Lucía Rojas: Respirar la cumbre y sentirse libre

publicado en: Medio Ambiente, Miradas de la realidad | 0

Por Valeria Solís T.
Terapeuta energética, escritora, periodista (UDP)
Directora Mirada Maga

Que una mujer rompa esquemas en 2021 no resulta tan extraño, muchas ya han guardado los prejuicios en sus bolsillos y han optado por seguir su propia naturaleza, su intuición o su curiosidad sin tener que evaluar si es de hombres o mujeres. Pero para llegar a este escenario hubo muchas mujeres antes que fueron las primeras en algo, mujeres que forjaron la antesala para hacer de la libertad algo natural.
Lucía se crió entre cerros (Los Andes y Salamanca), su juego era subir cerros, sus descansos y desahogos eran subir cerros, pese a que la mamá le recordaba a ella y a su hermana, cada tanto, que usar pantalones no era la ropa adecuada para las niñas, pese a que la sociedad le decía que si se metía a alguna actividad “de hombres” era para buscar maridos. Lo más afín para su inquietud era estudiar educación física, así lo hizo en 1974 en una carrera también integrada por más hombres que mujeres, pero siempre teniendo el bichito de aspirar a ver el mundo desde las alturas.

¿Cómo llegas al andinismo?
-Mi hermana tenía un pololo que iba a un refugio en Baños Morales (Cajón del Maipo) y nos invitó, seguramente lo hizo para reírse de cómo las niñitas subían los cerros. Pero empezamos a caminar y seguíamos hacia arriba sin cansarnos, seguíamos y seguíamos mientras el pololo de mi hermana nos miraba asombrado (risas). Cuando llegué abajo con mis zapatillas nuevas estaban todas rotas, no eran para cerros. Pero nos pasó que cuando estábamos en las alturas mi hermana encontró un papel debajo de una piedra y decía: “cerro rubilla, no recuerdo cuantos metros, subimos con buen tiempo tales personas, la fecha”. No sabíamos qué significaba y preferimos dejar ese papel ahí donde estaba. Al bajar fuimos a una hostería y contamos lo del papelito y se nos acerca Manual Astorga que era Presidente del Club andino de los trotadores de la Reina, y era un futbolista bien conocido. Y nos dice: “lo que ustedes encontraron es un testimonio de cumbre, ustedes llegaron a la cumbre del cerro. Cuando uno llega a la cima de un cerro uno deja un banderín y un papel con los datos, el que llega después deja el suyo”. Esa era la forma antigua de comprobar que una hizo la ruta. Tras esa experiencia, él nos invitó a integrarnos a su grupo, porque se acercaba el año internacional de la mujer (1972) y él quería hacer algo con mujeres. Ahí me picó el bichito de poder hacer cosas con las mujeres.

¿Y cómo se tradujo eso?
-Lo primero fue hacer un curso en la Escuela Nacional de montaña que se estaba recién armando. Entré con mi hermana y empezamos a subir varias cumbres como el San José, el Tupungato, cerros de la Región metropolitana. Y yo quedé prendada, porque necesitaban mujeres que apoyaran a otras.

¿Para incentivar?
-Más que eso, había una incomodidad de que un instructor le diera instrucciones a una mujer. Entonces hice un curso de monitores y trabajamos con colegios para hacer salidas a la montaña y en el caso de los colegios era bueno que hubiera una mujer que pudiera entrar a los dormitorios, a los baños, ese tipo de cosas. Y paralelamente entro a estudiar educación física.

¿Siempre con tu hermana?
-No, ella estudiaba veterinaria, terminó con ese pololo, después tuvo otro pololo, tuvo una guagüita y ya no podía seguir con la montaña así es que seguí yo sola.

¿Cuán poco común era que hubiera mujeres que escalaran montañas?
-La proporción era 10 hombres y una mujer, ¡y yo era la única! Estaban todos pendientes de a dónde estás, incluso para ir al baño tienes problemas. Cuando hice mi curso de instructora de montaña en paralelo a mi carrera, las instructoras antiguas me decían “¿¡pero por qué tomas clases de cuerda!? Tienes que hacer cosas más femeninas como clases de alimentación y clases de primeros auxilios, nada de cuerdas ni de escalada, porque eso es lo que le corresponde a una mujer”. Yo les decía, si yo voy a ser instructora, voy a ser instructora ¡de todo! Las mismas mujeres me tiraban para abajo.

