Paulina Urrutia: «Yo nunca he hecho un personaje; he hecho a seres humanos»

publicado en: 2014 | 0

Por Valeria Solís T.

Histriónica, de sonrisa y emoción fácil; menuda, juvenil; levanta la voz cuando algo la molesta o perturba, pero podría pasar inadvertida con su andar cotidiano. De alguna manera camaleónica, pues cuesta refrescar las imágenes de cuando lucía un riguroso corte de pelo y un estilo formal siendo Ministra de Cultura del primer gobierno de Bachelet, tampoco es fácil rememorar actuaciones teatrales como en «La amante fascista», una obra que, aunque en forma intermitente, no ha dejado de mostrar desde su estreno en 2010. Es que anda con la cara limpia y hay cuentos que no se cree.

Paulina Urrutia (enero, 1969) no lo pasó bien cuando terminó su rol como ministra, no sólo tuvo que enfrentar serias críticas ante su gestión, «nadie se robó nada, pero que había desorden sin lugar a dudas, porque nadie tuvo un crecimiento exponencial como el nuestro, no dábamos abasto, nadie utilizó nada de manera política tampoco» aclara, sino que además vino un periodo de cesantía agotador. Poco a poco fueron apareciendo puntuales papeles en algunas series de televisión como «Prófugos» (Pablo Larraín, Jonathan Jakubowicz) y «Ecos del Desierto» (Andrés Wood) y recién en 2014 unos más destacados, en la serie «Pulseras rojas» y próximamente como la madre del emblemático Jorge González en «Sudamerican Rockers» (inspirada en la vida de Los Prisioneros). Mientras esperaba que surgieran otras alternativas también aprendió reiki, pero lo que la moviliza no es más que la actuación, la que palpita.

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Fotografía: Las Magas.

¿En qué estás hoy?

– Estoy en otro momento en mi vida, después de haber estado cuatro años como en los cuarenta años en el desierto. Fue un periodo bien especial, un cambio drástico, muy complejo, en el sentido de cómo poder volver a vivir de mi oficio. Y eso se juntó con la cesantía de mi pareja (Augusto Góngora, ex director de programación de TVN), lo que nos obligó a estar en una especie de cápsula (ríe con incredulidad) y preguntarnos ¿cómo vamos a vivir?, después de toda una vida dedicados y viviendo de nuestro oficio, era un momento “en la nada”, donde todo se paralizaba. Pero extrañamente ese mismo año (2010) tuve la oportunidad de trabajar en la Muestra de Dramaturgia, gracias a Néstor Cantillana.

¿Para hacer qué?

– Como él estaba de director de la Muestra de Dramaturgia yo dije: me va a pedir asesoría para la típica cosa de producir o pedir plata, pero un día me siento con él a tomar un café y me dice que leyó una obra («La amante fascista») y que «creo que tienes que actuarla tú y dirigirla Víctor Carrasco» (dramaturgo y guionista). Yo me quedé paralizada. “Nestor, ¿me llamaste como actriz?”, y él me dice “sí”, yo no lo podía creer… y frente a mi miedo mayor que era cómo iba a volver a actuar (después de haber sido Ministra), fue lo primero que hice.

Y la obra resulto un éxito.

– Más que un éxito, la obra fue como un regalo de la vida. En el momento de la máxima duda, en el sentido de si iba a poder seguir viviendo de esto o no, yo estaba creando nuevamente.

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En «La amante fascista», cuya última temporada concluyó el 2 de agosto en el Teatro Nacional.

Pero me refiero además a que “La amante fascista” no quedó ahí, a diferencia de lo que lamentablemente ocurre con muchas de las obras de la Muestra de Dramaturgia, pese a sus altos niveles.

-Ha sido rarísimo. Si bien la obra ha tenido temporadas muy cortas como la que ahora nos permitió el Teatro Nacional, que es un orgullo para mí poder estar con una obra profundamente contemporánea de la dramaturgia nacional en uno de los escenarios más históricos y emblemáticos. Hemos estado en el Teatro la Palabra, después fuimos seleccionados en Santiago a mil y estuvimos en el Teatro de la Católica dos años seguidos gracias a Santiago a Mil, y ahora en el Teatro Nacional. También hemos recorrido costosamente a lo largo de todo el país, y haremos todos los esfuerzos para que sea en todas las regiones. Llevamos cuatro años desde su estreno, y como tú dices, con una recepción, una crítica y un reconocimiento…

¿Cuál es el corazón de La amante fascista?

