Carta al Presidente: En relación al cambio climático

publicado en: Medio Ambiente, Miradas de la realidad | 0

Por Félix Muñoz
Ingeniero Civil Hidráulico de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Autor del libro «Metafísica de la conciencia y el hábitat»

La primera versión de esta carta la envié al Presidente de la República Sebastián Piñera E. en agosto de 2019, previo a la COP25 que debería haberse realizado en Chile en diciembre de ese mismo año, y que finalmente se realizó en España debido a la crisis social. Posteriormente, la corregí para facilitar la lectura por parte de terceras personas. Ésta es la versión final.

Estimado Señor Sebastián Piñera E.,
Presidente de la República de Chile
Soy Ingeniero Civil con 20 años de experiencia en gestión ambiental y Estudios de Impacto Ambiental (EIA). Mi mayor interés ha sido la valoración de los componentes del medio ambiente y los criterios para la priorización de los impactos, eso subjetivo que se oculta tras la estructura objetiva que permitió institucionalizar los EIA en el mundo en general, incluido Chile, hace 25 años.
Justamente, el corazón de un EIA, aunque hoy sea pequeño, es la importancia asignada a cada componente ambiental en sus distintas condiciones, antes y después de los cambios que producimos al medio ambiente, que luego se traduce en impactos más o menos significativos, y en medidas afines.
Actualmente, esa valoración la realiza cada especialista de cada componente ambiental, sin mediar un criterio común y menos un procedimiento estandarizado. Por su parte, los controles de calidad están destinados a justificar las medidas que espera la autoridad, cumplir con una norma, responder al reclamo de la ciudadanía o simplemente ceñirse a lo conocido. Luego, muchos impactos indirectos o estimados poco significativos, quedan sin consideración, y otros incluidos o cuyas medidas permiten cumplir con una norma igualmente generan un daño residual.
El cambio climático es el mejor ejemplo, aunque ninguna norma se incumple, resulta ser el mayor problema a nivel mundial. Además, el costo de las medidas de manejo no tiene relación con su beneficio para el medio ambiente.
Inicialmente, el tema ambiental se trataba de combatir la contaminación local, y justificadamente lo importante fue administrar los impactos significativos, dando origen al método del Reglamento del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental.
Pero hoy, tras haber alcanzado una población que lleva al límite la capacidad planetaria, estamos obligados a considerar todos los impactos acumulativos, siendo la prioridad no superar un aumento máximo de temperatura, pero el método de evaluación ¡aún es el mismo!.
Por supuesto, el tema es inicialmente ético y después de carácter normativo. El ser humano aún no asume el derecho de la naturaleza a su propia evolución, y en ese contexto a servir de recurso al ser humano. Aunque también tiene relación con la sociedad, el autogobernarnos como comunidades o la democracia, que independiente de la línea política, nos alienta a participar del desarrollo a través de su mayor alimento: el consumo. Llevándonos al límite de la competencia, al límite de lo legal, al límite de lo socialmente equitativo y al límite del entorno.
Asimismo, una gran proporción de la población ya no busca sobrevivir sino mejorar su calidad de vida, lo que sumado al exceso de información y una tecnología que no se detiene, nos hace abusar de las oportunidades hasta caer en el oportunismo.
Lograr acuerdos internacionales ha hecho una diferencia, pero seguimos enfocados en el hombre, en la utilidad del medio ambiente para el hombre, ¡y nadie defiende a la naturaleza!, ni siquiera a través de protocolos consensuados. Al menos el medio ambiente es el mismo para todos, no podemos dividir el aire, es un bien común o más exactamente, es un bien natural del que tarde o temprano tendremos que responsabilizarnos.
Es inevitable que las autoridades locales y planetarias se hagan cargo trabajando desde el acuerdo de quienes conocen y mejor puedan priorizar sus distintos elementos.