¿En esos años qué era lo que te llamaba más atención de la montaña?
-No sé si algo me llamaba la atención, pero era parte de mí, era algo natural en mí, era seguir jugando lo que había hecho toda mi vida. Tampoco lo miraba como una alternativa para vivir, me gustaba salir. Recuerdo cuando iba como instructora de colegio con 400 cabros chicos en el refugio del Lastarria o de la Usach para las vacaciones de invierno y no nos pagaban nada. Llevábamos a los niños para poder mostrarles la montaña, enseñarles. Había un curso que se llamaba “seguridad en el agua”, que se trataba de masificar las clases de natación para todos las clases sociales. Entonces ahí Claudio Lucero (histórico instructor y montañista chileno) decía, si tienen plata para las clases de natación, por qué no nos dan plata a los montañistas, entonces inventamos el curso “seguridad en montaña”. Yo era ayudante de ellos en esa época.
Si bien lo veías como un juego, no es lo mismo que jugar futbol, es otro espíritu,

¿Qué cosas tiene este deporte que te llamaba?
-La unión que se forma con la gente, el contacto que tienes con la naturaleza, es la libertad de que nadie te exige nada, me sentía libre, eso es lo que más atraía, a nadie le importaba como uno se vestía, y era rico llegar al lugar.

¿Cómo te aceptaron tus pares hombres si las mujeres que había antes no hacían escalada ni cuerdas?
-Por eso formé los grupos femeninos. Hablaban mucho de que nosotras íbamos a buscar hombres. Por otro lado, en los grupos con tan pocas mujeres, ellos estaban pendientes de a dónde iba una, entonces se empezó a formar la idea de hacer un grupo de mujeres. Recuerdo que tres años antes de recibirme en el ramo de recreación le agregaron técnicas básicas de montaña, entonces yo era alumna en la universidad y el fin de semana yo era instructora de montaña afuera de la U. y ahí los profes de la universidad llegaron a contratar a instructores para que hicieran clases en la carrera de educación física, donde yo era alumna. Fue bien fuerte para mí, porque yo era chica, y me tocó hacerle clases de montaña a mis compañeros del curso superior, fue un desafío fuerte.

¿Por qué?
-Fui bastante tímida. Recuerdo que en una de las clases a un compañero que era campeón nacional de natación al subir a la roca le tiritaban las piernas, y recién ahí sentí que yo sí era fuerte, me hizo sentir más empoderada y comprendí que yo sí lo podía hacer. Entonces nos juntamos un grupo, Julia Meza, Narda Wout, Ema Osorio y yo, éramos las cuatro instructoras de montaña y después se sumaron otras dos más hasta que llegamos a ser un grupo de 10 mujeres. Ahí decidimos entrenar para ir al Aconcagua, la montaña más alta de América.

Las primeras mujeres en el techo del Aconcagua

Para Lucía Rojas, hoy casada y madre de dos hijos, ascender a la cumbre más alta de América  requiere concentración, fuerza, pero también implicaba un sentir interno distinto, romperían los esquemas, romperían una tradición, significaba que eran capaces, las mujeres eran capaces, además de tener un dialogo directo con la naturaleza «es enfrentarte tú y la naturaleza, sin ningún intermediario. Cuando llegué a la cumbre me sentí chiquitita, al mirar tanta inmensidad…, también sentí una plenitud y una tranquilidad, una libertad que es muy grande…».

¿Cuánto demoraron en la preparación para ir al Aconcagua?
-Dos años y nadie daba un diez por nosotras.