-Es nuestra historia. Son nuestras heridas que todavía están sin cerrar. Y lo que es muy bonito, es que es una obra que está hecha en este tiempo, de una dramaturgia de alguien muy joven (Alejandro Moreno) quien es de la Tercera Región, por tanto tiene una mirada periférica que aumenta esa visión crítica respecto de nuestro pasado; una dramaturgia notable que habla de esa raza chilena que es media mujer, medio animal, medio hembra, que está constituida por los momentos más duros de nuestra historia, que nos habla de una sociedad profundamente discriminadora, abusiva. Ese aprendizaje que vivimos, que fue ejercer el miedo y que quedó arraigado en nuestra sociedad y que si bien la hemos ido soltando de a poco, nos lleva para otro lado: a una sociedad fundada en derechos donde las personas no son conscientes de su responsabilidad y deber para la conformación de una sociedad más equitativa y más digna. Eso es lo que yo creo que esta obra capitaliza de una manera brutal.

¿Eso cómo se traduce en la obra?

– En términos argumentales es una obra muy sencilla: la historia de una amante del dictador de turno, en un periodo de dictadura, pero es ficción. Ella está casada con un oficial de rango menor que ha sido destinado a una región del norte de nuestro país y está a la espera de la visita del dictador. La obra muestra la noche previa a la llegada de él, y en esta espera se desarrolla un verdadero delirio: de miedo, pavor, ansiedad, placer, ¡de todo! Ahora, ¿cómo aparece la dramaturgia contemporánea?, hay una serie de relatos que van armando este insomnio, pero es muy bonito ver cómo la gente se sienta a ver, a analizarla, pero después termina ¡completamente involucrada! (ríe). Es que el teatro contemporáneo no es algo que le pasa a «La amante…» sobre el escenario, sino que nos empieza a ocurrir a todos, y ahí está el juego de la interpelación. Es algo que ella vive, pero que en el fondo empezamos todos a vivir. La obra tiene múltiples lecturas, está llena de imágenes e historias que son parte de nuestro imaginario común no sólo que compartimos como país, sino también como latinoamericanos.

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Con Amparo Noguera en «La manzana de Adán».

También te ha dirigido Alfredo Castro en los años ’90, cuando empezó a romper los lenguajes teatrales y un Griffero que propuso la dramaturgia del espacio, y lo que veo ahí es que son miradas con poca concesión al público masivo. ¿Estás de acuerdo? ¿Hasta qué punto eliges mirar también desde ahí? 

– (Silencio) Desde el momento en que empecé a trabajar, no he hecho un teatro clásico ni realista, y la verdad es que mi gran trabajo ha sido con dramaturgia nacional y ese tiene que ver con un principio que incluso no tenía que ver con nosotros, sino con un sentido de época. Yo estudié a finales de los ’80, a finales de la dictadura, venía de la Católica y había un movimiento de resistencia cultural gestado desde los ’80 y ahora venía un cambio de época y de mentalidad de lo que queríamos hacer del teatro. Cuando Alfredo Castro me llamó (Compañía teatro de la Memoria) para “La manzana de Adán” yo era una de las más chicas. A Alfredo siempre le interesó el simbolismo en términos de creación, pero hay que recordar que la compañía partió siendo dirigida por Aldo Parodi, cuando se hizo “Estación Pajaritos” y  “El paseo de Buster Keaton”, donde yo participé para el remontaje. Entonces teníamos eso de que cuando íbamos a ver teatro, cuando veía esos sainetes en la Católica o  las obras en el Ictus, o alguna de Juan Radrigán, yo decía: «yo no quiero hacer eso». Había algo que no sabía qué era. Al parecer buscábamos algo que nos conminara a hacer el teatro que queríamos hacer. Y así como el teatro es un arte vivo, estábamos llamados a hacer un teatro con visión de época, y ahí viene un desate que era visionario y que claramente lo tenía Alfredo: generar un nuevo lenguaje. No preguntes cuál, pero empezamos a trabajar con un material que no era el tradicional. Partimos trabajando con una obra simbolista, que era rarísimo, y ya no trabajábamos sobre una obra con una escritura aristotélicamente estructurada (comienzo, conflicto, desarrollo, desenlace), sino que era algo que nos estaba llamando a salir de la realidad y después meternos en una realidad más profunda para trabajar en testimonios (origen de obras como la trilogía “Historia de la sangre”), que es algo en lo que yo trabajo hasta el día de hoy.