Insuficiencia de las soluciones actuales
Antes de proponer una herramienta integral y compartiendo la importancia de las medidas que hoy se discuten, permítame evidenciar las limitaciones que éstas presentan:
-La resiliencia y la adaptación al cambio climático no aminoran el cambio.
-La educación ambiental, aunque esencial, hoy es más un respaldo. Basta verificar que la huella de carbono per cápita promedio de quienes asisten a la COP es con seguridad mayor al promedio mundial.
-Mejorar la institucionalidad puede ayudar a algunos países, pero ¿acaso aquellos con mayor huella de carbono tienen estamentos poco robustos?
-La ciencia y la tecnología, al igual que las empresas más preocupadas, traen esperanza, pero contradictoriamente dependen de las oportunidades que brinda la contaminación. Hoy ni siquiera son responsables del ciclo de vida de los productos, y menos del origen de las materias primas.
-Sí, es urgente la descarbonización de la matriz energética y mejorar los modos de transporte, pero crecemos, siguen surgiendo nuevas formas de contaminación, y enfrentar los problemas uno por uno puede llevarnos a un desequilibrio estable.
-El financiamiento desde países desarrollados a otros en vías de desarrollo, aunque totalmente justo, apunta mayormente a la adaptación y a proyectos sustentables, es decir, a nuevos proyectos que no reemplazan lo existente. De hecho, entre aquellos publicados en la web del Fondo Verde para el Clima de la ONU, sólo 3 de 115 reducen emisiones preexistentes (30/08/2019, www.greenclimate.fund).
-Por su parte, las Naciones Unidas tiene un rol eminentemente coordinador y es visto como competidor por las potencias mundiales. En un contexto global, parece que estamos a merced de la buena voluntad de países cuya motivación es su propio bienestar. Además, todavía falta medio mundo por desarrollarse.
-Paradójicamente, las restricciones ambientales impuestas por el Banco Mundial y en general la banca internacional han sido la mayor fuente de motivación para grandes empresas y países. Me pregunto qué harán para recuperar los subsidios que unilateralmente hemos quitado a la naturaleza y al futuro de los recursos, incluido el trabajo de quienes sacrifican su dignidad y futuro con remuneraciones injustas.
-Respecto de la protección de bosques y la reforestación, significan restaurar el estado original y en ningún caso una reducción de emisiones. De hecho, habría que sumar su déficit a las emisiones nacionales, aunque hayan sido talados hace siglos o milenios, lo que pone a los países desarrollados como mayores deudores además de mayores emisores ¿Estarán dispuestos a cambiar su estilo de vida y devolver terrenos a la Tierra?
-Hay que aclarar que la quema de madera y biomasa constituye un daño 100% antrópico que no forma parte del ciclo de vida del carbono. Un bosque intacto o bien manejado suma en el tiempo una mayor absorción de CO2 que otro que haya tenido que volver a crecer, y además, sin producir emisiones debido a su quema. Resulta prioritario fomentar, reemplazar y financiar nuevos sistemas de calefacción y cocina, y sistemas de trituración de residuos vegetales de la agricultura, para su uso como abono o simplemente añadirlos al suelo. Y también hay que sumar los incendios a las emisiones nacionales.
-Sobre el desarrollo sostenible, probablemente para muchos resulte difícil aceptar que hay una enorme diferencia entre la naturaleza y sus recursos, y que no basta con asegurar su utilidad para permitirnos destruir la vida. Invocar a las generaciones futuras sólo refleja que nos sentimos incapaces de asumir el desafío de construir el mundo donde el ser humano actual y futuro debería vivir, que tenemos miedo de la propia inmadurez, que aún dependemos de la depredación. Ser responsables implica tener sueños y luchar por ellos, aunque no los veamos cumplidos. Enseñamos con el ejemplo. Una gran proporción de la población mundial está sumida en la pobreza, sólo ellos deberían tener derecho a hablar de sostenibilidad. El resto deberíamos comenzar a ocuparnos de cómo lograr a largo plazo una realidad más intensa, creativa y amorosa.
Es responsabilidad de cada uno conocer sus propios efectos ambientales, adhiriendo a las buenas prácticas que ya son bien conocidas. Incluyendo, sobre todo, el asumir la sobrepoblación y la dependencia del consumo.
Una solución integral