¿Te refieres a tus compañeros o los que no hacían montaña?
-¡Claro! Todos decían no van a llegar. Entonces era un desafío muy fuerte, primero había que juntar la plata, empezamos vendiendo manzanas después de los entrenamientos de los grupos, hicimos fiestas y así hasta juntar la plata. Me pasaron varias cosas antes. Cuando terminé el curso de montaña la prueba final era subir un cerro, el punta de Damas, que quedaba en la Quebrada de Macul y ahí mi hermana al momento de bajar se quebró el pie en tres partes. Esa noche Claudio Lucero bajó con ella en la espalda y tuvimos que acampar a la intemperie y en aquella época sin celulares ni nada. Entonces, desde ahí nuestros papás nos prohibieron seguir y empezamos a salir a escondidas. Al año siguiente íbamos a ir al Tupungato igual y ahí recién se enteró mi papá, él lo tomó bien y nos apoyaba en nuestras locuras, pero mi mamá no.

Pasan dos años y el grupo dice es el momento de subir, ¿qué es lo que marcó de que estuvieran preparadas?
-Lo que recuerdo es que paralelamente a nosotras que éramos de la Escuela de Montaña, del Club de la Universidad de Chile también formaron un grupo de mujeres, que lo dirigía una amiga mía. Ellas iban a ir por la ruta normal y nosotras tomaríamos la ruta de los polacos.

¿Qué significa la ruta normal y la de los polacos?
-Acá tienes el Aconcagua (me hace un dibujo en el aire) y si vas por la ruta normal es un gran acarreo, que se divide y hay un glaciar, y la ruta de los polacos es si sigues por la ruta del glaciar. Hay una tercera ruta que es la pared sur, que es pura escalada.

¿Cuánto se demoraron en llegar a la cumbre?
-Llegamos a los 11 días a la cumbre y el regreso fue de 4 días.

¿Cómo fue ese trayecto?
-No todo es escalada. Nosotras entramos y llegamos en mula hasta el campamento base del Aconcagua, que se llama “Plaza de mulas”, hoy se ocupa otra, no la de esos años, pero se llama igual. Contratamos un mulero que llevara las mochilas y en el cuerpo llevábamos las mochilas pequeñas donde va agua, comida para el camino y una chaqueta. De «Plaza de Mulas» se llega al segundo campamento, «Nido de Cóndores». Una se tiene que ir aclimatando, porque el Aconcagua tiene poco menos de 7 mil metros de altura y a esa altura no hay oxigeno, hay más dificultad para respirar. De hecho, sobre los 4 mil metros ya empiezan las dificultades. Nido de Cóndores está en 4.200 metros de altura y después viene el campamento Berlín que está en 6.100 metros.


-Nos demoramos dos días en Plaza de Mulas, luego tomábamos la comida y la llevábamos a Nido de Cóndores y nos devolvíamos a dormir, así el cuerpo se adapta y sabe lo que es estar con menos oxígeno, así lo hicimos dos días. Luego hicimos lo mismo desde Nido de Cóndores a Berlín, dos días de aclimatación.

¿Tuvieron algún problema?
-El primer problema fue que en el camino a Plaza de Mulas, al arriero se le cayó una mula encima y tuvo una fractura expuesta, era mi primera vez de ver eso…Recuerdo que todos los días nos pasaba algún accidente de trayecto. De las 10 mujeres, había una doctora y una tecnóloga médica, la misión de ellas era quedarse en el campamento base. Así es que seguimos 8 a la cumbre, pero en el segundo campamento, dos compañeras se sintieron mal y no subieron más. Llegamos a Berlín 6, pero una de ellas tuvo problemas de puna y Julia la acompañó de regreso al campamento base; entonces quedamos cuatro compañeras en el campamento Berlín.


-Empezó a nevar y nevar y nevar. A medio metro no se veía nada de nada. Intentamos cumbre, salimos a las 7am, teníamos que subir a unas rocas, luego el acarreo a una penitente y de ahí a la cumbre. No alcanzamos a llegar a rocas porque no se veía nada, así es que tuvimos que regresar a Berlín. A los 6.100 por mucho que uno diga, yo lo puedo, el cuerpo no responde como uno quiere. Una se tiene que concentrar mucho. Todo es lento.