En la obra «Devastados», dirigida por Alfredo Castro.

¿Qué es exactamente trabajar en testimonios?

– De la Universidad tengo una formación bastante clásica, pero en términos de oficio me formé con Alfredo en el Teatro de la Memoria y eso fue muy especial, porque primero fue a partir de testimonios sacados por la periodista Claudia Donoso que trabajó con la fotógrafa Paz Errázuriz y que se llamaba “La manzana de Adán”. Obviamente respondió a una búsqueda de Alfredo y de Rodrigo (Pérez) en ese submundo. Es decir, llegada la democracia ¿cómo nos hacíamos cargo del país que todavía permanecía sumergido, al margen? Y ese material me permitió crear desde mí misma, sin ningún formato, donde podíamos explorar, y eso quedó tan grabado en mí, que se convirtió en la premisa desde donde yo actúo. Yo nunca he hecho un personaje. Yo he hecho a personas. Yo hago a seres humanos. No hay arquetipos, no existe una forma de actuar. Existe tu única manera de expresarte como ser humano, y la manera en que siento que eso aflora es cuando te encuentras con un material de una vida que al igual que tú, coexiste, y como actriz debes hacer el trabajo de sacarlo de la realidad para situarlo como un objeto de arte sobre el escenario. Es lo más cercano a lo que hizo Duchamp, a convertir aquello que es realidad en una obra de arte, y eso yo lo trabajo con testimonios. En ese sentido en las clases que realizo yo no hago el papel de directora o profesora, sino que acompaño en el descubrimiento, en la toma de conciencia del proceso creativo del actor.

Tu forma de actuar es una propuesta creativa donde construyes desde ti algo que se traduce en un personaje…

– Lo que te puedo decir es cómo yo entiendo la actuación. Finalmente he tenido la oportunidad gracias a personas como Alfredo, el mismo Víctor, sin duda con Griffero, donde tuve ese espacio que me permitió entender la actuación no desde mi intelectualidad, sino desde lo que yo hago sobre el escenario, como un espacio donde poder expresar algo que vaya más allá de un personaje, o de la interpretación de otro, sino que la expresión de una mezcla entre ese material, que no es nada, sino se hace y eso que soy yo, y que genera una individualidad única, porque estoy segura, que el día de mañana en 10, 15 ó 30 años más otra actriz o actor va a hacer «La amante fascista» y va a ¡¡hacer otra!! Y esa maravilla quiere decir que ha atravesado mi ego, y efectivamente yo no soy una actriz que la gente vaya y diga “que bien trabaja o que bien actúa”, sino que hay algo donde la gente dice “¡qué pasó aquí!”.

Son personajes que no son reemplazables…

– No, no son reemplazables, sino que es otro. El día de mañana habrá otro director, otra actriz y es así como yo entiendo el teatro. Lo que discutía con Alfredo era eso, que lo que nosotros creamos en «La manzana de Adán», «Historia de la sangre», «Los días tuertos», después tiene que ser con otro director, otros actores que ocupen ese material, y es ahí donde está el teatro, es ahí donde se ve que la autoría no es de un director ni de un texto, sino de todos. Y eso, claro, lo permite la dramaturgia contemporánea porque te da esos espacios. Yo no puedo hacer teatro de una manera funcional.

¿Y qué pasa con el trabajo en televisión?

– Son cosas distintas. Ahora, el training que me daba la televisión era maravilloso, me pasaba actuando desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche, era un juego permanente, y también la rapidez de la tele donde haces un personaje que había que pararlo en dos o tres semanas. El haber hecho tan chica, la Teresita de los Andes (19 años) o la Sarita Mellafe, también son unos lujitos.

0 teresa de los andes¿Hasta qué punto los personajes en televisión son bien pauteados?

