al de ser escritor?
-Fueron tres años, y me gustó mucho. Fue una experiencia muy buena, porque vi la pujanza, la imaginación tan poderosa del político chileno y especialmente del Presidente Lagos, yo lo vi en acción desde mi posición de embajador y era absolutamente extraordinaria su visión y análisis de la sociedad. Fue un momento en que Chile tomó una iniciativa genial, quiso establecer un tratado (ríe con admiración) no con un país, con Alemania habían tratados, sino hacer un tratado ¡con toda la Unión Europea! Así, un país chiquitito, ¡con toda la Unión Europea! Y todo mi primer tiempo tuvo que ver con trabajar en esa dirección. Si Chile no exporta y no se abre al mundo no llegamos a nada, y no era tan fácil, imagínate cómo convencer a un conglomerado de países que había que firmar esto con un país lejano y pequeño, y no con otro bloque como el Mercosur, habían muchos políticos alemanes que pensaban eso. Pero se trabajó en eso, y fue fundamental lo que hicieron todos los embajadores chilenos de Europa, porque había que lograr que se firmara ese tratado para lo cual tenían que estar de acuerdo ¡todos los parlamentos y todos los líderes de Europa!.

¿Y cuál fue su sello en esta experiencia?
-Lo que me pidió el Presidente Lagos: dar un gran sello cultural, pero también demostrar que Chile estaba muy interesado en importaciones, exportaciones, modernizaciones. Fue una buena experiencia, aprendí mucho de la vida, pero es un trabajo muy absorbente y me lo tomé muy en serio, no puedes escribir nada; no pude escribir ni una línea.

¿Qué importancia le da a los premios que ha recibido como el de Planeta, el premio Nacional de Literatura…?
-Muchísima: un escritor tiene que tener lectores, y los premios dan una enorme visibilidad, mantiene vigente el interés, al autor lo distribuyen. Cada premio tiene distinto carácter; por ejemplo, el premio Planeta es un premio que tiene una gran visibilidad, pero hay otros en que el premio no es nada, como el  Prix Médicis de Italia, que lo ha obtenido Carpentier, Cortázar, y que no obtienen nada, ni un papel, pero el prestigio de ese premio es… ¡Uffff!

¿Y el Premio Nacional que recibió este año?
-Uuuhhh, es un premio tremendamente especial, porque si tú has tenido en vista la expresividad, la expresión, los conflictos de la gente que quieres, de la gente de Chile, que es tu nido, y le has dedicado toda una obra a eso, que te tiendan una mano fraternal a la edad que tengo, ¡es una maravilla!. Se produce una sensación de… no sé….es muy emocionante… Uno se siente abrazado por una persona que uno quiere. Y si este país que quiero me abraza simbólicamente, es una maravilla. Y la reacción de la gente es totalmente fantástica: efusiones, cariños, llamadas, invitaciones…

Actualmente ¿en qué está su energía?
-Mi novela “Un padre de película” va a ser un film que se está filmando en Brasil, que lo va a dirigir un director que se llama Celton Mello. La novela originalmente ocurre en el sur de Chile, y acá será adaptada a Brasil y la nacionalidad del padre, que originalmente es francesa, va a cambiar por norteamericano. Ya conocí el guión y está bastante bueno, lo hizo el director con su guionista habitual, comenzaría a filmarse en mayo del 2015.

¿Y verá el momento de la filmación?
-No, no quiero molestar, ¡pero sí voy a actuar! Un pequeño papel que me propuso el director.

Ha participado en varias películas…
-(Risas) a ver… En la cinta “La Victoria” actué como una abogado defensor de derechos humanos, tengo una escena en que estoy jugando básquetbol en mi gabinete y me avisan que pasó algo urgente; después, en “El baile de la victoria” hago un crítico de ballet, asisto a una función de ballet de la protagonista y escribo una crítica; y en “Ardiente paciencia”, aparezco como un detective.

¡Es muy lúdico!
-En las que hice en Alemania también aparecí, es bonito estar afuera y un poco en escena.

¿Y está escribiendo?
-He escrito varias cosas que no se conocen en Chile, como una obra de teatro que se estrenó en Italia y se llama “18 kilates” y acá no la he estrenado, porque tendría que ser como en los teatros universitarios de antes, una obra ¡con muchos personajes!. En Italia se estrenó en el Festival de Nápoles. Y desde hace años estoy escribiendo una novela que la he ido interrumpiendo, y entre tanto escribí otro libro que publiqué y después otro… Estoy escribiendo una novela sin fecha.

Su obra literaria

“El entusiasmo”. Editorial Zig-Zag, Santiago, 1967
“Desnudo en el tejado”. Casa de las Américas, La Habana, 1969
“Tiro libre”. Cuentos. Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires, 1973.
“Soñé que la nieve ardía”. Editorial Planeta, Barcelona, 1975.
“Novios y solitarios”. Cuentos. Editorial Losada, Buenos Aires, 1975.
“No pasó nada”. Novela. Barcelona, 1980.
“La insurrección”. Novela. Ediciones del Norte, Hanover, USA, 1982.
“Ardiente paciencia”. Novela. 1985 (posteriormente titulada “El cartero de Neruda”)
“Matchball”. Novela. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1989 (rebautizada en ediciones posteriores como “La velocidad del amor”)
“La Cenicienta en San Francisco y otros cuentos”. Editorial Andrés Bello, Santiago, 1990.
“Uno a uno: cuentos completos”. Sudamericana, Buenos Aires, 1996.
“La composición”. Cuento para niños. 1998 (publicado en Le Monde y en 7 Ediciones Ekaré; Sudamericana sacó en 2006 una edición ilustrada por María Delia Lozupone)
“La boda del poeta”. Novela. Debate, Madrid, 1999.
“La chica del trombón”. Novela. Debate, Madrid, 2001.
“El baile de la Victoria”. Novela. Planeta, Barcelona, 2003.
“Dieciocho kilates”. Dramaturgia. estreno el el 25 de junio de 2010 en el Festival Internacional de Teatro de Nápoles.
“Un padre de película”. Novela.Planeta, Barcelona, 2010.
“Los días del arco iris”. Planeta, 2011.

Fotografía principal: Valeria Solís T.