En primera instancia, parece necesario establecer derechos para el medio ambiente, evidentemente distintos al ser humano y distintos entre sus componentes. Aunque desde un punto de vista técnico y normativo, se traduce en pasar de la evaluación de impactos cuyo propósito es salvaguardar los recursos, a evaluar directamente el estado de los componentes de la naturaleza. En particular, la valoración realizada en los ElA sobre la importancia de cada elemento, usualmente en términos de bajo, medio o alto, debe llevarse a un parámetro numérico comparable con otros elementos que represente su “valor ambiental” (como lo sería una “moneda natural”), pero dependiente exclusivamente de su aporte a la evolución de los ecosistemas, de su estado de conservación y dimensiones, y tal que permita valorar su estado tanto antes como después de los impactos. Para esto, haría falta estandarizar el valor de la naturaleza en todas sus condiciones, tomando la forma de un set de ecuaciones o curvas de carácter permanente para cada región, tal que se calibre al igual que un Plan Regulador Territorial. De esta forma, los EIA estarían destinados a cuantificar los cambios que producen los proyectos mientras que las autoridades, a través de un protocolo de evaluación, serían quienes estimarían el “costo ambiental residual” para definir medidas que generen un “beneficio ambiental” equivalente o superior.
La herramienta haría posible considerar todos los efectos sobre el medio ambiente por mínimos que parezcan, independientemente de las medidas incorporadas o si se cumple con las normas, permitiendo poner los problemas globales al nivel de ecosistemas locales. Junto con esto, haría posible sumar el costo residual total de los proyectos para proponer a cambio beneficios ambientales de magnitud similar, que aplicados donde más los necesita el entorno implicarían una menor cantidad para que el medio ambiente “quede conforme”, y en consecuencia un menor costo monetario. El objetivo último, es posibilitar el “negociar” con la naturaleza, al destinar las medidas de manejo donde exista un beneficio neto para ambas partes. Además, se facilitaría la evaluación de proyectos, se promoverían economías de escala en la implementación de medidas de manejo, y nos daría la oportunidad de hacernos cargo del pasado no sostenible, incluida la deuda ambiental de nuestras costumbres y proyectos ya aprobados. Evidentemente, las normas actuarían como mínimos necesarios y algunas restricciones serían aplicables según los elementos afectados.
Adicionalmente, nos ayudaría a asumir nuestros impactos. Hay que reconocer que facilitamos nuestras acciones al ponerlas en contraste, y aún más si las cuantificamos. Por esto han tenido cierto éxito los bonos de carbono, la huella de carbono per cápita o el “esclavo energético”. Esto mismo debe llevarse a otro nivel. Hay que atreverse a darle un valor absoluto a la naturaleza que compita con el precio asignado por el hombre. Lo que no tendría por qué ser difícil, pues en el fondo ya lo hacemos de mala manera y los impactos son mayormente los mismos. Ni tendría que ser difícil de implementar, en primera instancia bastaría con una certificación voluntaria añadida a los EIA, incluso aplicable desde personas a países. Tenemos la responsabilidad de acercarnos a lo subjetivo y hacerlo bien, desde la ciencia y las autoridades. Así como otorgar derechos a la naturaleza, y por qué no, algunos a las Naciones Unidas.
Aclaro que, en mi opinión, casi todos los proyectos pueden ser ejecutados si incluyen las medidas de manejo ambiental correctas, de igual forma que mejorar la calidad de vida y aumentar nuestras oportunidades es inalienable de la vida misma. Pero el abuso y el oportunismo no lo son.
Es desesperanzador que aún haya líderes mundiales insensibles al cambio climático, o que busquen capitalizar las debilidades y necesidades de personas u otras naciones. Ni hablar de quienes manipulan el miedo para engrandecer su propio instinto de supervivencia.
No imagino qué tan mal llegaremos a estar, invoco que haya vuelta atrás, porque si fallamos, ninguna tecnología impedirá que las generaciones futuras sientan vergüenza de ser humanos. Aunque falten siglos o milenios de evolución antes que la individualidad de cada persona encuentre su realización en el aporte a la sociedad y el entorno, tal vez ya podamos alumbrar un camino de desarrollo integrado ¿Quién dará el ejemplo?
Hay formas intermedias de avanzar en las que me gustaría participar. No represento a una ONG ni a un partido político o ideología, más bien me declaro un pensador natural, y aunque no soy inocente, pretendo representar a la Tierra. Gracias.

*En febrero de 2020 el método propuesto fue presentado en detalle en mi tesis titulada Diseño de una metodología integral de valoración de impactos ambientales residuales. Aplicación a la Región de Metropolitana, Chile, para optar al grado de Magister en Gestión y Auditorías Ambientales, en la Universidad Europea del Atlántico a través de la Fundación Universitaria Iberoamericana (FUNIBER).

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