– La televisión es un trabajo más sutil, hoy hay más formatos y más soportes que antes, cortometraje, mediometraje, largometraje, series, sitcom y hoy la gente más joven tiene una mayor cercanía y afinidad con el audiovisual, en cambio cuando yo partí el gran espacio creativo era el teatro y para mí ése es el espacio hasta el día de hoy, lo que no quita que me pueda desenvolver en otras áreas. Pero por ejemplo, no me preguntes quién me está enfocando, y no me gusta hacer cine por eso. Si yo hago una escena que la filmen, pero no que me estén diciendo la frase con el segundo.

¿En las series se da ese estilo?

– Hoy en las series se da un trabajo de lujo, directores de fotografía, de arte, directores que saben lo que quieren hacer, se manejan en la industria, hoy es un lujo porque yo hago lo mismo de siempre, estoy ahí, hago la escena tratando de ser lo más natural y honesta.

¿En el futuro aspiras a algún tipo de obra o actuación en particular?

– Yo no me veo actuando en el futuro, no sé de qué voy a vivir (risas), pero veo que hacia donde debo ir creciendo, es en este rol de ir acompañando a otros, desenvolviendo su protagonismo. Yo ya viví el protagonismo.

¿Como levantar una Escuela, o una Compañía?

– Es como un sueño tener un lugar más estable. El espacio es muy importante para mí y quizá es por eso que, como Ministra, la visión simbólica fue crear la red de Centros Culturales y Artísticos encabezados por el GAM, aunque muchos de esos centros hayan sido inaugurados por el siguiente Ministro. Fue nuestra visión y necesidad. Me encantaría pensar que yo podría desarrollar un espacio que permita desenvolver otro tipo de aprendizaje, uno que sea más integral, de procesos creativos más que de cursos, que es lo que se da hoy, donde lo que hacen es separarte de la mente, del cuerpo, de las emociones. Y no es una idea privativa mía, si otro levanta un espacio así… ¡Que me llame!

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Entre 2004 y 2010 ejerce como Ministra Presidenta del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en el primer gobierno de Michelle Bachelet (Fotografía: Las Magas)

[destacado1]¿Que significó para ti ser Ministra de Cultura, y con qué sensación te quedaste cuando ese periodo terminó?

– Fue un desafío que nunca me imaginé y asumí no más.

Pero tú tenías un trabajo previo, fuiste Presidenta del Sidarte, luego miembro del Consejo de la Cultura…

– Claro, fui todo, todo. Era socia de Sidarte, después parte de la directiva y terminé como Presidenta; después empecé a trabajar en el proceso del Consejo de Cultura. Ése es el sentido que le he encontrado: hacerse cargo de la visión que tienes y de lo que puedes entregar por los demás. Cuando dicen queremos una ciudadanía empoderada y participativa no se trata de decir: «yo opino no más», hay que hacerse cargo. En mi caso se generó algo perfecto, y claro, pensé que ese periplo que había hecho, lo podían hacer otros también, pero después apareció la política.

¿Cómo lograste manejar el hecho de que la política no te comiera y hoy puedas seguir siendo actriz y no futura candidata a algo?

– Es que es algo personal. Jamás vi que era una catapulta para mis pretensiones políticas, porque nunca tuve una pretensión política. Yo venía del mundo gremial lo que generó problemas también, porque yo no tenía una visión gremial no más, sino una visión de país, es decir, mi idea no sólo era velar por los actores, sino que esperaba que la visión, como creadores, pudieran entregar al país una institucionalidad que le permitiera al Estado de Chile hacerse cargo del desarrollo artístico cultural, ¡pero del país!, no de los artistas.

¿Cuáles fueron los hitos que dejó tu administración?

– Infraestructura cultural, acceso y todo lo que implicó que comprendieran que esto era una institucionalidad en cada una de las regiones del país, trabajando en concordancia con la visión del programa de la Presidenta que era la protección social; también que hayamos sido capaces de levantar un programa con la población más vulnerable para que tuviera acceso a los bienes y servicios culturales. Eso se tradujo con direcciones regionales donde se aumentó el personal y presupuesto que manejarían ellos mismos.

Hoy espero que haya personas con suficiente visión y se den cuenta que el Centro Gabriela Mistral tienen que terminarlo, porque es un ícono ciudadano en el centro de Santiago, donde la gente se reúne a celebrar, a llorar.

¿Y cómo fue mirar este periodo para atrás?

– Ah bueno, me ha costado todo este tiempo.

Texto y Fotografía principal: Valeria Solís T.