¿Qué recuerdas sobre lo que te pasaba a ti?
-Según yo, no me pasaba nada (risas), según yo, volaba, realmente lo hacía bien, pero en una expedición posterior con un grupo latinoamericano de mujeres estando en ese mismo campamento, alguien dijo que cada una cantara su canción nacional. ¡Y yo no pude acordarme! Y durante toda mi vida la cantaba los días lunes en el colegio. A eso le llaman puna o delirio ¡y se da mucho! Una no está al cien por ciento mentalmente, porque le falta oxígeno al cerebro, por mucho que estés físicamente preparada.

¿Cuánto tuvieron que esperar para subir a la cumbre?
-Al segundo día estando en los refugios del campamento de los 6.100 metros, en estas construcciones que eran como carpas de madera, no muy altas, con dos puertas angostas, yo estaba cocinando con un anafre de bencina y mis tres amigas, Narda, Rita y Magaly estaban un poco más allá. Nevaba muy fuerte afuera. Y de pronto escuchamos a un español gritar: “¡chilenas, déjenme pasar, por favor!”. Lo dejamos pasar, pero en su mochila tenía los crampones que son esos clavos grandes que se ponen debajo de los zapatos para no resbalarte en el hielo. Como venía cansado, se tira para atrás con mochila y todo, el crampón rompió el bidón de la bencina y la bencina se fue hacia el anafre donde yo estaba cocinando y ¡fuego! Empezó un incendio…No sé cómo salimos, pero salimos todas, y gracias a esa altura en la que estábamos el incendio no creció mucho más porque el fuego necesita oxígeno, entonces tiramos nieve y todo, y se apagó. Se perdió el saco de dormir y la mochila de Magaly eso sí
Todos los días sacábamos cálculos para subir, porque llevábamos dos noches y el cuerpo no resiste dormir mucho tiempo a esa altura. Entonces decidimos salir a las 2 de la mañana antes que empezara a nevar de nuevo. Llevábamos unas banderitas naranjas para no perdernos al regreso. Claudio Lucero fue realmente el único que nos apoyó para la expedición, días antes nos llevó a su casa y nos mostró diapositivas sobre el camino, detalle por detalle que nosotras fuimos memorizando, entonces cuando estábamos en esa altura íbamos aplicando lo que recordábamos. Llevábamos una cámara Super8, una cámara de fotos y una de diapositiva (casi no hay registros por el hielo). Pero empezó a nevar más temprano de lo presupuestado. Ya no podías echar pie atrás. Teníamos una presión muy grande atrás. Si fracasábamos nosotras, no era Lucía Rojas la que fracasaba, eran las mujeres. “¿ven que las mujeres no son capaces?”, teníamos que seguir. Eran ya las 3,30 de la tarde, íbamos en la mitad de la última canaleta y yo le digo a mis compañeras: A las 5 de la tarde tenemos que descender, para tener luz de día al regreso. Rita dijo que no, que ella llegaría a la cumbre igual. En esa discusión estábamos y de pronto dejó de nevar, se abrió el cielo un par de minutos, vimos la cumbre y volvió a nevar (risas), era como una señal. Y finalmente llegamos a las 5 en punto a la cumbre.


-La cumbre en un pequeño llano de 6 metros cuadrados más o menos. Hay una cruz…Dejamos nuestro papelito y sacamos el que había. Nos abrazamos y lloramos, ¡fue increíble! Había menos de 15 grados, así es que logramos sacar solo una fotografía, porque las cámaras se congelaron.

¿Y la bajada?
-No paraba de nevar, así es que la bajada fue muy, muy lenta. Magaly había tenido un accidente años antes y la cadera no le respondía, tuvimos que llevarla encordada. Llegamos como a las 12 de la noche de vuelta al campamento. Estaba Julia esperando, frustrada de no haber podido subir con nosotras así es que dos días después subió con el español que nos provocó el incendio (risas).

¿Ya en tierra chilena qué pensaste?
-Con todo el cansancio, una dice no lo hago nunca más, pero después empiezas a pensar en cuál será nuevo desafío.
Este hito histórico y deportivo para las mujeres del mundo le permitió a este grupo de montañistas ser apoyadas institucionalmente para otra gran meta: Realizarían la primera expedición de mujeres en la Antártica.

*Esa experiencia la podrás leer en la edición de marzo.